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Pareciómelo

Pedro Vallín

Manzanita ce, manzanita uve

Modernamente se le llama Ctrl+C, Ctrl.+V, pero como el que suscribe debutó en el periodismo con unos pequeños Macintosh conocidos por la frecuencia con que una bomba, gorda, negra y con mecha, aparecía en pantalla, los comandos de copiar y pegar exigían pulsar la manzanita. Rápidamente se popularizó en la redacción el tropo “manzana ce, manzana uve” para designar el trabajo del editor de textos ajenos. No se me impacienten que enseguida entenderán a qué viene esta digresión.


La sociedad de gestión de derechos de autor literarios, Cedro, entrega unos premios escolares titulados “Si eres original, eres de libro” y que la propia institución denomina con un alias mucho más evidente: concurso nacional de trabajos escolares sin “corta y pega”. Apostaría doble contra sencillo a que ustedes dirán que está bien, que ya es hora de que se ponga coto a la facilidad con la que los contenidos son apropiados y reutilizados merced a las herramientas que ofrece el mundo digital y al modo en que los alumnos se benefician de ello. Sin embargo, y citando a ese oráculo de este púlpito que es Carlos Faemino, “a veces pienso otra cosa…”

Les propongo que recuerden en qué consistían los trabajos escolares: “Hacedme un trabajo sobre la agricultura de secano y la de regadío en España”. ¿Qué hacían ustedes? Nosotros, y así se nos indicaba, usábamos una enciclopedia que tuviéramos a mano —en casa o en la biblioteca municipal—, buscábamos entradas relativas a esos asuntos y las copiábamos una a continuación de la otra. “Hacedme un trabajo sobre Rafael Alberti en la Generación del 27”. Lo mismo. Luego lo tecleábamos a máquina interlineando bien para que los diez folios exigidos se acabaran cuanto antes, y listo. Con Alberti a mí me pasó una de esas estupideces felices que te hacen parecer el más listo de la clase. Les cuento en primera persona, aunque sea descortés e impropio.


Verán, yo soy un vago vocacional. Me va bien trabajar en prensa escrita porque las entregas son diarias y así acabo trabajando como un burro sin saber cómo. Las cosas más inteligentes de mi vida las he hecho para ahorrarme trabajo. También las más estúpidas, decisiones basadas en la ley del mínimo esfuerzo que al final acababan dándome más que hacer. Así ocurrió aquella vez en COU, que por no ir a la biblioteca a copiar largas páginas de Alberti, usé un diccionario enciclopédico que había en casa y que en vez de un centenar de tomos tenía una docena. Me senté a la vieja máquina de escribir que había en casa y me puse a plantificar todo lo que decía aquel Espasa de ese poeta feo de pelo lacio y blanco. Como siempre he sido precipitado, no me fijé en el interlineado, que resultó ir muy apretado. Total, que tenía que entregar un trabajo de once folios y cuando acabé de copiar todo lo que decía aquella enciclopedia no había terminado el primero. Ni corto ni perezoso (ups, doble mentira), le di dos veces al retorno de carro, y escribí: “Esta es la vida del poeta, pero ¿y el hombre?”. Y henchido de satisfacción arranqué ruidosamente el folio de la máquina de escribir y lo apilé, solitario, sobre la mesa. “Uno”, pensé. Así que tenía que inventarme diez folios más. Directamente sobre la máquina de escribir —siempre sentí que pasar a limpio atentaba contra mis principios— y con la sola ayuda del típex, me lance como un irresponsable a inventarme un viaje de Alberti al Puerto de Santa María en el que recordaba a los poetas muertos de su generación, conmovido ante la inminencia de su propia muerte y el vigor vital de sus jóvenes compañeros de autobús. En fin, un pastiche escrito por alguien que sabía poco de la generación del 27, nada de escribir ficción y que, por más mancillar la memoria de la literatura, fue jalonando de pretenciosas citas en italiano para encabezar cada capítulo… ¡tomadas de canciones de Franco Battiato! Entre la tarde del viernes y la mañana del sábado, aquella aberración estuvo lista.

