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El pizarrín

Javier Goñi

Ese gatazo


Déjenme que les diga que un insigne jesuita sostuvo que no le cuadraba el nombre de Pío, al contrario sí el de impío, clerófobo y deshonesto, y Ramón en el exilio al evocarlo escribió que “es quien es, un gatazo”. El significado de la frase, fuera del contexto clarificador, se me escapa, pero me suena bien, tanto como para utilizar de título eso de gatazo. Luego iremos –aquí, más abajo- a aquellos ilustres jesuitas de nombres rotundos y apellidos compuestos, vascones algunos, o todos, no sé, y que se la tuvieron jurada –y quién no- a don Pío, a don Pío Baroja, con quien se ha puesto en marcha una colección singular, ocho biografías de “españoles eminentes”: que qué sea eso se verá según vayan apareciendo los títulos de uno a uno y ya se apunta en la introducción que ha escrito Javier Gomá, director de la Fundación Juan March, que es la entidad cultural que auspicia la colección que edita Taurus.

Tras Baroja, el Unamuno  de Jon Juaristi  y un Ignacio de Loyola, de Enrique García Hernán: uno, alumno de los jesuitas en los años sesenta, unos pocos años pero decisivos y nada traumáticos, al contrario, tiene mucha curiosidad por saber la novela -si García Hernán la ha encontrado- de Ignacio de Loyola, soldado, hombre y santo de muy distintas caras. Del otro, de san Francisco Javier, ya sabe más él arriba firmante por razones obvias y porque mi madre en lugar de cantarme nanas en euskera poco batúa me adormecía con fragmentos de El divino impaciente de don José María Pemán, que los bordaba, a don Pemán y al señor Gabriel y Galán, popular vate extremeño: a pesar de eso le salió, el hijo, lector, el arriba firmante.


Después, en salidas sucesivas, habrá un Bartolomé de las Casas, de Bernat Hernández, un cardenal Cisneros, del hispanista francés Joseph Pérez, y tres “cráneos privilegiados”, que diría el borracho de Luces de Bohemia, de Valle, acaso la obra teatral española más importante del siglo XX –con permiso de Lorca-, antes o después, lo de “cráneo privilegiado”, de lo de don Benito El Garbancero, como le conocía despectivamente el parnasillo de modernistas que acompañan con sus lacras y pústulas literarias la última noche de Máximo Estrella. De don Benito, de Pérez Galdós como español eminente se ocupa en este proyecto de biografías Jordi Canal, en otro prócer de la patria, Ortega y Gasset, está trabajando Jordi Gracia y el historiador Santos Juliá se ha metido en la –estoy seguro- solventísima (h)azaña de darnos una biografía total de quien sí me parece –es opinión- el primer español eminente contemporáneo, Mariano José de Larra, a quien le dolía España, y cómo, y se le disparó el arma por dolor(es Armijo).

Como todavía no lo he dicho, no ha quedado claro que el autor de este Pío Baroja es José-Carlos Mainer, perito en múltiples saberes y que, entre tantas –tantas- cosas que ya ha hecho, se responsabilizó hace unos años de los muchos volúmenes de las Obras Completas –que como siempre pasa no llegaron a ser completas del todo, por poco, o no tan poco, según se mire el contenido del vaso-  del escritor vasco que editó Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. No he leído todavía –estoy en ello- el Baroja de Mainer, pero sí el epílogo, verdaderamente interesante, en donde Mainer, con atinadas palabras y ponderada pluma, se ocupa, a modo de (in)necesaria justificación de “la eminencia de Pío Baroja”.


