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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Visita a un extraño


Ramón Reboiras ha tardado ¡diez años! en presentar su segunda ¿novela?, Visita a un extraño (Periférica). La anterior, Hazlo por mí, se publicó en 2003. En el ínterin, el periodista y poeta gallego ha mantenido una presencia constante en la actividad cultural del país, y más exactamente de las letras gallegas, en la prensa y ha dirigido varias revistas de ámbito nacional como Cinemanía o Rolling Stone.

Esta multiplicidad profesional da casi todas las pistas de por qué su nueva obra de narrativa es una mixtura o mestizaje de géneros que transita de la ficción a las memorias, del ensayo a la poesía y el periodismo con absoluta habilidad, tejiendo un entramado heterodoxo de fuentes que conforman una nueva forma experimental de entender la narrativa y liberarla de algunos de sus corsés estructurales tradicionales.

Sobre esta pertenencia o no a un género determinado el mismo autor aclara que prefiere hablar de experiencias que de libros, y que donde mejor se encuentra es en ese lugar fronterizo y sin ley donde los géneros se cruzan y dan lugar al nacimiento de nuevas experiencias. Y sí, en ese sentido el libro que comentamos se convierte en una experiencia estimulante, pero no para todo tipo de lectores, lo que hubiera sido deseable dado el interés de lo que nos cuenta, sino para un reducido grupo que pueda saborear el cultismo de su autor; para el resto que son la mayoría, puede llegar a resultar trabajoso leer un texto tan minuciosamente elaborado.

Radovan, el protagonista de Visita a un extraño, ha pasado el ecuador de su vida y ha decidido excluirse voluntariamente de todo lo que hasta entonces configuraba su mundo, dejando el trabajo, apuntándose al paro («me devolvía algo de los años en los que fui esclavo» ), y refugiándose en un húmedo entresuelo para reflexionar sobre su existencia anterior y contárnosla en un largo y anárquico monólogo donde va repasando su infancia, la muerte temprana de algunos amigos víctimas de la droga o del sida ─él mismo está enfermo de sífilis─, su devenir profesional, su amor por la fotografía y la música de Cohen, Dylan. Y también para hacer su análisis personal sobre la deriva de un mundo volcado hacia el consumismo ─el renovado mito del becerro de oro─ y las supersticiones más absurdas. Este personaje nihilista y pelafustán ─según su propia definición─ piensa que el único camino de salida a este mundo que se mueve entre «lo fósil y lo cibernético» se encuentra en la indignación y la rebeldía, y su desesperación y caos mental le sirven al autor para trazar la semblanza actual de un antihéroe moderno con propiedad, tempo e inspiración.

En ciertos aspectos Reboiras logra lo mismo que hizo el americano Jonathan Franzen en su novela Libertad: amalgamar lo histórico y el momento, que es tanto como lograr rescatar el espíritu de la novela decimonónica con una estructura narrativa de hoy.

Nuestro antihéroe recuerda a aquellos otros que protagonizaban las novelas de Dostoievski o Zola, aunque no comparte con ellos su aspereza, ni su tendencia al arquetipo. Radovan es un tipo cercano, asequible, con el que el lector empatiza rápidamente, y su fracaso existencial aún le deja hueco para la ironía y el sarcasmo lo que le hace escapar del retrato tremendista y moralista en que podía haberse convertido la ¿novela? si Reboiras no hubiera subrayado estas particularidades de su personaje.

Girando alrededor del eje de la precariedad y la incertidumbre —el protagonista, en determinado momento, se declara «huérfano de la vida»─, convirtiéndose en un integrante más de una generación desencantada que es posiblemente el leitmotiv de esta «experiencia » en forma de novela, retrato melancólico y un tanto desencantado de los azarosos días que vivimos.




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