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La línea de sombra

Daniel Tubau

No veo lo que veo

danieltubau@gmail.com


“Credulidad, fanatismo y superstición” (William Hogarth)

Mi intención esta semana era hablar de Madame Blavatsky, algo que vengo prometiendo desde hace varias líneas de sombra, aunque no sé si atreverme, puesto que una lectora me ha amenazado con dejar de leer mis artículos si hablo de Blavatsky. No estoy seguro de si la amenaza se debe a que sospecha que hablaré bien o que hablaré mal, o más bien a que no se debe hablar ni bien ni mal de Blavatsky. Por si acaso, hoy dedicaré esta cita semanal con mis lectores divertinos a aclarar y precisar algunas dudas que puede haber suscitado mi último artículo, que, además, ha molestado a una lectora a la que tenía (y sigo teniendo) especial aprecio.

Cuando en Ergo non demonstrandum est quise definir la naturaleza de los “crédulos”, es posible que algunos lectores no entendiesen que mi intención no era decir que quien creyese en “esto” o en “aquello” era un crédulo. Me temo que no supe explicar con claridad que no es el contenido concreto de su creencia lo que convierte a alguien en crédulo, sino la forma en la que cree. No basta con creer en la acupuntura o en la homeopatía para convertirse uno en crédulo, sino que además ha de hacerlo de una manera acrítica, irrazonable e irrazonada. Pero es perfectamente posible creer en las virtudes (ya sean reales o supuestas) de la homeopatía y la acupuntura sin convertirse inevitablemente en un crédulo.

Antes de proseguir, quizá sea necesario señalar que el uso de la palabra “creer” da pie a muchas ambigüedades. A algunos lectores les parecerá que “creer” y “credulidad” son sinónimos, pero a mí me parece que existen algunas diferencias importantes entre un “creyente” y un “crédulo”. Digamos, de manera simplista y apresurada, que el crédulo es un creyente llevado al extremo. Otras personas, sin embargo, pensarán que “creer” es equivalente a “opinar” o “pensar” y parece innegable que en ciertos contextos lo es, como cuando decimos: “Creo que son las cinco de la tarde”, lo que no debe hacernos pensar que quien lo dice pertenece a una secta radical capaz de retirar la palabra o asesinar a quien se atreva a discutir que sean o no las cinco de la tarde.

A pesar de que creo que “crédulo” es una palabra con un significado bastante claro, tanto por el consenso social y el uso cotidiano como para los expertos y académicos de la lengua, pondré un ejemplo acerca de lo flotantes y cambiantes que pueden llegar a ser palabras como “crédulo” e “incrédulo” según el sentido y el contexto en los que se empleen. Se da la paradoja de que incluso un incrédulo de profesión, o alguien que presume de serlo, puede comportarse como el mayor de los crédulos, como muestra una anécdota relacionada con Galileo y su telescopio.


Cesare Cremonini

El aristotélico Cesare Cremonini, que se negaba a mirar por el telescopio de Galileo, era un incrédulo en las teorías galileanas y copernicanas y no podía creer que la tierra girase en torno al Sol, o que la Luna, las estrellas o los planetas fueran tan imperfectos como la Tierra que habitamos. Pero no era esa creencia lo que convertía a ese incrédulo aristotélico en “crédulo”, ya que en aquella época estaba lejos de resultar evidente que Copérnico tuviera razón y que la Tierra girase alrededor del Sol y no al contrario. Como han mostrado los historiadores de la ciencia en algunos libros fascinantes, el modelo planetario de Copérnico era tan o más enrevesado que el aristotélico-tolemaico que se aceptaba entonces. Además, las teorías de Galileo y Copérnico tenían que hacer frente a importantes lagunas explicativas. En consecuencia, cualquiera que mostrara su incredulidad ante las proposiciones de Galileo no se comportaba de manera necesariamente irracional ni irrazonable, porque había buenas razones para creer (o aceptar si se prefiere) el cosmos heliocéntrico o el geocéntrico. Ahora bien, cuando Galileo propuso a sus detractores mirar a través del telescopio hacia la Luna, no lo hacía con la intención de demostrar que el sistema copernicano o heliocéntrico era el correcto, sino tan sólo refutar la teoría aristotélica que afirmaba que el mundo supraceleste era perfecto. Gracias al telescopio se podía ver que la Luna no era una esfera cristalina y pulida; Se podía descubrir que esas sombras que los ingleses, los aztecas y los chinos llaman “el conejo de la Luna” no eran vapores ni manchas en el cielo, sino cráteres y montañas sobre la superficie lunar.


El conejo de la luna... y el conejo de la luna chino

Cuando el incrédulo Cremonini se negaba a mirar por el telescopio, o cuando otros más atrevidos que él miraban y decían que esas imperfecciones no estaban en la Luna sino en el cristal del telescopio, entonces, en su incredulidad, actuaban como el crédulo que es inmune tanto al razonamiento como a la experiencia, porque desea seguir creyendo lo que cree, aunque eso le convierta en un ciego intelectual.


Galileo

El crédulo incrédulo Cremonini, empleando lo que Carlos Solís llama una “lógica en cierto modo borgeana”, llegó a declarar que nunca había mirado por el telescopio y que además le daba dolor de cabeza hacerlo, así que intentaría mantenerse siempre alejado de ese maldito tubo. En una carta a Cristina de Lorena, Galileo explicaba este tipo de credulidad incrédula:

A los profesores de astronomía se les manda que se prevengan contra las observaciones y demostraciones; se les manda que no vean lo que ellos ven y que no entiendan lo que ellos entienden, sino que cuando investigan encuentren lo contrario de aquello que tienen entre manos.

Espero que, tras la anécdota galileana anterior, sí haya quedado un poco más claro a qué me refiero cuando hablo de los crédulos y que ahora, ya sin excusas, pueda cumplir por fin mi promesa de hablar de Madame Blavatsky y de su interesante y compleja relación con la credulidad. Pero eso sucederá la semana que viene.

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