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El pizarrín

Javier Goñi

Del hombre raro de Getafe


Déjenme que les hable de un viejo marino, que provenía de almirantes y ministros del ramo, por rama materna, y que se quedó varado en Getafe, a un tiro de piedra, o de dos, de Madrid, y que se llamaba Juan Bautista Amorós, en la letra pequeña de los manuales de literatura aparece como Silverio Lanza, era raro, atrabiliario, y de su muerte hizo el otro día cien años. No sé si el honrado ayuntamiento de Getafe, que tiene un alcalde nasogástrico, leo en la prensa estos días, y además del PP, se habrá gastado la intemerata en festejos populares, carreras de sacos, fuegos de artificio, verbenas populares, y más carreras de sacos. Esto lo desconozco, de esto no me pronuncio, por ignorancia supina.


Lo cierto es que Silverio Lanza, que había nacido en 1856 en Madrid, murió en Getafe, a un tiro de piedra, o de dos, de Madrid, el 30 de abril de 1912 –el otro día, se cumplieron, pues, los cien años–, a las diez de la mañana, en su casa de la calle Olivares, 18, a la entrada del poblachón, junto a la estación más cercana de su casa. Pues al parecer, entonces, en la primera década del siglo XX había en Getafe dos estaciones, una más cercana a su casa, y la otra más lejana. Enigma éste que tuvo su importancia en cierta ocasión, que le fue a visitar por la mañana y se quedó a comer –como pronto se verá–, Corpus Barga: para el siglo Andrés García de la Barga y Gómez de la Serna (1887-1975), tío de su sobrino Ramón; y como Corpus Barga, seudónimo, uno de los mejores periodistas españoles del primer tercio del siglo XX y autor de unas espléndidas memorias, estupendamente narradas, Los pasos contados. Una vida española a caballo en dos siglos (1887-1957). Unas memorias, aquellas, éstas, que me han acompañado desde hace casi cuarenta años, y que me he vuelto a encontrar al ir, estos días pasados, al cementerio de los esfuerzos literarios inútiles, a ponerle flores frescas a la tumba perdida del hombre raro de Getafe en su centenario: por cierto, inquiero, a qué pudridero van los huesos de hombres ilustres sin panteón, dónde reposan los de los marinos en tierra, pues si el guardiamarina Juan Bautista Amorós hubiera muerto en alta mar, lo hubieran empapelado en sudario blanco de seda y lo hubieran arrojado en alta mar, en sencilla y emotiva ceremonia marina, incluida la salve marinera, que al igual que el himno de Infantería nos encharca los ojos nada más oír entonar los primeros compases, las primeras letras, aunque se sea, como se es, de tierra adentro, o poco afín a armas y uniformes, y demás fanfarrias.


Como todavía no ha cogido el tren-tranvía para Getafe Corpus Barga, déjenme que me detenga un poco en Corpus, pues ya habrán adivinado –o no– que me interesa más que Silverio Lanza, aunque sea éste quien nos convoque por haber fallecido hace cien años, que son éstas cosas que se miran cuando uno escribe, en papel o sin papel. Pues bien, si Chaves Nogales es el gran periodista republicano español, Corpus Barga fue uno de nuestros mejores periodistas de las dos primeras décadas del siglo XX más interesantes y cosmopolitas, cuando solo media docena de reporteros españoles estaban presentes en los grandes acontecimientos (el profesor Arturo Ramoneda en Júcar, primero, y después en Pre-Textos ha reunido buena parte de su gran obra literaria y reporteril desperdigada por diarios madrileños de tamaño sábana). Llegó exiliado a Lima en 1948, y ahí se quedó profesando como periodista. Se murió en 1975, casi centenario, y yo recuerdo haber leído su necrológica en el diario Informaciones.


