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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

La importancia del papel pintado


Este es un relato corto presentado en edición bilingüe por Contraseña, escrito por Charlotte Perkins Gilman con el título de El papel pintado amarillo en el año 1890 y publicado dos años más tarde en New England Magazine. Un relato de una de las personalidades femeninas norteamericanas más carismáticas de su época, una mujer militante, intelectual, racionalista, que luchó por la emancipación de la mujer con las armas de una obra didácticamente intensa dirigida directamente a la proa de una sociedad diseñada por y para el hombre.

Admiradora y defensora del reformismo utópico y el evolucionismo, Perkins vio en la literatura la válvula de escape para realizar una fuga hacia adelante y dejarnos una obra de ficción importante en la que este cuento brilla con luz propia. Una especie de testimonio autobiográfico que explica, bajo la marca del género fantástico, las dificultades y contrasentidos a los que se enfrentaban las mujeres ilustradas de su época.

Es la historia de una mujer que sufre una depresión posparto. Un insigne neurólogo le recomienda a su marido, médico también, que la lleve al campo a reponerse y le prohíbe taxativamente cualquier tipo de actividad intelectual. La habitación matrimonial de la casa alquilada está decorada con un papel de color amarillo cuyo diseño va a ser el detonante de la transformación paulatina de la protagonista, de su descenso a los infiernos, y de su liberación.

Desde el principio, Perkins confronta con suma habilidad lo racional con lo misterioso ─una de las columnas que sustentan el fantástico─. Así, el marido y la casa, su enfermedad, que forman parte de su “realidad” diaria, poco a poco, se irán difuminando con la ayuda de la observación minuciosa de los dibujos que esconde ese papel amarillo del título que, finalmente, le descubrirá la forma de salir de su encierro físico y psicológico. El marido, desde las primeras líneas nos es presentado como el enemigo a combatir. Su proteccionismo, su amor no representa otra cosa que su deseo de que su mujer vuelva a ser “normal”: que se ocupe del hijo rechazado y de llevar la casa, vamos, lo que el hombre entiende por felicidad domesticada. Por eso le ha prohibido escribir ese relato que ahora está en nuestras manos y que nos permite ser espectadores de primera fila del desarrollo de una neurosis obsesiva llevada al límite. Un cuento de terror, también, con fantasmas que habitan únicamente la psique de la protagonista. Un ejercicio de tensión y contrapunto que se refleja hasta en la forma elegida para escribirlo.

Y no es en absoluto curioso que un texto con más de cien años a la espalda resulte de una modernidad tan apabullante. En realidad y en muchos aspectos las cosas no han cambiado demasiado en las relaciones entre hombres y mujeres. A las víctimas me remito.




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