Uno siempre se ha preguntado –que uno se lo pregunte no tiene importancia, otra cosa es la necesidad de preguntárselo en voz alta, pero, bueno, cierro inciso y sigo- por qué en mi casa, donde mi padre tenía una apreciable pero no gran biblioteca, había muy pocos barojas, algún crisol, varios horribles ejemplares de novelas y cuentos, unos libros en formato de revista, de papel para envolver sardinas con olor a días pasados, y poco más. De alguien como él que había vivido en Pamplona –aunque no mostró mucha simpatía por el viejo burgo clerical, y bien que lo escribió-, que no simpatizaba mucho con los carlistas y que es autor de ese célebre oxímoron –apócrifo acaso, pues creo haberle leído a Miguel Sánchez-Ostiz, ese escritor navarro que tampoco es profeta en su tierra foral, y pocos como él han puesto a Pamplona en el mapa literario español, que nunca se encontró esa frase en los escritos de Baroja, y Sánchez-Ostiz ha escrito mucho, y siempre bien, sobre el vasco-  de “pensamiento navarro”: la coda era que o una cosa u otra. Las dos, imposible. En realidad, El Pensamiento Navarro era un periódico carlistón y muy clerical.

Inciso. Otro. En los años sesenta El Pensamiento Navarro cayó en manos de la facción más progresista del carlismo -¿otro oxímoron?, no quiero enredar(me)- y lo dirigía Javier María Pascual. En la Castilla profunda mi padre lo recibía por suscripción –se era carlista simpatizante, algunos, por antiguas y olvidadas tradiciones familiares- y yo, como todo papel impreso que caía en mis manos, lo leía con gran curiosidad. Eran los tiempos del carlismo renovado de Carlos Hugo, casado con una princesa holandesa, frente a la carcundia de su hermano Sixto, y en mi casa se le tenía cierto cariño a Carlos Hugo; no sé si era Pretendiente al Trono de España, o carlista-marxista, o qué, la cosa es que el Caudillo en unas navidades lo echó de España: el Caudillo aquel tenía mucho poder en España. La cosa, en fin, era que a Javier María Pascual le echaron también de director de El Pensamiento Navarro, que endere(chi)zó rumbo y volvió a sus viejas verdades y creencias.


Muchos años después, uno estaba, padre ya de una bebé, sin trabajo fijo y a verlas venir y vendía enciclopedias y obras completas a domicilio. Trabajo aquel penoso y poco gratificante. Entre las obras completas –vendí dos- estaban las (in)completas de Biblioteca Nueva de Baroja, a las que me dediqué con convicción, fervor y pasión –vendí dos-. Pues bien recuerdo que nuestro jefe, el comercial que pastoreaba a los pringaos que nos dedicábamos a esto, a vender enciclopedias a domicilio (yo iba de pareja con un actor vocacional de nula experiencia, tartamudeaba visiblemente, actor, vendedor, tartamudeaba, sí, a quien vi, muchos años después, en agosto de 1982, por las fiestas de San Cayetano, San Lorenzo y la Virgen de la Paloma, haciendo de comparsa, con lanza y casco, aunque sin frase, había mejorado su tartamudeo, eso sí, lo comprobé al tomar después de la función unas cervezas y unas bravas, que pidió él, por una taberna de La Latina, cerca del teatrillo donde había actuado). Recuerdo, decía, que el comercial de los pringaos un día me pasó una ficha, como quien arroja con desdén un naipe, “este es uno de los tuyos”:  uno era periodista sin mesa en redacción. Cogí la ficha. Había que estar a las 9 de la mañana un domingo en la Agencia Efe, en la calle Espronceda. Era el cliente el redactor de jefe de guardia de la agencia. A esa hora podía. A esa hora fui. Con mis catálogos. Aquel (potencial) cliente se llamaba Javier María Pascual y como uno –entonces- tenía más pinta desaliñada de joven periodista sin suerte que de comercial de la Enciclopedia de la Fauna Autóctona, el redactor jefe de guardia de la agencia Efe aquel domingo, cargo de confianza o de castigo, de destierro o de promoción, Javier María Pascual, me tomó por un posible y potencial jornalero en prácticas y en dos minutos, o cuatro, me resumió los intríngulis del periodismo de agencia. Cuando pude hablar, explicarme e intentar extender el folleto de las Obras (in)Completas de Baroja, aquel viejo periodista al que había mitificado en El Pensamiento Navarro, facción progresista, resolvió la confusión con elegancia del viejo marqués de Bradomín o del barojiano Eugenio de Avinareta: me compró ipsofactamente –como decía Félix Romeo- las obras completas de Baroja. Y yo con la comisión, pañales para mi bebé. Punto.


