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La línea de sombra

Daniel Tubau

La importancia de lo superfluo

danieltubau@gmail.com

He dedicado al tema de lo superfluo un libro quizá innecesario llamado Lo único que importa es lo superfluo. En él explico que el avance de la civilización consiste en gran medida en una atención cada vez mayor hacia lo superfluo, hacia lo innecesario.

En lo necesario casi todo el mundo se pone de acuerdo con facilidad. Es necesario comer, dormir (al menos un poco), tener una casa (al menos un techo) y algunas otras cosas. Pero muchas otras cosas parecen, si no innecesarias, sí al menos no tan urgente, en ocasiones incluso superfluas.

Cualquier persona que haya vivido unos pocos años (digamos, unos treinta) ha tenido  ocasión de escuchar muy a menudo que esto o aquello es secundario, porque ahora hay tareas y desafíos más urgentes. Y tal vez sea así, quizá haya en ciertos momentos asuntos más urgentes que otros, pero es muy probable que quienes no se callan e insisten en que esas otras cosas superfluas también son importantes sean los verdaderos responsables de que la sociedad sea más justa, equilibrada y sensata.


Engels

Para muchos estadounidenses, la seguridad social es superflua, o al menos no tan importante como nos lo parece a la mayoría de los europeos. Insistir en ese asunto, fue para Barack Obama una apuesta peligrosa que puso en peligro su victoria en las elecciones y que le hizo perder la mayoría en las dos cámaras. En el siglo XX, e incluso ahora, en muchos países que se definían como revolucionarios, la libertad sexual y la equiparación de derechos de los homosexuales eran asuntos secundarios, que ya se resolverían en su momento, cuando se hubieran solucionado los problemas “realmente acuciantes” para la nueva sociedad socialista. No es mi intención, por supuesto, afirmar que ideólogos como Marx, Engels, Lenin o Fidel Castro pensaran eso, es decir, que la liberación homosexual ya se resolvería en el futuro estado socialista. Como es obvio, ellos pensaban (y piensan) que no había nada que resolver, porque se trataba, sencillamente, de una aberración. Engels consideraba la homosexualidad «moralmente deteriorada», «abominable», «despreciable» y «degradante» y Marx animaba a su amigo a buscar “un par de chistes (de maricones)” y hacerlos llegar a los periódicos, para desprestigiar al dirigente sindicalista Jean Baptista von Schweitzer.


Von Schweitzer

Cuando me refiero a quienes excusaban que en los países del “socialismo real” los homosexuales carecieran de derechos no eran esos dirigentes, que eran dolorosamente claros al respecto, sino sus seguidores, que se veían forzados a justificar de alguna manera lo injustificable. Y una de las mejores maneras de justificar lo injustificable consiste en decir que no es un asunto importante y posponer el problema y su solución para un futuro lejano. Así se ha considerado durante décadas en la Cuba revolucionaria, y así se ha seguido considerando, aunque en menor medida, en Estados Unidos, por ejemplo en asuntos como el matrimonio homosexual, que los políticos ponían en lo más bajo de su lista de tareas pendientes, al menos hasta que recientemente tanto el presidente como el vicepresidente, Obama y Biden, se han pronunciado inequívocamente a favor del matrimonio homosexual.


Biden

Por otra parte, casi todo el planeta considera hoy en día un asunto, si no superfluo si al menos de segunda importancia, el que la mitad de la humanidad carezca de los mismos derechos que la otra en un gran número de países. Me refiero, por supuesto, a las mujeres en los países musulmanes.


Durante años, he escuchado todo tipo de excusas, basadas en el relativismo cultural y el supuesto respeto a las culturas ajenas para justificar esa discriminación intolerable, así como la afirmación, implícita o explícita, de que, con ser un problema, no era un problema “tan importante”. Sin embargo, resulta llamativo que no se recurra a esos argumentos cuando de lo que se trata es de condenar la trata de blancas y el tráfico de mujeres, como si el esclavismo ilegal fuese menos admisible que el legal. Lo más curioso del asunto es que para muchas personas el hecho de que la mitad de la población esté discriminada por el hecho de ser mujer no parece ser una de las dos o tres cuestiones más importantes de la humanidad. Eso muestra de manera muy clara lo peligroso que puede ser el considerar que hay cosas importantes y cosas secundarias y explica que uno de los hechos históricos más importantes del siglo XX, la emancipación de las mujeres, no obtenga todavía más que un lugar de relleno en los libros de historia. Que la actual discriminación a cientos de millones de mujeres en el mundo no sea noticia todos los días, que no se planteen cada semana preguntas en la ONU, que no exija el fin de este abuso a cualquier estado que quiera ingresar en un organismo internacional, que las mujeres que sufren esta discriminación no tengan el estatuto de refugiadas políticas de manera automática; que se dediquen sumas enormes a combatir cosas que se presentan como vitales a la opinión pública y que en realidad no es que sean superfluas sino que son absurdas, como la estúpida lucha contra el tráfico de drogas, provocada por la no menos estúpida prohibición de su consumo, en vez de emplear ese dinero para acabar con la discriminación de las mujeres y de los homosexuales, entre otras cosas “superfluas”. Todo esto, creo, es una muestra de que a menudo lo más importante es preocuparse de lo superfluo y que hay que evitar que “lo urgente le quite el tiempo a lo importante”, es decir, a lo superfluo.

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www.danieltubau.com




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