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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Aunque estemos ya en abril


Los idus de marzo es la última película del carismático George Clooney como realizador. Solo los interesados en la alta política estadounidense, sus artimañas y sus entresijos se sentirán cómodos del todo en una película de acabado perfecto y astuto planteamiento pero algo fría, aunque con mayor interés que Buenas noches y buenas suerte, donde el maduro sex-simbol conseguía aburrir al espectador con un tema tan apasionante como “la caza de brujas” en Hollywood.

Los idus de marzo tiene como verdadero protagonista a Stephen (encarnado con múltiples matices por el casi siempre excelente Ryan Golsling), un joven encargado de diseñar y acompañar la alambicada campaña de Mike Morris, el ambicioso candidato demócrata al que da vida el propio Clooney, sin pena ni gloria. La mirada desconcertada de Stephen superado por esa fauna de la que él empieza a formar parte es también la mirada del espectador. La aproximación del director a su inquieto protagonista constituye una de las grandes bazas de Los idus de marzo, algo que lo aproxima —a ratos— a algunos filmes de Lumet o Pakula sobre los agujeros negros de la clase política norteamericana.

En clave de comedia incisiva y thriller político, el film reflexiona sobre el poder de los mass-media (con esa vacilante periodista a la que da vida Marisa Tomei) sobre los sujetos no siempre fiables que se esconden detrás de los “grandes hombres”, como el ambiguo consejero de campaña encarnado por Philip Seymour Hoffman, así como sobre la política como espectáculo, el desencanto de los ideales primigenios y, sobre todo, acerca de la resistencia de la sociedad estadounidense a otro modelo que el bipartidismo, la estafa populista, la lucha encarnizada por el poder y el dinero y el individualismo competitivo.

Un aperitivo




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