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El pizarrín

Javier Goñi

El llanto de los boxeadores


Mina Loy

Déjenme que les hable de un poeta boxeador, que se enamoró de Mina Loy, que se desorientó en el Golfo de México y casi cien años después su cadáver sigue sin aparecer –no hay noticias de que se le busque–. Déjenme que les hable de un escritor, ávido de vida, que se murió en mitad de su talento, sin agotarlo, al que le gustaban los oficios broncos, el seguir de pobres, y que escribió, en este ring de piel de toro, algunas de las más hermosas palabras sobre los boxeadores, esos galeotes de suerte efímera. Déjenme que les hable, sin más excusa que el de ser lector con ansiedades, del llanto de los boxeadores.


Cravan

Me seduce el título, El llanto de los boxeadores: no hay ninguno, ningún boxeador, en este breve, hermosísimo, poemario, donde las palabras respiran aprisionadas por tanto espacio en blanco, el que desparraman generosos los poetas; no hay ninguno, digo, o lo son todos, lo somos, boxeadores, noqueados o no, y atrapo un par de versos, qué lejos la apuesta/ de lo que íbamos a ser, y respiro con mascarilla con estas otras preguntas sin respuestas, Qué fue/ de los licores/ ¿qué fue de ti/ Cuál es mi nombre ahora?


Cravan visto por Picabia

Sin conocernos personalmente, somos amigos porque nos leemos, quiero creer, Fernando Sanmartín, que tú también, tú a mí, como yo a ti, amigo, paisano, aragonés, autor de breves poemas –lo justo–, de dietarios que no se alargan, de experiencias de viajes que no agotan; tú, Fernando Sanmartín, que me enviaste el otro día, la otra semana, el otro mes, este librito, El llanto de los boxeadores, y de su dedicatoria, este fragmento que hago público, …desde la creencia de que un poema aún nos desempobrece, este librito, muy hermoso, que te han editado en Sevilla, en Ediciones de La Isla de Siltolá. Y aunque no encuentro, en esta tarde de lunes, el llanto de los boxeadores, sí me encuentro, a cambio, a la mujer tintero, esa: iba toda de negro./ Como una mujer tintero, o a la muchacha de la servilleta, conozco a una muchacha/ que desdobla/ como una servilleta, /el deseo y los sueños. Y aunque no encuentro, no, el llanto de los boxeadores, tu librito, Fernando, me lo pasaron, el otro día, la otra semana, el otro mes, por debajo de la puerta –cabía–; para este otro, tuvieron por poco que llamar a la puerta. Si fuera rentista, me cabría en el bolsillo superior de mi batín de seda; si fuera poeta de pensión provincial, me cabría en uno de los bolsillos de la chaqueta del pijama, condecorada con la desidia del desaliño, cuando me lo trajeron a media tarde. Ni lo uno, rentista, ni lo otro, poeta de pensión, pero me llegó a media tarde, otro librito, éste, Cartas de amor a Mina Loy, de Arthur Cravan, al que los editores de  Periférica, es de imaginar que Paca y Julián, que le ponen una nota a este puñado de cartas desesperadas –todas lo son, las de Cravan, éstas, del resto no me pronuncio–, consideran un “escritor sin obra”, “un poeta boxeador” o –si no fuera lo mismo– “un boxeador poeta”, que se llamó para el siglo –cuál fuese éste, ahí queda el enigma: nació en 1887 y desapareció en un barquito en la inmensidad del Golfo de México en 1918; su cuerpo, ya queda dicho, todavía, en el momento de armar estas líneas, no se ha encontrado–; que se llamó para el siglo Arthur Cravan. Y, añaden sus editores de Periférica, “su obra literaria cabe en un bolsillo”.


Y recordé, sí, que a Cravan –alguien escribió de él, con palabras que me apropiaría de ellas sin ningún remordimiento, que era “un gigante que oficiaba como poeta y boxeador, cantor de versos y quebrador de quijadas”: envidio el entrecomillado–, le vimos  una noche de calor de julio de 1993 en el Retiro madrileño, en una exposición que organizó la crítica de arte catalana Maria Lluïsa Borràs, autora de una biografía de Cravan, que no conozco. Recuerdo muy bien aquella exposición, aquella calurosa noche de julio y que el Retiro estaba abierto: ya no sé si lo cierran por las noches o qué, pero aquella noche de julio de 1993, los espectadores al salir de aquella exposición que montó la Borràs –los catalanes siempre montan cosas estupendas en Madrid; es la suerte que tenemos y por eso somos la envidia de medio mundo entero– nos desperdigamos, con sigilo de cigarras en celo, por las oscuridades del parque y nos arremolinamos de dos en dos –el recuerdo es vivísimo– por los bancos en oscuridad que rodean la Casa de Vacas, del Retiro, donde era la cosa, a echar un cigarrillo a la fresca madrileña, a hacer botellón con tu pareja con un par de cervezas o a lo que fuese. Que aquellas noches de julio de entonces eran Baden–Baden, el relato de Ignacio Aldecoa, o, evidentemente, Las Noches del Buen Retiro, de Baroja.


