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El pizarrín

Javier Goñi

Mis audiencias reales


Déjenme que les cuente que el otro día en Alcalá no estábamos ni el Rey ni yo; déjenme que les cuente que el otro día en el Palacio Real no estábamos ni el Rey ni yo. Pero hubo un tiempo, sí, en que coincidíamos, en Palacio, en Zarzuela, en el Pardo con siniestro fantasma incluido, el Rey y yo, y los demás. Y uno se quedó el otro viernes, este lunes, solo, sin ser invitado, es cierto, hace mucho que uno se cayó de las listas, leyendo al viejo Nicanor Parra, que tampoco vino, leyendo y subrayando de sus Antipoemas, esa vieja edición, perfectamente conservada, de Seix Barral, que le acompaña a uno desde por lo menos el 28 de octubre de 1974, que es cuando uno fechó y firmó el libro adquirido. Exlibris, entonces, uno no gastaba.


Leo casualmente al poeta José Carlos Cataño; bueno es poeta porque es la marca de vacuna que mejor se conserva, y no hace feo mostrarla, porque Cataño es también narrador y diarista, y autor de estas breves y jugosas entradas a los libros y a las vidas, enredadas unos y otras, que aparecen reunidas en De rastros y encantes, y que publicó hace unos meses la Universidad de Sevilla, y del que no hubiera tenido noticia si no fuera porque Alfonso Meléndez, tipógrafo del libro y amigo, me lo envió. Y picoteé en su interior, aquí, allá, sin orden, sin voluntad de acabarlo, por conservarlo sin prisa. Y me encontré, el otro día, con esta entrada, Los críticos también usan exlibris, y el poeta Cataño, canario, se pregunta en voz alta, que es lo mismo que escribir libros, a los que uno accede por casualidad, “para qué, alguien que escribe reseñas, estampa sus exlibris en una novela de la que luego se desprende? ¿Tan mal están pagando las colaboraciones en el diario local? ¿A la crítica se le ha quedado pequeño el apartamento? ¿Habrá cambiado de vida, esto, sentimental? Sabemos que el periódico navega a medio gas y con huelga de brazos caídos encubierta, ¿pero es razón  suficiente para desembarazarse por cuatro perras de libros marcados?  Los reseñistas, los críticos, se desprenden del alud de novedades que reciben, y es higiénico que lo hagan después de escribir la cuartilla correspondiente. Eso si tienen sentido  de la higiene. Pero ¿estampar un exlibris?”.


Hasta aquí Cataño, que se debió encontrar un libro con exlibris de un reseñista reconocible en uno de los encantes que frecuenta en Barcelona o allí donde viaje, que al fin y al cabo este libro lo auspicia la Asociación sevillana de “Amigos del Libro Antiguo”. Uno también hace años se encontró en la madrileña Cuesta de Moyano, a caballo entre un rastro y un encante, un buen montón de libros –polvo, sí, pero enamorado-, que pertenecieron en vida a Antonio Iglesias Laguna, un crítico temible en los años sesenta, muy conservador y muy religioso, pero que pastoreaba desde el púlpito de La Estafeta Literaria y otras publicaciones de época, como ABC y así. Temible, antipático, olvidado,  crítico literario y censor de libros –se daba entonces, era el pluriempleísmo-, Antonio Iglesias Laguna acabó, como otros críticos, escribiendo una novela, un tocho de tropecientos mil páginas, que brotaba desde lo más hondo de su alma atormentada, Ser hombre se llamaba. Al fin y al cabo, lo de escribir ficción de los críticos, es algo que subrayo este lunes pasado, Día del Libro, en la terraza a pie de calle del Círculo de Bellas Artes, viéndolos pasar, libros y escritores, en el recién aparecido número de Eñe, que está dedicado a Viva México, y de su interior me quedo con esta frase del mexicano Guillermo Fadanelli: “los críticos son verdaderos escritores y dudo que requieran de los novelistas como objeto de estudio para sobrevivir: ellos inventan sus propias historias sin necesidad de nosotros”.


