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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Los replicantes


Contrabando no es una mala película y consigue el propósito de entretener, pero acaba siendo tan resultona como prescindible.

Versión estadounidense de Reikiavik-Rotterdam, de Óskar Jónasson, el filme está dirigido por el protagonista masculino de aquella, el solvente director de thrillers nórdicos Baltasar Kormákur (autor de dos joyas de la turbiedad y la ambivalencia en el cine europeo negro como Las marismas y Verdades ocultas). Kormákur reduce al máximo la dimensión poética de otros trabajos en favor de una versión eficaz, trepidante, pero poco imaginativa, aun teniendo al versátil y atractivo Mark Wahlberg como protagonista principal de este thirller de acción y corrupción.

La historia de Chris (Wahlberg), que intenta formar una familia pero se ve devuelto al mundo del contrabando y la aventura por una deuda contraída por su cuñado, está narrada de forma directa, con una producción cuidada y un buen reparto, pero, a diferencia de otros remakes como Déjame entrar, de Matt Reeves, no aporta nada al filme sueco en el que se basa, y olvida la modestia y parte del encanto del original de Johansson.

Se suceden los engaños, los reencuentros familiares, los barcos y los helicópteros, las estafas y los ajustes de cuentas, y el espectador tiene pocas posibilidades de aburrirse porque el director es más que solvente y Mark Wahlberg (como, a ratos, Kate Beckinsale) sabe cómo meterse al público en el bolsillo. Kormákur vuelve a cuidar la banda sonora y la aproximación a los personajes, aunque sus imágenes pierden lirismo densidad. No obstante, al salir del cine la sensación es de déjà  vu y la reflexión es si la necesidad de recrear en los grandes estudios estadounidenses filmes europeos de éxito responde a una inquietante falta de imaginación o a un no menos preocupante recorte en los salarios de los guionistas del cine norteamericano.

Un aperitivo




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