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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Sevilla tiene un olor especial


Alberto Rodríguez como, a su manera, Enrique Urbizu, construye los espacios fílmicos y la fragmentación de las imágenes en función de la tensión y la violencia, tanto externas como internas. Esto, unido a un montaje ágil y a una aproximación directa a sus criaturas, hace de una película como Grupo 7 un trabajo interesante aunque fallido, saturado de clichés y, no obstante, bien ajustada en sus historias que entrecruza acercando peligrosamente su cine al de las modernas series de televisión.

Rodríguez (7 vírgenes) narra aquí con cierta astucia y precisión la odisea de una cuadrilla de policías encargados de limpiar las calles y las arterias de Sevilla del tráfico de drogas durante la preparación de la faustuosa Expo del año 1992, ofrece como ingredientes fundamentales violencia, corrupción y abusos policiales, traficantes sin escrúpulos, una descripción algo esquemática de los suburbios turbulentos de la ciudad y dos historias de amor que no funcionan por diferentes motivos.

La primera es la historia de amor entre Rafael, un policía amargado (encarnado con intensidad por Antonio de la Torre) enganchado de una joven yonqui y que busca redimir la trágica muerte de su hermano en el pasado.

La segunda, menos lograda y dada en pequeños esbozos, es la del inspector Ángel (imposible Mario Casas, de nuevo luciendo inexpresividad), que pasa de ser un novato a convertirse en un hombre duro y sin miramientos, lo que también afecta a su vida matrimonial.

Entregados a su trabajo con una extraña mezcla de tesón y sadismo, los integrantes del Grupo 7 forman una cuadrilla de hombres machistas, racistas, violentos, codiciosos, homófobos y resentidos que llegaron a erigirse en más que discutibles héroes de una conmemoración.

Un aperitivo




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