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La línea de sombra

Daniel Tubau

Ergo non demonstrandum est

danieltubau@gmail.com


En varias ocasiones me he referido en estas líneas de sombra a la capacidad asombrosa que tenemos los seres humanos para autoengañarnos. Aunque la semana pasada hablé de la política (La ceguera voluntaria), el arte del autoengaño se aplica en todos los terrenos de la vida. En las relaciones de pareja el uso de la mentira llega a unos extremos de sutileza admirables, pero no me refiero al engaño de los infieles, sino al autoengaño de los fieles, mucho más elaborado y sutil. A este asunto he dedicado todo un libro, aunque breve y ligero, Elogio de la infidelidad, y supongo que hablaré de ello en alguno de estos artículos divertinos.

También hay ceguera voluntaria en la familia, en la amistad y, por supuesto, en el amor. Pero aquí me interesa el autoengaño por definición, el que padecen los crédulos.

Facebook

Los crédulos eran hasta hace poco una minoría más o menos extravagante, o al menos una mayoría silenciosa, pero en el siglo 21 parecen haberse convertido en una mayoría ruidosa, multiplicados por el fenómeno de Internet y las redes sociales como Facebook.


El crédulo es la persona especializada en creer lo increíble. Basta con que algo no sea aceptado por la ciencia para que al crédulo le parezca que está demostrado. Acupuntura, homeopatía, horóscopo y astrología (¡en el siglo 21!), dietas milagro, todo tipo de filosofías orientales convertidas en productos del supermercado espiritual occidental, tarot, extraterrestres que nos abducen o preparan la invasión, conspiraciones de la familia Rockefeller y del Club Bilderberg para eliminar a un tercio de la humanidad; el creacionismo que niega la evolución, la meditación trascendental o la fuerza del deseo para conseguir cualquier cosa; los eneagramas, los biorritmos, todo es cierto, todo vale siempre y cuando no este demostrado. Se invierte así el método que tanto tiempo y esfuerzo costó establecer tras largos siglos de credulidad y superstición y se vuelve a decir: “Si no está demostrado, entonces es cierto”, o como decía el Padre de la Iglesia y luego hereje Tertuliano: “Creo porque es absurdo”.


El lector no debe pensar que soy un fundamentalista de la ciencia o que creo saber lo que es demostrable y lo que no lo es. Pienso que algunas de esas teorías más o menos extravagantes quizá sea correcta. Tal vez la acupuntura acabe demostrando su eficacia, aunque todavía no ha logrado hacerlo en ningún estudio con garantías científicas, y recientes investigaciones parecen mostrar que la meditación, cualquier meditación, puede llegar a ser muy beneficiosa. Pero lo que llama la atención del crédulo profesional no es que crea en cosas raras, porque a veces las cosas raras resultan ser ciertas, como que la tierra es redonda y gira en torno al sol. Lo que llama la atención es el carácter particular de la credulidad, la manera en la que se ejerce. Uno no es crédulo por aquello en lo que cree, sino por la manera en la que lo cree.

Los rasgos fundamentales del crédulo son su carácter acrítico, su ardor de acólito, su inmunidad a cualquier razonamiento que ponga en cuestión sus creencias más queridas. Eso le lleva a pensar que quienes no comparten o niegan sus ideas son ciegos (¡gran estratagema del ciego que acusa a los demás de serlo!), o que obedecen a extraños intereses: de las farmacéuticas, de los estados, de la ciencia, del “sistema”. Los crédulos también se sienten en cierto modo elegidos, precursores, pioneros de una verdad que al final se hará evidente también para los pobres desdichados que ahora se niegan a aceptarla. Esta credulidad se puede aplicar a cualquier terreno, ya sea la credulidad de un seguidor de Hitler o de cualquier político que promete soluciones y recompensas fáciles, de un maestro iluminado o de una empresa como Apple. Como se quiere creer contra viento y marea, todos los medios son buenos y se pueden emplear al derecho o al revés, según convenga.


