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La línea de sombra

Daniel Tubau

Viaje a la esencia

danieltubau@gmail.com


Hay varias maneras de definir algo. Una es el esencialismo, que afirma que existe una definición “correcta” o “esencial” de las cosas que debe ser respetada. Es la teoría preferida por los reglamentistas, que aseguran que instituciones como la Academia de la Lengua son las que deben determinar si el uso de esta o aquella palabra es adecuado o correcto. Otra manera de decidir lo que significan las palabras es el recurso a la etimología: se busca el origen de la palabra y de este modo se encuentra su significado. A este método era muy aficionado Platón, quien polemizaba con filósofos como Demócrito acerca de la naturaleza del lenguaje. Demócrito pensaba que el lenguaje es fruto de una convención, que no existe un nexo necesario entre una cosa y la palabra que se usa para designarla. Ofreció varios argumentos casi irrefutables para probarlo, entre ellos estos dos:


Demócrito

Las palabras homónimas. Si dos cosas diferentes se definen con una misma palabra, eso prueba que no hay una ligazón natural entre el nombre y la cosa. Por ejemplo, “banco”, para referirse a un lugar donde se sienta uno, a una entidad de crédito o a un grupo numeroso de peces.
Los sinónimos, como “casa”, “hogar” o “morada”. Si una cosa se define con dos o más palabras diferentes, entonces eso es un indicio, aunque quizá no una prueba definitiva, de que no existe una conexión, o al menos una conexión única, entre las palabras y las cosas.


Samuel Johnson

Frente al reglamentismo o esencialismo, ya sea por dictamen de las Autoridades o por etimología, encontramos diferentes métodos basados en la observación, en el método empírico: observamos cómo se emplean las palabras y eso nos permite decir qué significan. Ese era el método que seguía casi siempre Aristóteles, quien cuando quería averiguar qué era la prudencia observaba a los prudentes. Decimos que Pericles es prudente, ¿qué cosas hace Pericles? Observamos, entonces, esas cosas que hace Pericles, porque se supone que tendrán relación con la prudencia. Este es también el estilo anglosajón (frente al reglamentismo francés o español), que siguieron personas como Samuel Johnson al crear su diccionario, recopilando todas las palabras publicadas. Al parecer sólo olvido una: “bond” (criada).


Wittgenstein

En el siglo XX Wittgenstein reinventó el método aristotélico y creó la filosofía del lenguaje más influyente de las últimas décadas, lo que se ha llamado la teoría del lenguaje como valor de uso. Aunque en esencia se trata de lo mismo que hacían Aristóteles o Samuel Johnson al crear su diccionario, Wittgenstein logró que sus ideas parecieran distintas de manera un poco paradójica, al limitar sus ambiciones definitorias. Wittgenstein observaba cómo se usaban las palabras, pero se detenía ahí, en la observación, sin pretender extraer reglas, más allá de la constatación de que existen diferentes “juegos de lenguaje” o de que no puede existir un lenguaje privado. Aristóteles, sin embargo, a partir del empirismo iniciaba la construcción de complejos esquemas y precisas categorizaciones.

En cualquier caso, lo que aquí me interesa de las definiciones esencialistas o empiristas es que también se pueden aplicar, y de hecho se aplican, en el terreno de la discusión ideológica o ética. El esencialismo en sus diversas variantes ha sido de mucha utilidad para exonerar de crímenes o desmanes a aquellas personas, movimientos, ideologías o religiones a las que nos sentimos cercanos. Gracias al esencialismo podemos decir:

Aunque muchos cristianos cometieron crímenes, eso no son crímenes del cristianismo, ya que esas personas se consideraban cristianas pero no lo eran.

Lo mismo vale para el comunismo, el fascismo, el colonialismo, el anticolonialismo, el budismo, el liberalismo o cualquier otra cosa. El argumento es más o menos el siguiente: “En la definición esencial de cristianismo, comunismo o fascismo, no estaba contenida su aplicación futura”. Por el contrario, las teorías empiristas dicen, como Aristóteles, que al observar las acciones de los comunistas, los fascistas, los liberales, los cristianos, vemos que abundan las injusticias, los abusos y los crímenes, y concluyen que algo de responsabilidad se debe atribuir a esas doctrinas.


Laozi

No se puede negar que el argumento esencialista es adecuado en algunos casos y que hay muchas ocasiones en las que no podemos responsabilizar  a alguien que se limitó a formular una teoría, a proponer una ideología o a propagar una religión, de los crímenes de sus partidarios, algunos de ellos separados por cientos de años. No parece razonable atribuir a Buda o a Laozi los crímenes cometidos en Sri Lanka en el siglo XX o en la China de la época Qin. Los responsables de esos crímenes podían considerarse, y eran en muchos casos considerados así, como taoístas y budistas, pero no por ello Buda o Laozi tienen por qué heredar retrospectivamente las culpas de sus seguidores futuros. En este caso, en realidad, el esencialismo funciona precisamente porque se basa en realidad en el empirismo, es decir en la observación de lo que hicieron o no hicieron Buda o Laozi.

Existen otros casos, sin embargo, en los que sí parece posible trazar una línea que une al creador de la doctrina con los desmanes de sus seguidores. En algunos casos hay pocas dudas, porque el propio fundador ha tenido en sus manos los instrumentos del poder y ha podido demostrar las consecuencias prácticas de sus doctrinas. Entre ellos podríamos mencionar al inflexible Moisés, al conquistador Mahoma o a tantos ideólogos y al mismo tiempo líderes supremos que produjo el siglo XX, como Lenin, Mussolini, Stalin, Hitler, Franco o Mao Zedong (citados por orden de aparición en lo más alto de la escena política).


Kropotkin

Decía Agustín de Hipona, en una definición quizá esencialista, que del mismo modo que el hierro se prueba en la fragua el ser humano se prueba en el poder. La verdad es que muy pocos han logrado pasar esa prueba, demostrando el dicho empírico de Lord Acton: “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. A la memoria me vienen ahora cuatro ejemplos de personas que sí pasaron la prueba, aunque no llegaron a detentar un poder absoluto (quizá porque renunciaron a él): Buda, el anarquista Kropotkin, Gandhi y Nelson Mandela. Lo demás son hipótesis: ¿qué habría hecho Jesucristo si hubiera logrado expulsar no sólo a los mercaderes del templo, sino también a los sacerdotes?, ¿habría llevado los gérmenes de intolerancia, presentes aquí y allá en ciertos momentos de su biografía y su doctrina, hasta el exceso de un Calvino? ¿O más bien habría  mostrado su lado más amable y tolerante, como cuando ante la mujer adúltera dijo aquello de: “Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”. No podemos saberlo.


Mandela

En cualquier caso, mi intención es señalar que no es que las definiciones esencialistas sean erróneas, sino que, lo sean o no, son utilizadas demasiado a menudo para ocultar cosas que todos nos veríamos obligados a admitir a partir de una simple observación empírica. El esencialismo, en definitiva, es otro método para no ver, para adentrarnos en la oscuridad y atravesar la línea de sombra con la conciencia tranquila. Otra adormidera intelectual.

Visita la web del autor:
www.danieltubau.com




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