La memoria parpadea a veces como una bombilla que avisa del apagón final y ahora no recuerdo si quien vino, octogenario, nonagenario, curiosón, menudo y a dar el último paseíllo, antes de retirarse a prados de los que ya no se regresan, a Madrid fue Corpus Barga o Eduardo Zamacois, otro gran memorialista, escritor popular de literatura sicalíptica en los años veinte, director de La vida galante, una estupenda revista de señoritas ajamonadas y entradas en carnes en estupendo papel couché y con no menos estupendos artículos literarios –como el Playboy de la época, vamos– y que iba a ser tema de tesis de licenciatura de este modesto licenciado –la propuesta a perpetuidad estará, supongo, en las mazmorras de la Complutense–. Lo de La vida galante no cuajó, a Zamacois le tengo en mi capillita de exvotos y hay una foto, sí, en que un viejecito, sí, retornado, sí, menudo y curiosón, se retrata con Francisco Umbral, quien le entrevista para alguna de las muchas publicaciones con las que se ganaba los garbanzos y el resto de la impedimenta. Zamacois estuvo, sí, en España, en el postrer tardofranquismo. Miguel Fernández-Braso, ahora dedicado al arte y a tener galería madrileña, afamado entrevistador de la época para el diario Pueblo, uno que hubo, entrevistó a Zamacois y el testimonio se puede ver (o posiblemente no) en el libro de entrevistas, De escritor a escritor (Taber, 1970: son estos libros que aparecen en los altillos de viejo, en los sotabancos de papel usado o en las Ferias del Libro de Ocasión, como la madrileña que todavía está en Recoletos hasta el día 15 de mayo).


Bueno, hagan el favor, agrúpense, así, gracias: No sé si Corpus Barga vino, antes de morir, a Madrid. Lo que realmente importa es que, a comienzos de los años sesenta, tan olvidado en Lima, Perú, empezó a recordar su Madrid de infancia e inició sus memorias, ese testamento que a veces dejan a falta de otros posibles algunos escritores. A los nietos, sus lectores. En 1963, en su áspera patria, en Barcelona, que tiene salida al mar, y con el sello de E.D.H.A.S.A, o sea Editora y Distribuidora Hispano Americana, o sea a medio camino entre Argentina y España, apareció Los pasos contados, primer tomo de sus memorias, y que luego daría nombre a los cuatro de que constan. Apareció en una colección El Puente, que dirigía desde Buenos Aires otro exiliado, Guillermo de Torre, teórico de las vanguardias y de los ismos, cuñado –se llevaban, creo, a matar– de Borges, colección y gatera ésta por donde se le fueron colando al régimen, que tenía a veces otras cosas mejor que leer, algunos exiliados: uno de los primeros Max Aub que yo compré, El zopilote y otros cuentos mexicanos (etiqueta que no hay quien la despegue, “Galerías Preciados. Sección de Librería, Madrid”, y mi firma y fecha, 5 de octubre de 1971; exlibris todavía no gastaba): a mí, ya saben, siempre me gusta, venga o no a cuento, citar a Max Aub: siempre tengo la fantasía de que me lea alguna aubiana, que todo puede ser, pues las hay.

Pues bien, en 1963, 1964 (Puerilidades burguesas) y 1967 (Las delicias: una deliciosa “crónica madrileña de hacia 1906”) fueron apareciendo en Edhasa los tres volúmenes de las espléndidas memorias de Corpus Barga.

Si alguna fuerza tienen las negritas –en tipografía, no en el África Ecuatorial de la canción del Cola-Cao–: háganme caso, las memorias de Corpus Barga son espléndidas, imprescindibles, háganme.