Un ejemplo es el uso que se hace de la ciencia. Por un lado, se confiere a muchas de estas creencias un aspecto cientifista, un barniz de experimento y rigor, incluso se inventan aparatos que sirven para ionizar el ambiente espiritual, o se recetan comprimidos hechos de “nada” que se distribuyen como los médicos de cabecera repartían sus medicinas a los jubilados (antes de los últimos recortes a la sanidad pública), aunque, eso sí, a precio de oro. Resulta, por cierto, difícil entender por qué los medicamentos homeopáticos, que están compuestos de una parte indetectable de principio activo son tan caros. Lo razonable sería repartirlos gratis o que cada cual se los fabricase en casa por litros o galones, ya que basta con una partícula de principio activo para lograr miles de litros de agua homeopática. También se recurre a universidades de Estados Unidos de las que nunca antes habíamos oído hablar en las que “se ha demostrado” que las ondas omega o kappa (ondas que tampoco conocíamos) se incrementan tras una sesión de Reiki.

Sin embargo, cuando la ciencia decide investigar estos fenómenos y descubre que no sucede nada de lo que los crédulos proclaman, entonces se acusa a la ciencia de no aceptar lo que choca con sus principios establecidos y de inmovilismo. Una acusación que demuestra que los crédulos han leído poco acerca de la historia de la ciencia y que no saben que en el siglo 20 la Física sufrió, en apenas veinte años, dos revoluciones que le obligaron a cambiar gran parte de sus postulados: la teoría relativista y la mecánica cuántica. También ignoran, o fingen ignorar, que la ciencia, con todos sus errores y defectos, a pesar de las ambiciones y engaños que se dan en ella, como en cualquier disciplina artística o científica, está dispuesta y preparada para reescribirse si los datos, la observación, el experimento o sencillamente una teoría más coherente y completa así lo recomiendan.


Trabajando en el CERN

Un ejemplo de esta apertura al cambio lo tuvimos cuando hace unos meses unos científicos italianos presentaron en el CERN, pero en directo para todo el mundo a través de Internet, los datos obtenidos en su laboratorio, que parecían mostrar que los neutrinos viajaban más rápido que la luz. Si tal cosa se confirmara, habría que reescribir todas las leyes de la física que ahora manejamos. Los investigadores escucharon con respeto el argumento de sus colegas italianos, a pesar de lo insólito y a primera vista improbable de lo que proponían, y después se dedicaron a buscar los puntos fuertes y débiles del experimento. Finalmente, se concluyó que se había producido un error en las mediciones y que los neutrinos no viajan más rápido que la luz. O para ser más precisos, lo que se concluyó es que el experimento italiano no demostraba tal cosa. Tal vez en el futuro alguien logre demostrarlo. O tal vez no. La ciencia no se ocupa de la verdad absoluta, sino de la que puede ser sometida a examen.

La diferencia entre los crédulos profesionales (entre los que, como es obvio, también hay gente estupenda), y las personas que razonan, escuchan, aprenden, investigan, observan, se equivocan y rectifican, pero que no se convierten en ciegos voluntarios, no consiste en la rareza de la creencia, sino en su negativa a proponer y aceptar situaciones investigables, en el rechazo a recoger de manera fiable y contrastar sus datos, y en la construcción de defensas dialécticas que convierten su creencia en inmune a cualquier argumento imaginable que pueda ponerla en cuestión.

La semana pasada me referí a Arthur Koestler, que luchó contra Franco, contra Hitler y, ya fuera de los campos de batalla, contra Stalin y sus antiguos camaradas. A pesar de que puso en peligro su vida llevado por su creencia de que había que luchar contra las dictaduras, su entusiasmo no le impidió darse cuenta de todas las mentiras de sus crédulos compañeros de viaje, que incluso denunció en varios de sus libros. En los últimos años de su vida, sin embargo, se convirtió en algo parecido a un crédulo en lo paranormal, aunque al menos intentó someter sus creencias a prueba. De su caso y de la curiosa circunstancia de que la persona más fácil de engañar es un científico, hablaré la semana que viene. Y cómo decían dos célebres cómicos semana tras semana: “¡Hablaré de Madame Blavatsky!”

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www.danieltubau.com




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