El caso es que el lunes, cuando iba todo ufano con mi basura pretenciosa y abracadabrante —que, para mayor desfachatez titulé Un oceano di silenzio, como la canción de Battiato que escuchaba mientras escribía— para entregar a Josefina, la dulce y jovencísima profesora de literatura que tuvimos en COU, reparé en que había contado mal: tenía diez folios, no once como se exigía. Rápidamente llamé a una compañera de clase que sabía que leía El País para que me trajera el suplemento en el que se había publicado un retrato en blanco y negro de Alberti hecho por Schommer. Necesitaba que fuera en blanco y negro, porque por entonces no era fácil encontrar una fotocopiadora de color, y menos en el instituto. Hice una fotocopia y la inserté como página 2 del trabajo, justo entre la portada y el inicio de mi infausto artefacto. Josefina me puso un sobresaliente y me llenó de comentarios apasionados (aunque no todos elogiosos, claro) los márgenes del texto, creo que más conmovida por lo que entendió una pujante vocación literaria que por la calidad de aquel sentimentaloide acercamiento a un poeta que, por lo demás, detestaba tanto entonces como ahora. La vocación literaria era pura impostación, claro —no he vuelto a escribir una línea de ficción desde entonces—, y a menudo me he preguntado cómo era capaz de complicarme tanto la vida para no ir hasta la biblioteca, que distaba apenas cincuenta metros de mi casa. A lo largo de mi vida me ha seguido pasando eso, que por una pereza proverbial he terminando trabajando el doble de lo que pretendía ahorrarme. Y también que he terminado haciendo cosas la mar de interesantes y arriesgadas.

Sabrán disculpar esta excesiva anécdota, que apenas ilustra de soslayo lo que quería contarles. Un trabajo de clase no es una obra de ficción, nunca se exigió originalidad ni una tesis propia: sólo un corta-pega de materiales tomados de aquí y de allá. El asunto es más grave, porque en las universidades también era bastante así. Incluso en las tesis doctorales los aspirantes expoliaban si compasión textos de acá y acullá. Y nadie aprendía gran cosa de aquellos trabajos, claro, salvo quizá a teclear rápido. Bueno, el abajo firmante aprendió de aquello que la impostura, si era elegante y muy osada, podía acarrear grandes éxitos y desde entonces siempre ha apuntado alto en sus audacias y pretensiones. Y siempre ha caído de pie, como un gato.


Digo yo, que en lugar de esta tendencia ludita a denostar los avances tecnológicos —los chavales de hoy hacen los trabajos igual que se hacían antes, sólo que no tienen que ir a la biblioteca ni teclear todos los textos, les basta con hacer unas búsquedas, y cortar-pegar lo que les interesa— mejor les iría a los profesores (y de paso a la sociedad Cedro) si premiaran los mejores corta-pega. Lo importante no es la procedencia de los textos sino el discurso que se construye con ellos. En la universidad, el profesor Francisco Letamendía nos propuso un examen con los apuntes delante. Pedía que relacionáramos determinados conceptos políticos de la modernidad con la antigüedad clásica. Suspendió un buen puñado de gente; mucha, si pensamos que aquello era Periodismo, esa carrera maría. La tecnología tiene otra gran ventaja en este asunto de los trabajos escolares o universitarios: el profesor puede comprobar en décimas de segundo la procedencia de cada frase del trabajo. No se copia más, se nota antes. Pero copiar trozos de aquí y de allá y construir con ellos una nueva criatura de Frankenstein intelectual no debería ser causa de denigración, sino bien al contrario, motivo de aplauso. Copiar mal es feo y además hoy se nota mucho. Copiar bien es una de las expresiones más obvias de la inteligencia. Si lo piensan bien, la mayor parte de las decisiones e invenciones más inteligentes del hombre han venido de la pereza. Desde la rueda al smartphone, pasando por la imprenta. Nada me ha hecho más listo que el firme propósito de trabajar menos. Las cosas que se logran con esfuerzo provocan una gran satisfacción, cierto, pero las que se logran traicionando al esfuerzo, queridos míos, satisfacen muchísimo más. Como aquel sobresaliente de Josefina que siempre he sospechado que la hizo tan feliz a ella como a mí.




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