Yo me compré los tres tomos de Edhasa, una mañana universitaria, el 13 de octubre de 1975, mal mes de septiembre de 1975, mal mes de octubre de 1975, mal mes de noviembre de 1975. Luego, ¡viva el Rey! Me los compré en Visor Libros, Isaac Peral, 18, teléfono 2436134, Madrid 15 –aquí está la etiqueta–, y con ellos bajo el brazo, mejor dicho, ojeándolos –esa primera vez, que ésta si que no se olvida nunca–, cogí un autobús universitario en Moncloa, camino del Edificio B de la Facultad de Filosofía y Letras de la Complutense. Como me pasa(ba) a veces, con las mujeres en el metro, que las miro, no las miro, pues más bien les leo el título del libro que están leyendo, me di cuenta de que alguien me estaba observando, a mí, no, a los libros. Me pidió que si se los podía dejar. Y hablamos. Que llevaba mucho tiempo tras esos tres tomos de Corpus Barga, que dónde los había encontrado, que si los podía ojear. Se bajó en Medicina. Como dos francmasones nos habíamos identificado en un autobús. Por Corpus Barga.


Aquella edición de memorias, tenía tres tomos y un interés especial, pues un par de años antes de encontrármelos en Visor, había salido un tomo, Los galgos verdugos, el cuarto volumen de Los pasos contados y el número 1 de una nueva colección, Alianza Tres, una memorable colección de la mejor literatura universal, que puso en marcha Jaime Salinas dentro de Alianza Editorial. A finales de los años setenta salieron por orden los cuatro volúmenes de estas excepcionales memorias de aquel gran escritor y –sobre todo, ¿sobra “sobre todo”?– periodista, y es ahí, en el cuarto tomo, en una nueva edición, donde, para aumentarlo de peso, se incluyen varios textos desperdigados de Corpus Barga, a modo de apéndice y es ahí donde se incluye un divertido y excelente texto en primera persona, Del hombre raro de Getafe. Dos cartas y una invitación, que evoca, más de cincuenta años después, una de las visitas que le hizo en Getafe a Silverio Lanza. El texto de Corpus Barga, una delicia, lo firma éste en Lima, en enero de 1964, y es el mismo texto que se incluye en un monográfico que en julio de 1964, la revista de Cela, Papeles de Son Armadans, una publicación que sobrevivirá sin duda a su creador, le dedicó a Silverio Lanza, un ejemplar que encontré hace unos meses tan solo en una librería de viejo madrileña; un ejemplar que como los que pasan de mano en mano traía su pequeño enigma. Un sobre de formato normal, levemente amarilleado, con una dirección a máquina (antigua): “Dr. Bullon, Virgen de la Sierra 1”. Un sobre cerrado, que rasgué, y en su interior otro sobre cerrado, de tamaño de tarjeta de visita, dirigido el sobre, escrito a mano, al S. d. Francisco Estévez de su afmo A. B. R. Una vez procedido a abrir el sobre pequeño, éste conservaba como una pirámide a la momia una tarjeta de visita, impresa por una cara: Agustín Bullón Ramírez, catedrático de histología y anatomía patológica, Virgen de la Sierra, 1 (Prado de S. Sebastián) teléfono 34141, Sevilla, y al dorso escrito: “Amigo Estévez: Me es grato comunicarle que su recomendado (ilegible) Córdoba nº 116 aprobó el examen de Preuniversitario (Común). Un saludo de su buen amigo”.


Firma como Amorós...

Una carta sin abrir que aparecía extraviada entre el artículo de Corpus Barga de aquel número homenaje de Papeles de Son Armadans, ese que comenzaba precisamente, paseando Baroja y Corpus Barga por el Paseo del Prado, y comentándole el madrileño al vasco, que ha recibido carta del hombre raro de Getafe, invitándole a visitarle. Y hablan de Silverio Lanza, un marinero en tierra, a caballo de dos generaciones, la realista del XIX y la del 98, y que parece que va por la vida literaria con las piernas abiertas, como dicen que andan los marineros en tierra. La conversación entre Baroja y Corpus no tiene desperdicio. Igual hablan de Ferrer –un personaje que a Baroja le resulta antipático, qué novedad– que de los huevos fritos con patatas que son célebres, entonces, en un merendero, ¡del gran Canuto!, de los Cuatro Caminos. A Baroja le horrorizan los huevos fritos, y que se coman, además, de dos en dos; los huevos fritos y la jota considera Baroja, que era, conversando y con la pluma, de sonoras y drásticas sentencias, que eran las dos cosas más brutales que hay en España. Alguno de la comparsa que les acompaña cree ver en dos huevos fritos con patatas un plato muy completo. El rechazo de Baroja es obvio: nada, nada, brutalidad y superstición.


