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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

A Ray Bradbury que ya estás en Marte


Querido maestro: usted y yo…Bueno, me corrijo: su obra y yo nunca nos llevamos bien. Sé que esta aserción le puede sonar a título de bolero, pero es que desde que entré en el mundo del fandom allá por los finales de los cincuenta, con apenas dieciséis años, siempre mantuve una relación de amor-odio con todos sus escritos, porque, aunque en el fondo siempre envidié muy sanamente, si eso es posible, su forma de narrar, su lectura me dejaba a menudo un regusto a moralina de manual que entonces, obviamente, no detectaba en toda su amplitud.

Pese a eso siempre me podía su talento literario y en mis primeros años de aficionado a la ciencia-ficción fue usted un referente a seguir. Ahora que usted ya andará —es mi más vivo deseo— por las vastas planicies de Marte, de “su” Marte crepuscular e idílico, paseando entre canales y bermejas barranqueras, acompañado de la pléyade de personajes inolvidables de sus Crónicas, me he visto en la de obligación ética de confesárselo.

Para un adolescente provinciano y soñador, lector compulsivo de todo lo que caía en sus manos fueran tebeos o novelas; admirador de Verne y Wells, que soñaba con otros mundos menos grises y terribles que los que le rodeaban, que había devorado al Superman charro de la editorial Novaro, que conocía Kripton mejor que Madrid. Para ese adolescente, como decía, el descubrimiento de Crónicas Marcianas en la edición argentina del año 1955 prologada por Borges, que le admiraba muchísimo, fue un gran cambio: le hizo cambiar, desde ese momento, su forma de ver y entender la literatura de género fanta-científico, como la llamaban por entonces, y fue su alimento literario durante los años que siguieron, contrapunto y puerta de escape necesarias al tedioso universo del Derecho que por entonces cursaba en la Complutense.
No sé si conoce el dato pero fue en los primeros años sesenta, querido maestro, cuando empezó a distribuirse en las librerías españolas Minotauro, la revista de Fantasía y Ciencia Ficción, que no era otra que la edición castellana de la americana The Magazine of Fantasy and Science Fiction. En el primer número nos ofreció un menú de lujo con relatos de Usted mismo, de A.C.Clarke, Reed, Poul Anderson, Alfred Bester y el novísimo Jim G.Ballard con el que le fui infiel inmediatamente.

Esta revista y después la española Nueva Dimensión  —gracias Santos, gracias Vigil— pusieron el mundo (de la ciencia-ficción) al alcance de todos los españoles (aficionados) por emplear el leitmotiv del noticiario oficial del régimen.


Por aquellos mismos años mi futuro de disidente ciencia-ficcionero empezaba a gestarse, aunque usted seguía siendo aún intocable para mí. Seguía conectando tanto con el melancólico lirismo de muchas de sus obrasEl vino del estío, Crónicas Marcianas, como de la tenebrosa oscuridad de algunas otras como El país de Octubre. Me aplanó literalmente su hermosa distopía Farenheit 451, que luego llevaría al cine François Truffaut adaptación que usted encontró demasiado intelectual y que le confesaré ha envejecido estrepitosamente; pero ya empezaba a chirriarme su moralismo y conservadurismo a ultranza porque en aquellos años convulsos yo necesitaba otros estímulos que su obra no me ofrecía. Cuando fundé Zikkurath,  un fanzine de CF, yo ya estaba al lado de Ballard, Vonnegut, Aldiss, Moorcock, P. K. Dick, y una larga lista de nuevos escritores que intentaban mundos más especulativos, donde el sexo, los alucinógenos, la música eran parte y tema de sus relatos. Algo más en consonancia con los tiempos que corrían. Usted y su obra se habían quedado colgados en su Arcadia particular, literariamente impecable, pero netamente reaccionaria. Nunca más volvimos a encontrarnos.

Ahora espero que ese Marte que usted nos descubrió donde no existían hombrecillos verdes cabezones sino colonos de hermosos ojos doradossea el lugar que soñó y en el que nos hizo creer: un lugar mejor donde pasar la eternidad.




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