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La línea de sombra

Daniel Tubau

Blavatsky

danieltubau@gmail.com

Después de prometerlo durante varias semanas, ha llegado el momento de hablar de Madame Blavatsky. Quizá antes sea necesario aclarar por qué esta mujer es más conocida como “Señora Blavatsky”, en vez de como Helena Blavatsky.


Blavatsky con Pryse y Mead

No es frecuente que a un pensador o filósofo se le llame Señor o Señora, así con mayúsculas. Podríamos pensar que el título tiene que ver con el carácter místico o religioso de las doctrinas de la mujer que creó la Sociedad Teosófica, porque existe la costumbre de llamar Caballero o Señora a quienes quieren darse cierta importancia y carecen de un título oficial. Entre los masones y los rosacruces es frecuente otorgarse títulos como Caballero Kadosh, Gran Maestre o Sublime Príncipe del Real Secreto. Algunos célebres aventureros adoptaron títulos semejantes, a pesar de ir por libre, como el Caballero D’Eon, un espía travestido del que hasta su muerte no se supo si era hombre o mujer, o el Caballero de Seingalt, el nombre que adoptó Casanova para sus correrías místicas. Otros, más atrevidos o más insensatos, preferían títulos imaginarios como el Conde de Saint Germain o el Conde de Cagliostro.


Un caballero Kadosh

Algo de ello debe haber sin duda en el título de Madame Blavatsky, aunque mi opinión es que la verdadera causa fue el machismo de la época. Un machismo que se asombraba ante el hecho de que una mujer destacase en los territorios reservados a los hombres y que se escondía tras un respeto reverencial envenenado que consistía en situar a las mujeres en lo alto de un pedestal para que se movieran lo menos posible, a riesgo de darse un batacazo. Por ello, se anteponía un Señora, un Señorita, un Lady, un Madame a su nombre, o peor todavía, al nombre de su esposo. Algunos ejemplos: Lady Wilde, para referirse a la activista irlandesa y feminista Jane Francesca Agnes; Lady Gregory, la autora de Cuchulain, la mejor rescritura de las leyendas irlandesas y una obra injustamente menospreciada, probablemente también debido al machismo; o Lady Lovelace, pionera de la Inteligencia Artificial y la robótica, aunque a menudo parece que su mayor mérito era ser “la sobrina de Lord Byron”. Por cierto, que aquí tenemos a un “Señor” (Lord Byron), pero aunque parezca lo mismo, el título de Señor tenía unas connotaciones muy distintas que el de Señora.


Jane Wilde

En cualquier caso, sea cual sea la causa de ese Madame que sólo en las últimas décadas empieza a dejarse de utilizar, Helena Blavatsky (también llamada HPB, por Helena Petrovna Blavatsky) pertenece a una categoría muy interesante, la de los farsantes simpáticos. No es la única categoría a la que pertenece, pues también puede incluírsela en la de las aventureras, en un tiempo en el que la aventura también estaba reservada a los hombres.


Blavatsky junto a KH, Morya y Saint Germain

En esa categoría de farsantes simpáticos, Blavatsky tiene excelentes compañeros, como los ya mencionados Cagliostro, Saint Germain, el Caballero D’Eon, Giacomo Casanova, Arthur Conan Doyle o el más moderno Uri Geller. Probablemente deberíamos añadir también a cualquier fundador de una religión, desde Moisés a Jesucristo, desde Mahoma a Pablo de Tarso, y a todos los grandes aventureros del espiritismo, la magia y la mística, desde Papus a Aleister Crowley, desde Gurdjieff a Jodorowsky.

Pero no es mi intención aquí hablar de las aventuras de Blavatsky en este mundo terrenal o en los mundos del espíritu, tema que da para varios libros, sino tan sólo avanzar en el viaje alrededor de la credulidad que ha ocupado algunas de estas líneas de sombra, en especial en Ergo non demostrandum est, donde intenté definir al “crédulo”, y en No veo lo que veo, donde quise precisar esa definición.