...o como Silverio Lanza.

Siguen paseando y vuelven a hablar del viaje: a la mañana siguiente Corpus Barga se va a Getafe, la idea es madrugar y volver a la hora del almuerzo, pues supone Corpus que por la tarde debe de hacer demasiado calor en Getafe; para lo cual también tiene opinión Baroja: “En Getafe no puede hacer más que demasiado calor o demasiado frío o algo demasiado desagradable”.

Y Corpus emprende el viaje, al día siguiente, un poco a la aventura, pues no sabe la dirección exacta; confía en que en Getafe, al llegar, cualquiera sepa donde vive. Y, sí, encontró la casa, donde vivía Silverio Lanza solo, con una criada (en los escritos de Ramón Gómez de la Serna, de quien me ocuparé enseguida, y que también fue varias veces a visitarle al final de su vida, Silverio Lanza vivía con su mujer, no sé).

Silverio Lanza, que le da mucho al botijo, en la charla, le ofrece ir a por vino a la taberna, si así lo desea, pues ya le ha invitado a quedarse a comer. A Silverio Lanza, como a Baroja, le gusta pontificar y así le hace ver a su invitado que en España no hay más vinos de mesa que Cataluña y que los de Rioja, nada de nada: solo vale un vino riojano para beberlo acompañado de chorizo.

Y comienza el almuerzo. De primero, un plato enorme con tres huevos fritos relucientes amalgamados de forma triangular. Y Silverio Lanza –debía ser tema de época– también tiene su teoría sobre los huevos fritos. Para este marino excéntrico, varado en Getafe, que no tiene salida al mar, los huevos fritos…: espero que este pasaje se lo salte el alcalde actual, Juan Soler, que lleva mochila y sonda, pues es muy partidario de la dieta nasogástrica, la de los que están en coma, y que hace furor, lo leí el otro día en la prensa, en Estados Unidos, dónde si no, y ya ha llegado aquí, cómo no, para horror de los nutricionistas asociados. A Juan Soler, alcalde nasogástrico y del PP de Getafe, que supongo que no sabe quién es Silverio Lanza, el hombre raro de Getafe, de seguir leyendo lo de los huevos fritos se le va a hacer un lío nasogástrico de un par de narices que no se lo deseo a nadie. En fin, sigamos con la pitanza de hace un siglo. En opinión de Silverio Lanza, el huevo frito es el manjar más individualista, el único que no se puede dividir. Un huevo frito al romperse se desparrama en el plato, y hay que recogerlo empapando la miga de pan. Por eso, afirmó en aquel almuerzo de hace un siglo, no pretenda, amigo Corpus Barga, comerse huevo y medio. Sería imposible. Así que uno para usted, otro para mí y el tercero –resolviendo el misterio de la Santísima Trinidad– es para la criada. Luego toman un gran plato de atún salado, que obligará a coger a pulso el botijo en numerosas ocasiones. Atún salado –plato de marineros, se regodea Silverio Lanza– que la criada acompaña de una copiosa ensalada de tomates. De postres, leche frita y naranjas; para no desairar a la criada, que la bordaba, la leche frita, el pobre Corpus Barga tuvo que servirse varias raciones, cosa que no hizo Silverio Lanza, al que no le gustaba nada la leche frita, y tenía, pues, licencia, y mando en plaza para prescindir de tan dulce manjar. Y a continuación, lo envió de vuelta a Madrid, a echar la siesta. Al pobre Corpus Barga.


