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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Ann Arbor


La primera novela de Yolanda Villaluenga comienza por un tornado que se acerca amenazador a la ciudad americana de Ann Arbor, ubicada en el pasillo de los vientos que desde el noreste bajan hacia Chicago, y donde la protagonista ha llegado en busca de su propia identidad. Es una escritora de viajes de libros que nunca ha viajado a los países que describe, que ha redactado sus trabajos desde la mesa de su despacho en Madrid pertrechada únicamente de la información que le proporciona Internet y otras fuentes que consulta. En un momento dramático de su vida ─acaba de perder a su marido─ se da cuenta que necesita un cambio drástico para tomar perspectiva de su propia existencia y aterriza en esta pequeña ciudad universitaria del medio oeste que los indios Chipewa, Ottava y Potawatomi regalaron a los colonos a cambio de que sus hijos accedieran a la educación occidental. En este lugar y a través de las personas con las que se va relacionando va encontrar el verdadero sentido a lo que ha vivido hasta entonces, y viajará y visitará su pasado para escribir de él sobre el terreno. En ese lugar revisitado y visto con una nueva mirada, se da cuenta que hasta ese momento sólo lo ha transitado a través de las vidas y los ojos de su familia, sus, amigos, sus amantes, o su recientemente, muerto esposo; que ha vivido su vida como ha escrito sobre lugares en los que nunca ha estado, a través de referencias e información externa, y ahora sabe que ha llegado el momento de adentrarse en su propia geografía para conocer sus regiones más recónditas y ocultas.

Ann Arbor (Demipage), como ya he dicho, es una primera novela, pero su autora no es una primeriza en el mundo de la escritura. Excelente periodista y documentalista ─sus trabajos para La 2 de TVE así lo demuestran─ Yolanda VIllalonga trae consigo, adherido a su prosa, de una enorme sencillez y eficacia, todo el bagaje profesional de los años que lleva trabajando en distintos medios de comunicación. Sabe que quiere decir y acierta plenamente en la forma de decirlo. El lector, desde las primeras líneas, queda atrapado en la estela de ese tornado emocional en el que le absorbe la peripecia vital de esta mujer que busca desesperadamente en los otros su propio reflejo con el fin de llegar a conocerse, y tal vez a perdonarse para alcanzar la felicidad.

Secuenciada cinematográficamente en bloques, Ann Arbor no es una novela lineal ─la vida tampoco lo es─ sino quebrada por los saltos del tiempo. En sus capítulos, toda una galería de personajes le sirven de canon a la autora para explicar el desarrollo del estado de ánimo de la protagonista en cada punto de su camino hacia el propio conocimiento. A mí, personalmente, los dedicados al concierto de Etta Jones y el del encuentro con el novelista Richard Ford me parecen ejemplares y me he dado el gusto de releerlos varías veces. También es una novela de preguntas que quedan sin responder, de vidas que no saben cómo afrontar los retos que se le imponen; pero no penséis por ello que se trata de una novela pesimista, muy al contrario hay que entenderla como una aventura  iniciática, donde el paisaje, sea este interior o exterior, viene a ser la misma cosa, y la mayoría de las veces, llega a confundirse. Novela de memorias subjetivas y por tanto manipuladoras que le sirven a la protagonista para paulatinamente ir abocetando y aceptando su auténtica realidad.




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