Blavatsky y Olcott

Blavatsky es un excelente ejemplo de credulidad, no sólo por engañar a sus seguidores, como su “compinche” (así se llamaban entre ellos) Olcott, sino también porque nunca ha quedado claro si también se engañaba a sí misma. La capacidad de los farsantes de engañarse a sí mismos es, en efecto, una de las características más destacadas de muchos de ellos, y en otra ocasión espero examinar otro ejemplo asombroso, el de Arthur Conan Doyle. Lo más asombroso es que el propio farsante puede ser consciente de su engaño, pero eso no hace que se tambalee su fe, o al menos eso parece a primera vista. En el caso de Blavatsky, hay muchos ejemplos en su fascinante vida, pero sólo mencionaré uno bastante curioso.


Blavatsky tenía la costumbre de comunicarse con unos entes espirituales, que pertenecían a la Hermandad Secreta (los espíritus siempre pertenecen a organizaciones con mayúsculas), en la que conviven amistosamente personajes como el Señor del Mundo, que procede de Venus y vive en Shambala, Buda, el Mahachohan, Confucio, Francis Bacon, Cagliostro, Moisés, Platón, Manú, el buey Serapis, Maitreya y su ayudante Morya, o el Maestro Koot Hoomi o KH, que era chino, aunque en otra vida fue llamado Pitágoras.


Sinnet

Blavatsky decidió un día que dos de sus colaboradores en la Sociedad Teosófica, A.O.Hume y A.P.Sinnet, podrían comunicarse también con los Maestros Secretos, aunque a través de ella. Hume y Sinnet escribían un mensaje que entregaban a Blavatsky en un sobre cerrado, ella se encerraba en una habitación y aparecía poco después con la respuesta del Maestro, escrita a mano y dentro de otro sobre. A eso se le llamaba “precipitación”, porque se suponía que la respuesta se precipitaba de algún modo en nuestro mundo desde el otro. Sin embargo, Hume y Sinnet empezaban a sentirse descontentos porque el Maestro KH no respondía a sus preguntas metafísicas, sino que se limitaba a decirles que trataran bien a Blavatsky. Finalmente, un día decidieron decirle a uno de los Maestros que preferían hablar con él directamente, en vez de a través de Blavatsky. Pero como cuenta Washington en su divertido libro El mandril de Madame Blavatsky, no tenían más remedio que enviar su solicitud en un sobre cerrado a través de su amiga. Así que Blavatsky entró con el sobre cerrado en otra habitación para entregárselo a los Maestros y recibir su respuesta:

HPB se retiró a su habitación con la carta, supuestamente para tocar el piano mientras precipitaba el sobre en su destino pero, a los pocos minutos, no fue música lo que se oyó desde la otra habitación, sino los gritos de traición que profería HPB después de abrir la carta y leerla.


Blatavsky

Hume dejó de creer en Blavatsky y la llamó “embustera, simuladora, mediocre y charlatana crónica” y abandonó la Sociedad Teosófica, pero Sinnet siguió creyendo que los Maestros existían, logrando compatibilizar esa certeza con la de que su amiga era una embustera, al menos de vez en cuando. Con los años, los trucos de Blavatsky se fueron haciendo cada vez más evidentes y demasiado a menudo eran descubiertos, pero ella se limitaba a responder algunas veces con jactancia, aunque “otras veces confesaba el engaño con un guiño y una risita”. Al fin y al cabo, Blavatsky siempre supo que hay muchas personas necesitadas de creer en algo, en lo que sea, y allí estaba ella para dárselo.

Aunque los farsantes y aventureros del Más Allá no carecen de ingenio y tienen respuesta para todo, lo más asombroso no es eso, pues al fin y al cabo engañar a los demás es el trabajo o arte al que dedican casi todas sus energías, sino la credulidad de quienes los siguen, que son inmunes a cualquier evidencia que ponga en duda su fe. De las maneras de fabricar la fe y la creencia hablaré en otras líneas de sombra, pero la semana que viene contaré el curioso caso de un farsante que confesó sin ambages que lo era: Giacomo Casanova.

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www.danieltubau.com




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