Antonio Iglesias Laguna, un crítico con el que uno, joven(císimo)  entonces,  no comulgaba –literalmente- vivió su propia historia: a la hora de ese cansino atardecer  de la vida que se va consumiendo con las rutinas propias se enamoró de un prometedor amanecer, cuyos rayos de sol primeros no sé si le llegaron a entibiar el ánimo. Lo cierto es que un día, al acabarse la tarde, supongo, se dejó caer por el hueco de la escalera de su casa, abatido por la imposibilidad de obtener lo que no le tenían dispuesto los dioses: el amor de esa joven de la que se había enamorado. Como en el célebre lamento de uno de los dramas shakesperianos, a los críticos, si se les pincha, sangran.  Muchos años después, me encontré en Moyano libros de Antonio Iglesias Laguna, con sus subrayados, con sus anotaciones –frases como ciempiés de tamaño de hormiga-, su trabajo de campo, sus reseñas. No recuerdo, amigo Cataño, si aquellos libros se distinguían dentro del barullo amontonado de las tablas de Moyano con un exlibris, pienso que no, pero estaban subrayados, anotados, firmados. La familia, supongo, se habría desprendido de ellos, sic transit gloria swanson.

De Nicanor Parra, ese poeta chileno que tiene todos los años del mundo, y que mandó a la Corte a su nieto, Tololo, a que le representase en esa anticeremonia de Alcalá del otro lunes, tengo subrayado de aquella vieja, entrañable y bien conservada edición de sus Antipoemas, estos dos versos, “la olvidé sin quererlo, lentamente, / como todas las cosas de la vida”, y del libro, cuando lo hojeo, este lunes pasado, se cae, planeando, una tarjeta verdosa de un bar restaurant Los Faroles, 78 Rue J.-P. Timbaud, Paris-XIe, ouvert toute la nuit. Fermé le mardí, un bar restaurant  del que no recuerdo haber estado ahí nunca, o sí, no sé, aquí está la tarjeta, y me sacudo las cosas olvidadas, me desprendo de su olvido, fuese quien fuese ella –sería ella-, y me refugio en este otro antipoema de Parra con el que más comulgo en esta hora crepuscular con la que uno se arropa: es ese antipoema que comienza, “este gato se está poniendo viejo”, y sigue, versos más abajo, “ahora se lo pasa/ acurrucado cerca del brasero”, y más abajo, “el mundo pasa sin pena ni gloria/ a través de sus ojos entornados”, y en otro verso esa palabra enhebrada con hilo de oro, “tiempotranscurrido”. Todo seguido.

Y sí, uno se entera, al otro día por la prensa, de que la sensación, la otra mañana en Alcalá, donde no estuvieron el Rey, por sus imprevistos, ni Nicanor Parra, el poeta que tiene todos los años del mundo, fue nuestra admirada –por los gatos de cierta edad- Patti Smith, “traje de chaqueta negro, corbata oscura y camisa blanca”, le leo a Amelia Castilla en El País, que parece que sale con un crítico literario español. Al parecer se conocieron –me lo contaron el pasado fin de semana en Soria donde el jurado de la Asociación Española de Críticos Literarios falló un año más, y fallamos bien, muy bien, puedo atestiguarlo y sentirme orgulloso de haber contribuido a ello: Ignacio Martínez de Pisón, en narrativa, y Tomás Segovia, en poesía; este último premio póstumo, pues Segovia falleció unos pocos meses después de publicar Estuario, su último libro, de significativo título, estuario, donde se derrama al mar del olvido el río de la vida-; al parecer se conocieron en una presentación en N.Y., acaso, de un libro de Roberto Bolaño, del que este crítico literario es o fue albacea e impulsor, como ahora lo es, como editor y amigo, de Nicanor Parra. El impulsor, editor y amigo es Ignacio Echevarría. Y Patti Smith, un icono de nuestro tiempo. Me contaron también que se les vio juntos en una manifestación reciente. Esto me contaron este fin de semana, en Soria, donde algunos críticos posaron junto al cabezón de don Antonio Machado y otros, y los mismos, visitaron la tumba de Leonor, la niña-mujer de pulmones averiados, depositaron un ramo de flores y se leyó un poema. El viernes pasado en Soria llovía a ratos.


Junto al cabezón de don Antonio Machado...


... en la tumba de Leonor.