No recuerdo, no, si algunos llevaban, o llevábamos, yo no, me consta, para adentrarnos en aquella nocturnidad del Buen Retiro  ciertas defensas por precaución, tubos de cartón como espadas láser con el célebre cartel enrollado del célebre combate que mantuvieron, el domingo 23 de abril de 1916, en la Plaza de Toros Monumental de Barcelona –ese domingo no toreaba José Tomás– , el campeón del mundo Jack Johnson, “negro de 110 kilos” –se lee en el cartel– y el campeón europeo, “blanco de 105 kilos”, Arthur Cravan. Hay una deliciosa crónica de Blaise Cendrars que pone las cosas en su sitio. Al negro, el sobrino de Oscar Wilde, pues lo era Fabian Avenarius Lloyd, nombre real de Arthur Cravan, no le duró ni un minuto. La cosa no tenía color, o sí: en un minuto, no más, Jack Johnson lo dejó knock–out. En palabras de Blaise Cendrars, que iba de la parte del blanco, sin duda, “Jack Johnson le tumbó con un formidable bofetón en la oreja izquierda, un golpe digno de un matarife o de un maleante”.

No recuerdo, no, si en la noche del Buen Retiro la gente salía de madrugada –no me hagan caso, pero creo que fuera de la Casa de Vacas, esponsorizadores de la cultura, aquello se llevaba, ¡eran los locos años noventa!, despachaban cervezas u otros alcoholes; creo– con los cucuruchos de cartón con el póster enrollado, que dicen los editores de Periférica, en la solapa de esta miniatura epistolar llena de amor a Mina Loy, pintora, poeta, amiga de Ezra Pound, feminista, admiradora de Isadora Duncan, y así, que me informo, picoteando aquí y allá; que dicen los editores que el cartel de aquel combate en Barcelona en 1916, “decora hoy los hogares de muchos jóvenes mitómanos”. El mío, no, ni por una cosa, joven, ni por otra, mitómano, pero sí tengo, perfectamente plegado el cartel original en edición facsímil, tal como apareció, un año antes, en 1992, en la extraordinaria revista Poesía, que editaba desde los años ochenta, ¡los locos años ochenta!, el Ministerio de Cultura con dineros públicos, eso que era costumbre entonces. La revista Poesía que sacó, número a número, Gonzalo Armero era una hermosura y las bodas de Camacho del bien hacer tipográficoy de increíble contenido. Creo haberlo dicho hace tiempo en este rincón: poseo la colección completa –algunos están en el mercado de valores de Internet a sumas extraordinarias–, pero me siguen faltando los números 2, 3 y 4.


Éste que ven aquí –espero– es el número 38: esta mañana un particular lo tenía en subasta internáutica a un precio asequible, agregándole de valor la inserción del cartel plegado original que uno también tiene. Bueno, este número 38, además de cosas extraordinarias, incluye una selección de la revista literaria que dirigió en París en la primera década del siglo XX Cravan. La revista se llamaba Maintenant. Y como las buenas revistas literarias de la época admitía publicidad. Como ésta: “¿Dónde se reúnen los poetas?... ¿Los chulos?... ¿Los boxeadores?... Chez JOURDAN Restaurateur”, y la calle, por si acaso van a París, y que tiene un nombre de lo más apropiado, “10, Rue des Bons–Enfants, 10”. Pues eso.


Volviendo al libro con las cartas de amor –o postales, que llegaban antes, decía–, pues pretendo cambiar de combate y pasar a otro escritor que amaba a los boxeadores: aunque Mina Loy declarase en 1929 a The Little Review que el momento más feliz de su vida había sido “cada momento que he pasado junto a Arthur Cravan”, y el más desgraciado, “el resto del tiempo”, lo cierto es que este puñado de cartas que ahora, traducidas por Manuel Arranz, se reúnen en este tomito, y que van desde la primera –casi un haiku: “Querida amiga: ¿has dormido bien?–, del 12 de julio del 17, desde Nueva York, hasta la última, fechada en México City, el 31 de diciembre de ese mismo año 17, y que acaba –sin más– con estas palabras: “Adiós, adiós, adiós. Todo, todo. La vida es atroz”; lo cierto es, ya digo, que parece este puñado de cartas y postales, que firma, cada vez más enloquecido, enfebrecido Cravan, una angustiosa carrera a ninguna parte, donde el rudo boxeador poeta, que presumía de medir dos metros –tan solo 1,90– y que en 1916, en Barcelona pesaba 105 kilos –mucho menos, es de suponer, por lo que cuenta en las cartas cuando las fue redactando– emprende una angustiosa huida hacia delante o hacia atrás por todo el continente americano, tan pronto estaba en Canadá como en México, cuando no planeaba irse a España o se citaba con Mina en Buenos Aires: él no llegó, ella sí, embarazada, por el camino se había casado con Cravan.


