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Errata

Evaristo Aguirre

De espadas y combates

Me puse a ver aquello sin ninguna convicción, pues los libros y las películas de espadas y dragones y anillos y toda esa parafernalia no me gustan nada. Apenas sabía que la serie estaba basada en unas novelas, pero transcurridos unos minutos de Juego de tronos ya estaba metido hasta el cuello en esa historia. Me tragué los diez episodios de la primera temporada en un par de sentadas; y luego a esperar la segunda entrega, como tantísimas otras personas, entrega que ya está a punto de llegar por estos lares.

En un mundo que se parece a la Edad media, los señores de varios territorios, de diferentes familias, se enfrentan en una lucha de poder que es tan vieja como el mundo y que, con variaciones en las armas y un poco en las formas, pero muy poco, se ha repetido una y otra vez hasta la actualidad. Desde los duros del norte hasta los salvajes del otro lado del mar o los decadentes del centro del reino, los tipos humanos que muestra esta historia tienen su evidente reflejo a nuestro alrededor, sus comportamientos nos resultan taaaaan reconocibles.


Juego de tronos es una historia de ambiciones políticas, lo que puede que sea redundante, pues no hay política sin ambición, para lo bueno y, sobre todo, para lo malo. Pero también hay unas peleas tremebundas, unos espadazos de aquí te espero, mucha sangre y mucha violencia. Hay tanta espada y tanta violencia como en el Cantar de Valtario, un texto medieval (debió escribirse en los siglos IX o X) que cuenta la peripecia de Valtario de Aquitania y que ha reeditado ahora la editorial Rey Lear, con una traducción de Luis Alberto de Cuenca que le valió el Premio Nacional en 1987.

A Valtario le entregó su padre, rey de Aquitania, a los hunos como rehén para lograr la paz frente al temible Atila, con quien se criará el joven hasta convertirse en un invencible guerrero, favorito del caudillo huno. Pero la fuerza de la sangre y de los orígenes es tan fuerte que Valtario traiciona y huye, cargado de tesoros, junto a otro rehén, la doncella Hildegunda, para regresar a su tierra. En el camino, al atravesar territorio franco, el guerrero se enfrenta él solo a los hombres del rey Guntario, en una batalla en la que se cortan más brazos y cabezas que en la más truculenta película gore.

El breve relato tiene una fuerza enorme, un estupendo ritmo y una economía de recursos narrativos que lo acerca más a una fábula contemporánea que a la idea que yo tengo de una narración medieval.

Su autor pudo ser un monje llamado Ekkehard I de San Gall, un monasterio de Suiza, que vivió entre los años 900 y 973, o quizá otra persona, ya se sabe que lo de los derechos de autor en aquellos tiempos no tenía ninguna importancia...

@EvaristoAguirre

eaguirre@divertinajes.com




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