En el autobús en el que nos trasladaban de un sitio para otro hojeé con gusto el libro de Jack Green, seudónimo, ¡Despidan a esos desgraciados!, editado por Alpha Decay. Esos desgraciados son, evidentemente, los críticos literarios, y el libro recoge, de forma enrabietada y apasionadamente, las reseñas que la prensa literaria norteamericana dedicó a la primera novela, Los reconocimientos, de William Gaddis. Se publicó en 1955 y treinta años después la editó, entre nosotros, Alfaguara, la Alfaguara inicial, la de las sobrias portadas de Enric Satué, un monumento de la Jack Green, seudónimo, un iluminado y un seguidor a ultranza de Gaddis  se esforzó en reunir en este curioso libro todas las críticas aparecidas, que no supieron ver las excelencias de esta monumental novela, que la editorial Sexto Piso va a volver a publicar próximamente, con una nueva traducción. Habrá que verlo. Para Green,  Los reconocimientos, de Gaddis fue a su generación lo que Ulises fue para la generación de Gaddis. Y Green tras analizar todas las reseñas que consiguió reunir (dos no se habían leído el libro; uno la pifió siete veces, otros distintas veces; uno la reseñó copiando  el texto de la faja del libro y apoyándose en otra reseña; a otro le pareció soez y repugnante y recomendó al autor que se “lavara la boca con lejía”; la mayoría eran incompetentes), llegaba, pues, a la conclusión de que eran incapaces “de reconocer la grandeza de esta obra”  y recomendaba que despidieran a esos desgraciados, a los críticos literarios en pelotón.


El libro de Green me ha forzado a desempolvar –literalmente- un librito de Constantino Bértolo, que fue crítico y es ahora editor, y que preparó en 1990 para Ediciones B una suerte de escogida antología del disparate, los disparates que se han escrito, por parte de la crítica o por otros mismos escritores, sobre libros y autores que están hoy en el canon o en el balconcillo del reconocimiento internacional, por muy caprichoso y voluble que éste sea, y lo es. El libro se titulaba El ojo crítico. Hojear este libro es añorar una arcadia en la que un crítico –o mejor, un compañero de letras- arremetía contra su semejante, o contra la obra propiciada, con contundentes palabras, que ya no se suelen ver por los papeles mojados de la crítica actual. Qué lanzada tan conseguida la de Ortega y Gasset contra Paul Valéry: “Último mandarín de las letras francesas, auténtico intelectual, pero de corto resuello, nada popular, manierista, con un exiguo caudal de cosas que decir y, como toda mente pobre, obligado para ser a retorcerse”. En fin.

Sí, en fin, la otra tarde del Día del Libro uno se puso melancólico –estado de ánimo que cura los desarreglos del alma como las antiguas sanguijuelas sanaban los cuerpos- recordando viejas audiencias reales, mis audiencias reales. Aquella vez, mediados de los años ochenta, cuando nos recibieron en Zarzuela, en una carpa blanca e inmensa e hicimos el primer besamanos, en silencio, y uno de torpe aliño protocolario que iba delante le saludó al joven príncipe –el hombre que tuvo que aguantar el lunes a la tuna de Alcalá: uno es pro abolicionista, pero lo mantendría, el garrote vil, para aplicación únicamente de los tunos de cualquier facultad, edad y condición; debo reconocer que en mi segundo año universitario un tuno me levantó una novia de ese curso; dolió, sí, dolió-, le saludó, al joven príncipe, con un inapropiado “qué tal”. Qué sabíamos nadie de nada, recién venidos del 23-F. Aquel 23 de abril, la Reina iba de grupo en grupo sin soltar del brazo a la infanta Elena que sonreía un poco ensimismada. Otro año, mediados años noventa, la recepción de escritores –a la que dejaban colarse a los críticos literarios-, fue en El Pardo y eso fue una experiencia mágica, con caras de Bélmez, voces de ultratumba, fantasmas que arrastraban cadenas y todos, plebeyos que acudíamos a cumplimentar a nuestro Rey Juan Carlos, no hacíamos más que pisar alfombras, examinar tapices y asomarnos a las ventanas, solo un instante esto último, no fuera a aparecerse detrás el fantasma del Caudillo con aflautada voz de Juan Echanove o de Juan Diego. En tiempos, la bordaron. Luego ya las recepciones fueron en el Palacio Real y durante unos años cogimos un poco de aplomo, subiendo aquella escalera principal, tras haber pasado el control de seguridad a pie de la misma. Revisaban la lista y te miraban a los ojos. Siempre me acuerdo de esa escena de uno de los “patrimonio nacional”, de Berlanga, cuando el marqués de Leguineche, inolvidable Luis Escobar, va en anacrónico coche de caballos y al pasar por delante del Palacio Real se detiene el coche a la altura de una furgoneta de antidisturbios, con toda la impedimenta puesta, y el marqués se vuelve a su sobrino, José Luis de Villalonga, y le dice, “a qué acojonan, ¿eh?”. Pues lo mismo. Ah, aquellas audiencias reales. Mis audiencias reales.




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