Muchas cosas sobre Cravan se encuentran en un falso, imaginado y muy curioso documental, Cravan vs Cravan que preparó hace diez años Isaki Lacuesta, y a él me remito. Está en DVD, yo lo encontré en su momento. Y otro DVD me lleva a Ignacio Aldecoa, pues el canario Miguel G. Morales me hace llegar un estupendo documental sobre el escritor vasco, que se murió un día de otoño de 1969, a los 44 años, con la copa de su vida a medio consumir; murió “ávido de la vida”, como dice Caballero Bonald, compañero de generación y que escribió hace muchos años un Breviario del vino, que creo recordar –recuerdo de memoria– se lo dedicó a su propia generación, que había bebido lo suyo, confesaba; murió, como dice también Manuel Vicent en el documental,  “en la mitad de su talento”.


El documental, que se pasará por La 2 de (¿la antigua?) TVE, se titula Aldecoa, la huida al paraíso y sigue los pasos literarios y geográficos de Aldecoa por las Canarias, isla a isla, a partir de su libro de viajes Cuaderno de godo, que publicó en 1959, en Ediciones Arión. El documental lo conduce discretamente el periodista canario Juan Cruz, quien –en cruel sadismo para quien, como es el caso del arriba firmante, anda tiempo ya empeñado en encontrar a precio razonable la edición original– nos lleva a la librería de viejo cerca del madrileño Círculo de Bellas Artes, donde lo adquirió;  lo muestra pero no dice cuándo, ni a cuánto.


En fin, no se me había olvidado el buen sabor de boca que me dejó, el pasado verano, un libro de dos caras, Ignacio Aldecoa. Maestro del cuento que prepararon para la Ed. Edaf las profesoras Ángeles Encinar y Carmen Valcárcel: un libro, digo, de dos estupendas caras; por un lado el estudio pormenorizado de algunos aspectos de la obra de Aldecoa, a cargo de las coordinadoras y de un grupo de escritores vascos y otros no tanto (vascos), y del grupo recomendaré el de Iban Zaldua, que titula su texto simplemente Por qué me gusta Ignacio Aldecoa y trata de eso y además es más que eso. La otra cara del libro que lo pone en valor por si aun hiciera falta lo compone una selecta pero muy escogida antología de sus cuentos –yo como solo soy licenciado en letras lo puedo afirmar: creo que es el cuentista español más importante de la segunda mitad del siglo XX–. Aquí están algunas de sus historias más conocidas y populares. Como siempre, por si le importa a alguien: uno, todavía adolescente, compró el número 433, del 1 de diciembre de 1969, de la revista La Estafeta Literaria. Entonces, en una antología popular había leído algunos cuentos suyos: uno se me quedó especialmente en la memoria, ni el mejor, ni el peor, el quemás tiempo lleva en un rincón de mi memoria, Aldecoa se burla. Y aunque tengo el original aquí junto al teclado y –supongo– se reproduce en este pizarrín junto a este largo párrafo, cierro los ojos y se me aparece la portada de La Estafeta Literaria, y en su interior el célebre artículo, tantas veces citado, reproducido, de Carmen Martín Gaite: Un aviso: ha muerto Ignacio Aldecoa.


En el video sobre Aldecoa se reproducen en varias ocasiones fragmentos de las cuatro conferencias que la Gaite dio sobre su amigo y compañero a mediados de los años noventa en la Fundación Juan March (el audio completo se puede escuchar en http://www.march.es/ y es de donde lo ha sacado el autor del documental) y que luego recogería en un libro, Esperando el porvenir, en Siruela. Curiosamente la voz de Martín Gaite en este documental me recuerda sorprendentemente la voz de Rosa Montero. Hagan la prueba, y me dicen.


Foto de Ramón Masats

Pues bien, en la antología citada se incluye, como no podía ser menos, otro de los relatos de Aldecoa que más me gustan, Young Sánchez, una de las mejores historias de boxeadores –ah, Cravan, Aldecoa, El llanto de los boxeadores, ya estamos acabando…– , que ha producido la literatura española y que fue llevada al cine, como otras historias de Aldecoa –pienso en Los pájaros de Baden–Baden–, por Mario Camus, quien participa del citado documental, como el gran fotógrafo catalán Ramón Masats. Juntos hicieron otro de los grandes libros sobre boxeo de los que tengo noticia, Neutral Corner. Se publicó en 1962 en la Ed. Lumen, un libro para el que –como se cuenta en el video– Masats, a petición de Aldecoa,  hizo primero las fotos y a partir de ellas el novelista hizo su texto. En 1996, con prólogo de Miguel García–Posada, Alfaguara hizo una cuidada reedición del libro, que habla del boxeador canalla, de ese oficio de pobres que era boxear y que Aldecoa conoció muy bien: su literatura está escrita con tinta de la calle, con lo que veía, con lo que oía, un boxeador, juguete roto, como lo fueron casi todos, al que la Federación –escribía Aldecoa– le tuvo que pagar el entierro.

Y seguía: “Un periodista joven tuvo que ser reconvenido por su director. Había escrito: ‘Cuando abrieron la caja, el excampeón parecía totalmente K. O.’. Los muertos deben ser respetados, pero era –añadía Aldecoa– un buen epitafio”.

El llanto de los boxeadores. Le tomo prestado el título a Fernando Sanmartín.




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