Dónde íbamos. Déjenme que mire. Ah, sí. Los pocos barojas que había en la biblioteca de mi padre. Barojas que he ido leyendo y comprando toda la vida, primero leyendo: en la biblioteca de los jesuitas de Valladolid, a finales de los años sesenta: los jesuitas son así, están aquí y están en frente: siempre presentes, ocupando sitio; ahora no sé, no sé incluso si existen los jesuitas: a mí la memoria se me ha quedado en el Padre Arrupe, los curas asesinados en El Salvador, la Teología de la Liberación y demás cosas de la era predigital. Y segundo, comprando en librerías de lance. No es el escritor que más me guste, desde luego, ni el mejor, desde luego, pero sí el escritor –con Max Aub- al que más he buscado y más libros tengo suyos, y sobre él. Y al que leo continuamente. Por puro gusto, sin tener que justificar nada.

Pero creo que la explicación de por qué mi padre, hombre de su tiempo, el que le tocó vivir, aunque hubo otros tiempos al mismo tiempo, no tenía más barojas la da Mainer en la página 373 de esta biografía que me ha provocado a mi aire esta barojiana: Es cuando se refiere al franciscano Amado de Cristo (¿seudónimo o humorada? ) Burguera, autor de Lecturas nocivas y lecturas útiles, y a los jesuitas Pablo Ladrón de Guevara, autor de Novelistas buenos y malos, y de Ángel Garmendía de Otaola, vasco hasta las cachas, autor de Lecturas buenas y malas a la luz del dogma y la moral, que mi padre tenía en su biblioteca, que yo heredé, aunque jamás hizo mención alguna al libro, que yo recuerde, ni me invitó –como es de imaginar que hizo él- a que me sirviera de candil. Sí me regaló, años después, cuando vio que mi pasión lectora cuajaba la célebre obra del cura belga, Charles Moeller, Literatura del siglo XX y cristianismo, que en varios tomos –que conservo- publicó Gredos. En esos tomos descubrí por primera vez nombres como Gide, Sartre y otros.


En fin, pero mucho antes de los ensayos de Charles Moeller, mi padre, aventuro, se dejaba regir por los comentarios (ultra)ortodoxos del padre Garmendía de Otaola, quien dedicó una célebre entrada descalificadora a la obra literaria de Baroja, y al pillastre que la perpetró. Una frase –escribe ahora Mainer en la biografía ahora aparecida y que, como ocurre en este pizarrín hace de mesa desde donde convocar los espíritus, los que ya han acudido en lo que llevo escrito y los que lo harán en el resto que quede todavía- que –cito a Mainer- “ha pasado a la antología universal de la estupidez, aunque hoy resulte difícil hacerse cargo del alcance sociológico y hasta del peligro que entrañaba para su destinatario: a Baroja, escribe, ‘no le cuadra el nombre de Pío, sino el de impío, clerófobo y deshonesto”.

Impío y clerófobo, tienen mucha fuerza, pero acabar  con la palabra deshonesto no parece muy de recibo, es como volver a coger una cerveza abandonada largo tiempo en una mostrador de zinc de una tabernucha madrileña: está sin gas.

Pues bien. Uno siempre anda picoteando, aquí y allá, sin más orden que el que el azar forme, y me encuentro en un estupendo libro de don Pío, Las horas solitarias, que hace unos meses armó primorosamente Jesús Blázquez, el eficaz y entusiasta responsable de Ediciones 98, donde han salido otros barojas, algún Azorín y, desde luego, varios Ciro Bayo, aquel andarín de su órbita, trotamundos y viajero, muy amigo de los Baroja.


