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La línea de sombra

Daniel Tubau

La ceguera voluntaria

danieltubau@gmail.com


José Saramago

José Saramago escribió un libro entero sobre la ceguera. Era una metáfora acerca de cómo no vemos lo que no queremos ver, de cómo somos inmunes a todo aquello que pone en cuestión nuestros principios. Algo parecido al punto ciego del que hablé en otra línea de sombra (El punto ciego).

Aunque la novela de Saramago quizá no iba mucho más allá de lo obvio, la metáfora a la que me he referido estaba explicada con mucha claridad. Sin embargo, al observar los comentarios que se han hecho y algunas recensiones críticas, sospecho que la mayoría de los lectores ha usado la novela para lo contrario de lo que Saramago pretendía: no para ver más, sino para ver menos. Sospecho, en definitiva, que muchos han leído Ensayo sobre la ceguera y han exclamado: “¡Qué ciega es la gente!”, y no: “¡Qué ciego soy!”


Fidel Castro

Saramago, conocido por su defensa del ateísmo y por su cercanía al comunismo (él mismo se consideraba “comunista libertario”), tuvo la valentía en un momento de su vida de mirar y ver, de no ser ciego y aplicarse su propia lección, cuando se atrevió a criticar a Fidel Castro en un artículo que se hizo célebre: “Hasta aquí hemos llegado” (El País, abril de 2003), donde decía a propósito de la pena de muerte aplicada a tres secuestradores:

Ahora llegan los fusilamientos. Secuestrar un barco o un avión es crimen severamente punible en cualquier país del mundo, pero no se condena a muerte a los secuestradores, sobre todo teniendo en cuenta que no hubo víctimas. Cuba no ha ganado ninguna heroica batalla fusilando a esos tres hombres, pero sí ha perdido mi confianza, ha dañado mis esperanzas, ha defraudado mis ilusiones. Hasta aquí he llegado.

No es frecuente que alguien sea capaz de enfrentarse a los suyos y demuestra verdadero valor hacerlo, mucho más que el enfrentarse a los enemigos, lo que resulta casi siempre sencillo y gratificante, excepto si uno es soldado en una guerra. Yo pasé por la experiencia de Saramago cuando escribí un artículo similar, “Fidel Castro y los nostálgicos” (El Independiente, septiembre de 1991). A partir de la publicación de ese artículo, se acabó de manera misteriosa mi colaboración con el periódico. Nadie me hizo ningún reproche, pero ya no me solicitaron más artículos, algo que hasta entonces habían hecho de manera regular.

Supongo que muchos lectores que hasta entonces me habían leído con placer porque me consideraban uno de los suyos, a partir de ese momento aprovecharon para ajustarse un poco mejor la venda que les permitía seguir siendo ciegos, algo que supongo le sucedió también a Saramago con su propios seguidores. Si sé que algún amigo común confesó a mi madre su sorpresa porque yo me “hubiera vuelto de derechas”.
Me gustaría creer, sin embargo, que mi artículo pudo ayudar a algunos lectores a que miraran con un poco más de atención. Al fin y al cabo, cuando fui articulista de El Independiente, siempre intenté no limitarme a expresar mis opiniones ni a escribir buscando el aplauso fácil de la claque, sino convencer a los no convencidos. Quizá algún lector me concedió el beneficio de la duda y descubrió que el artículo era coherente con lo que yo había defendido en colaboraciones anteriores, o con lo que siempre, con mayor o menor acierto, he querido denunciar: el abuso, la injusticia, la pena de muerte o la violación de los derechos humanos. También me gusta fabular con la idea de que alguno de esos lectores que empezaron a mirar con más atención tras leerme, acabaron por curarse de la ceguera cuando descubrieron que también Saramago se atrevía a mirar hacia allí y contar lo que había visto.


Arthur Koestler

Ahora bien, no es mi intención caer en el narcisismo del profeta incomprendido ni referirme aquí a la dictadura cubana o a cualquier otro ejemplo concreto, así que espero que el lector mire al lugar al que señalo y no al dedo que señala. Y ese lugar es la ceguera voluntaria, que nos impide ver lo que tenemos delante. Si hablo a menudo de ciegos que pertenecen al espectro izquierdista es porque convivo y he convivido más con ellos que con quienes pertenecen al espectro derechista, pero ciegos hay en todos lados.


Arthur Koestler, que luchó en la guerra civil española en el bando republicano e incluso estuvo en la cárcel a la espera de ser fusilado, conoció también la Unión Soviética de Stalin y acabó alejándose de los comunistas y contando su experiencia en un libro legendario, El cero y el infinito (Darkness at noon). En él explicaba que durante su etapa comunista el adoctrinamiento no difería en nada del de sectas y organizaciones religiosas como los jesuitas: aunque a la mayoría de los fieles se les recomendaba no leer ciertos libros, a los que se consideraba especialmente inteligentes sí que se les permitía. Incluso les hacían conocer en detalle los argumentos de los “enemigos”, para que estuviesen preparados y los rechazaran en cualquier circunstancia, incluso aunque fueran verdaderos. Precisamente, el libro de Koestler fue rechazado, del modo que él mismo denunciaba, por muchos antiguos camaradas comunistas, como Dalton Trumbo, que presumía de haber impedido que se hiciera una adaptación en Hollywood. Aunque esos lectores selectos tenían acceso a la verdad, e incluso saber que aquello era verdad, sin embargo se mantenían firmes en su defensa ciega del estalinismo. Es un comportamiento que recuerda no sólo el de organizaciones religiosas como los jesuitas, el Opus Dei, la cienciología o el islamismo fundamentalista, sino también el de personajes como Madame Blavatsky, una de las principales creadoras de la Teosofía, de la que hablaré en próximas líneas de sombra.

Visita la página web del autor:
www.danieltubau.com




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