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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Deslizamientos progresivos de placer literario

Una mirada sobre la vida y obra de Alain Robbe-Grillet


En la madrugada del día 18, uno de los grandes de la literatura francesa de la segunda mitad del pasado siglo, Alain Robbe-Grillet, se deslizó definitivamente hacia el otro lado de la vida, dirigiéndose posiblemente hacia su amado Marienbad, donde deambulará eternamente por sus pasillos en busca de los placeres y sombras fugitivas que han ido habitándolo desde que, con la ayuda inestimable de Alain Resnais, levantaron una de las obras maestras del cine, El año pasado en Marienbad (1961).

Autor y hombre controvertido durante toda su vida, hostil a eso que llamamos principios, se preguntaba a menudo si no sería necesario abolir cualquier tipo de censura. Padre del movimiento noveau roman, abogaba, en su manifiesto fundacional (Pour un Noveau Roman, 1963) por la necesidad de echar abajo todo el andamiaje sobre el que se fundaba la tradición literaria balzaquiana, acabando con el retrato psicológico y la autenticidad de los personajes; y por la necesidad de reunir en un sólo movimiento a todos aquellos escritores capaces de buscar nuevas formas de expresión, capaces de cartografiar las nuevas relaciones surgidas entre el hombre y el mundo que le rodea, todos aquellos, en fin, decididos a reinventar la novela, que es tanto como reinventar el hombre.


En 1953 había publicado  su primera obra, Les Gommes, una especie de novela policíaca de tintes metafísicos en la que ya daba la espalda a  la tradición narrativa realista poniendo en marcha lo que se  dío en llamar «l’école du regard». En ella Robbe-Grillet se lanza a una minuciosa descripción de los objetos, que en palabras de Roland Barthes se convierten en un punto de resistencia óptica del que el autor se  sirve para imponer un único punto de vista: la observación minuciosa y detallada de todos ellos. La novela apenas tuvo repercusión, aunque curiosamente, y según su propio autor en declaraciones recientes, ha sido su obra referencial y la más estudiada por los estudiantes de lengua francesa en las universidades extranjeras, sobre todo en Estados Unidos donde goza de una fama superior a la de su país.

Cuando en 1955 publica Le Voyageur, en las Ediciones de Minuit (con esta editorial y su editor Jerôme Lindon mantendría una larga relación profesional y de amistad, convirtiéndose  en el lector oficial de la casa a partir de este mismo año), y gana el Premio de la Crítica, gracias al apoyo de escritores y críticos de la talla de Georges Bataille, Georges Lambrich, y el ya mencionado Roland Barthes, su nombre empieza a sonar con fuerza en los medios literarios franceses. A la vez, arranca su colaboración con Critique y la Nouvelle Revue Française y, más tarde, es nombrado jurado del Premio Médicis.


Poco a poco va escalando posiciones y preparando el desembarco del noveau roman, posicionándose al lado de escritores de su misma onda como Nathalie Sarraute y Claude Simon.

En 1957 publica Los celos, donde su estilo de «la escuela de la mirada» alcanza su paroxismo: ni trama, ni acción, únicamente la descripción minuciosa y detallada de un paisaje tropical donde se mueve un marido obsesionado por unos celos que le conducen a locura. Esta sucesión de escenas, que parecen tomadas con una Polaroid, dejó estupefactos por igual a lectores y críticos. ¿Novela? indescifrable, cerrada como un arcano y repetitiva como una salmodia oriental, ha quedado como uno del ejemplos máximos de su experimental estilo que, por otra parte, hinca sus raíces en la obra inclasificable de otro gran desconocido del lector español, Raymond Roussel (1877-1933).

En 1961 escribe el guión de El año pasado en Marienbad que realiza Alain Resnais y con el que ganan el gran premio del Festival de Cannes. El éxito obtenido le anima a crear y dirigir sus propias películas y así rueda El inmortal en 1963, Trans-Europa-Expreso en 1967, Deslizamientos progresivos de placer en 1974, y La bella cautiva en 1984.

En el año 1965 publica La maison des Rendez-vous donde se desliza por las laderas fantasmagóricas del universo erótico y pornográfico del SM, como lo hace por los vericuetos estéticos del pop-art americano en Projet pour une révolution à New York en 1970.


Finalmente, tras un decenio casi de inactividad, empiezan a aparecer una serie de novelas que parecen una deriva del estilo del autor hacia el género autobiográfico en títulos como Le miroir que revient (1984), Angélique ou l´énchantement (1987), Les derniers tours de Corinthe (1994) y La reprise (2001). Pero, obviamente, todo no va a ser tan simple en Robbe-Grillet. Lo que hace es transgredir de forma harto sutil el género de la autoficción erotizando y subvirtiendo su contenido hasta conseguir una «autobiografíe fantamastique», según su propia definición.

En 2004 fue elegido miembro de la Academia Francesa, en la que ni pronunció su discurso de entrada, ni asistió jamás a sus sesiones.

Poseedor de un estilo único, suntuoso, de una virtuosidad verbal apabullante, la lectura de sus obras, tan francesamente sofisticadas, necesitará siempre de la complicidad absoluta del lector si quiere disfrutar en plenitud de ellas.




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