Me encuentro, digo, en este espléndido dietario barojiano, en el que, nota a nota, artículo a artículo, va notificando sus quehaceres cotidianos –un libro éste, Las horas solitarias, de un raro lirismo, que desmiente ese tópico, cosa que también hace, por cierto, Mainer,desmentirlo, el de que Baroja era un escritor algo zarrapastroso que nunca sabía si bajaba las escaleras con zapatillas, en zapatillas o de zapatillas, zapatillas de orillo, desde luego-, un texto, muy hermoso, en el que en la solapa se incluye esta frase que me gusta mucho: “agnóstico, liberal, individualista, tiene apasionados lectores por todas las partes del mundo”. Pues bien, el texto se titula “Impresiones de un mal lector” y comienza aseverando que “la lluvia le impulsa a uno a la lectura”, para confesarse mal lector, pues se impacienta, deja a un lado los libros que no le agarran, que tan solo lee tres o cuatro libros al mes, “y no siempre”.

Y en esa primera página del artículo –y es lo que me interesa ahora subrayar- escribe: “No puedo leer mucho; no tengo las condiciones de leyente y de crítico del padre Ladrón de Guevara, que para componer su librito Novelistas buenos y malos, leyó dos o tres mil autores y supo, además, resumir un juicio acerca de cada uno de ellos en dos o tres palabras. Verdad es que para eso se necesita estar asistido por la Divina Gracia y ser de la Compañía de Jesús, de esa Compañía ilustre que tiene hombres tan insignes como el padre Rodríguez, el padre López, el padre Iturrigoitia, el padre Iturribeitia y otros que, como se sabe, han puesto las bases de las ciencias modernas que honran a Europa. Yo, como digo, no pretendo colocarme a la altura del padre Ladrón de Guevara…”

Si esto no chorrea ironía palabra a palabra, es que es el pringue natural del pestiño o de la torrija de estos días santos.

Pues, como explica muy bien Mainer la eminencia de Baroja se la tuvo que ganar, lector a lector, haciéndose un público, que le ha leído y le ha seguido, generación a generación, hasta hoy mismo, y eso que ya, desde principios del siglo XX y hasta finales de los años cuarenta, por no decir hasta su misma muerte en octubre de 1956, la eminencia se la ha ido ganando a pulso, desde su escepticismo, melancolía y pesimismo enfermizos. En fin.


Pero no quisiera acabar sin comentar otro libro que me ha gustado mucho recientemente. Un libro, Leyendo a Baroja, de Antonio Regalado, que ha publicado Renacimiento y que parece que es eso, lo que promete el título, y lo es, y es además  y sobre todo unas curiosas y desordenadas memorias de este hijo de exiliado, que se hizo hombre y después profesor de literatura española en Estados Unidos –es un notable calderoniano-. Unas memorias que retratan muy bien los Estados Unidos de los años cuarenta y cincuenta, su mundo universitario, desde luego, unas memorias que están atravesadas, página a página, por los libros de Baroja que el joven Regalado iba leyendo, título a título, y así nos esteramos de que Regalado compartió barojas con su amigo beatnick Gregory Corso o que alistado el propio Regalado a mediados de los años cincuenta en uno de los barcos de la Sexta Flota, nada menos que el buque insignia Coral Sea, mataba el aburrimiento leyendo novelas de Baroja, algunas de las cuales dejó en la biblioteca de aquel buque insignia. En fin, además de las memorias en sí mismas, lo que me ha interesado especialmente de este libro es cómo Baroja te atraviesa como una flecha tu vida de lector. Salvando las distancias que se quiera, esa misma flecha barojiana he querido que atraviese de lado a lado este pizarrín. De que lo haya conseguido o no no tiene culpa el propio escritor, este español eminente, sí.




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