El sobrino de Corpus Barga, el gran Ramón, fue gran admirador de Silverio Lanza, al que visitó varias veces en los últimos años de su vida y al que fue a ver la mañana del 30 de abril de 1912, cuando se enteró de su fallecimiento. En los libros de Ramón hay divertidas semblanzas de Silverio Lanza. Especialmente en este curioso libro, donde se recogen buena parte de los textos, si no todos, escritos por Ramón sobre el hombre raro de Getafe. Reproduzco aquí la portada, que no tiene valor en sí mismo, por la curiosidad de la obra. Pues bien, en la Biblioteca Personal de Borges, que fue una colección de kiosco poco agraciada externamente, y que proveniente de Hyspamérica Ediciones Argentina puso en los kioscos españoles Ediciones Orbis, alguien, no sé si directamente Borges –quien escribe el prólogo sobre Ramón, una hoja–, eligió para esa supuesta Biblioteca Personal este libro construido para la ocasión: Prólogo a la obra de Silverio Lanza. Lo lógico hubiera sido, quizás, utilizar otra obra más significativa de Ramón, pero en fin nos da la ocasión de reunir (casi) todos los textos sobre Lanza y como es habitual en Ramón hay mucha información y anécdotas, notas de color, etc., de cuya autenticidad uno no se hace, como lector, co-responsable, pues es sabido que Ramón fue ilustre presidente de esa cofradía de periodistas que no suelen dejar que la verdad les estropee un buen titular: en Ramón, una brillante página. Y no hace falta recomendar la excelente y falsa biografía que le dedicó a Valle Inclán: en este caso, se juntan el hambre con las ganas de comer. El resultado, una estupenda ficción, la de Ramón, y de donde proceden la mayoría de las leyendas urbanas que acompañan, desde entonces, al gran don Ramón del Valle Inclán.

Corpus Barga, Baroja (en algunos libros, en sus memorias, anduvieron enemistados, dicen que su libro de cuentos Vidas sombrías le debe su aquel ala prosa de Silverio Lanza, que fue, al final, más escritor de leyenda, que escritor en sí mismo), Ramón, Azorín (que le trató mucho, le visitó en Getafe y le apreció con esa manera azoriniana de estar en el mundo que tenía Azorín: en Escritores, Biblioteca Nueva, 1956, hay un delicado y hermoso retrato de Silverio Lanza, sin groserías y chascarrillos de huevos fritos o riojas para acompañar la ingesta de chorizo), e incluso Juan Ramón le dedicó uno de sus tiros al plato, perdón, quiero decir, uno de sus perfiles en Españoles de tres mundos (Alianza Tres, 1987), con su prosa juanramoniana y sus licencias académicas: “Así la obra de Silverio Lanza es una tozuda ruina perene y poco vista; más nueva por lo tanto, más inesplorada con novedad así constante de selva de ruina virjen”.


Y en mi acercamiento a Silverio Lanza le debo mucho a Luis Sánchez Granjel, que fue –creo– un médico humanista de Salamanca, que escribió mucho sobre los del 98, e incrustado en ellos, este hombre raro de Getafe. Granjel escribió en el número de 1964 de Papeles de Son Armadans, de Cela, y preparó en 1966, para la Alfaguara de Cela –los dineros eran de Huarte, constructores navarros y mecenas–, iniciando una colección de “Los raros” –no sé si encontraron más–, un pulcro tomito, Obra selecta de Silverio Lanza, con un extenso y tengo yo muy subrayado prólogo. Hace años fueron apareciendo obras sueltas de Silverio Lanza, un escritor menor, raro, y en 1999, la estupenda, curiosa y a veces positivamente caprichosa colección de Obra Fundamental de la Fundación Central Hispano –aquellos primeros tomos eran muy feos, los últimos, Chabás, D´Ors, Foxá, Cunqueiro son excelentes–, editó en dos tomazos las novelas de Lanza con un buen prólogo deJuan Manuel de Prada. En fin, Lanza, raro, sí, olvidado no tanto. Que fueron muchos los que cogían en su tiempo el tren-tranvía a Getafe a visitar esa casa extraña, llena de artilugios y cachivaches, una casa excéntrica, que daría como para volver a hacer otro interminable pizarrín. Y va a ser que no. Ramón la describe.




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