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La línea de sombra

Daniel Tubau

Orgía y utopía

danieltubau@gmail.com


La abadía de Thelema

La imaginación utópica siempre se ha movido entre dos extremos: la búsqueda del deber o la del placer, la sociedad perfecta o la orgía imperfecta. Aunque en la vida real es bastante probable que una orgía permanente acabaría convirtiéndose en tediosa e insoportable, en el terreno de la teoría hay que admitir que los partidarios de la orgía han sido casi siempre más simpáticos y amables que los que proponían utopías bien organizadas.

En la Edad Media muchos soñaban con el mítico reino de Cucaña, en el que sucedía todo lo contrario de lo que la Iglesia predicaba, un lugar en el que no había leyes y cada uno podía hacer lo que le viniera en gana. Cuando el Gargantúa de Rabelais ofrece a su amigo el monje la abadía de Thelema para que funde su propia orden, la ley que se establece allí es opuesta a la de cualquier congregación cristiana:

Los telemitas erguíanse del lecho cuando bien les parecía, bebían, comían y dormían cuando en gana les venía. Nadie los despertaba, nadie los forzaba a beber, ni a comer, ni a hacer ninguna otra cosa. En su regla sólo había esta cláusula: “Haz lo que quieras”.

Esa es, en definitiva, la ley del carnaval, como nos recuerda Batjin: “El carnaval ignora toda distinción entre actores y espectadores. Los espectadores no asisten al carnaval, sino que lo viven, ya que el carnaval está hecho para todo el pueblo. En el curso de la fiesta sólo puede vivirse de acuerdo a sus leyes, es decir de acuerdo a las leyes de la libertad”.


El paraíso del Corán

Cucaña, Jauja, la abadía de Thelema, incluso el paraíso del Corán, son utopías imperfectas, lugares en los que se puede hacer lo que aquí nos han prohibido, aunque en el caso del paraíso anunciado por Mahoma, la diversión esta pensada especialmente para varones heterosexuales, pues “a cada creyente” le corresponderán setenta y dos huríes, mujeres hermosísimas y eternamente jóvenes, “destinadas a proporcionar placer a los bienaventurados”, por lo cual carecen de cualquier dolor menstrual. No deja de ser curioso, por cierto, que el Islam considere estupendo que en el paraíso se encuentre todo lo que en la Tierra se considera pecaminoso, como vivir sumergido en los placeres del sexo y la gastronomía, o incluso beber vino:

Imagen del jardín prometido a quienes temen a Alá: habrá en él arroyos de agua incorruptible, arroyos de leche de gusto inalterable, arroyos de vino, delicia de los bebedores, arroyos de depurada miel. (Mahoma: Corán, sura 47.15)

Eso sí, es un vino que no produce embriaguez ni dolor de cabeza, porque ha sido purificado por Alá.


Tomás Moro

En definitiva, las utopías de la Edad Media, cristianas o musulmanas, no persiguen la perfección, por lo que apenas hablan de cómo legislar ese paraíso imaginado, que casi siempre es como un sueño anarquista. Pero con Tomas Moro las utopías regresan al estilo platónico, a la búsqueda del orden perfecto. Para dejarlo claro, Moro llama a su sociedad Utopía (“Ningún lugar”), recordando las palabras de Platón: “Mi República existe sólo en nuestra mente, puesto que no está en lugar alguno de la Tierra”.

Tomas Moro imagina una isla en la que se comparte todo, aunque cada ciudadano tiene su propia casita con jardín y el estado es gobernado por un príncipe que es designado por un consejo formado por las familias más importantes. Su propuesta ya no tiene nada que ver con las utopías populares medievales, pues aunque Moro fue mártir, lo fue  por oponerse al poder de los reyes (de Enrique VIII) en su defensa de las prerrogativas de la Iglesia; no es casual que su relato comience con las siguientes palabras: “Volvía yo un día de escuchar misa en la Iglesia de la Virgen María…”


Savonarola

A partir de Utopía, las utopías se convierten en una excusa para proponer las ideas políticas que todavía no se pueden expresar libremente en público. Campanella escribe La Ciudad del Sol; Francis Bacon, Nueva Atlantida; Johann Valentin Andreae, Cristianopolis. Además, poco a poco los pensadores utópicos empezaron a intentar aplicar sus utopías, como el monje Savonarola cuando gobernó la República Democrática de Florencia y aprovechó para quemar en “hogueras de las vanidades” desde espejos, adornos y cosméticos a libros de Bocaccio o pinturas de Botticcelli; o cuando el pirata Misson y su consejero Caraccioli, dominico como Savonarola y lector entusiasta de Tomás Moro, crearon en Madagascar la República de Libertalia, en la que abolieron la esclavitud; o cuando algunos grupos religiosos, como los mormones o los cuáqueros, fundaron ciudades e incluso gobernaron estados y ciudades de América.


Andreae

Aunque a menudo el pensamiento utópico ha sido el camino más rápido a la masacre, como dije en Las baldosas del infierno, de vez en cuando, las utopías han ayudado a mejorar el mundo real. Un ejemplo notable es la Royal Society, fundada en Inglaterra para llevar a la práctica las ideas acerca del desarrollo de la ciencia imaginadas por Francis Bacon en su Casa de la Sabiduría de La Nueva Atlántida, o las del Colegio Invisible que se describe en el panfleto rosacruz Fama Fraternitatis, tal vez escrito por el ya mencionado Andreae. Quizá sea un buen ejemplo de que a veces surgen cosas buenas bajo el cielo utópico.

Visita la web del autor:
www.danieltubau.com




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