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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

El cazador


La editorial Cabaret Voltaire sigue en su loable empeño de rescatar toda la obra escrita en francés por el gran escritor y autor teatral que fue y sigue siendo, Agustín Gómez Arcos, vertiendo al castellano —en cuidadas traducciones y presentaciones—, toda su excelente obra narrativa.

Esta vez  le toca el turno a la que se considera su obra más violenta, Escena de caza (furtiva), finalista del premio Goncourt en 1978. En el prólogo, realizado por uno de los amigos del autor, el catedrático emérito de la Sorbona Jacinto Soriano Sánchez, que compartió con él parte de su vida y éxito parisinos y que conocía perfectamente su vida, su exilio interior y exterior, se nos sitúa en aquellos primeros años de la transición y se nos cuenta que la rabia y la decepción sentidas por el autor eran enormes “ante el escandaloso auto-perdón que el régimen se discernía a sí mismo y que estaba destinado a sepultar en el olvido todas las crueldades de la represión franquista”.

Treinta años después seguimos en las mismas, y la cosa a va a peor visto lo recientemente sucedido con aquellos que han intentado hurgar en los mefíticos laberintos de la memoria histórica. los cachorros de los vencedores no están dispuestos a que se revuelva nada en sus particulares lodazales. En estos tiempos en que las mantillas vuelven a cubrir las cabezas de nuestras damas de hojalata, en los que el tufo a bragueta clerical vuelve a inundar nuestro olfato, y todo parece ir hacia atrás en las conquistas políticas y sociales alcanzadas hasta la fecha, la lectura de Escena de caza (furtiva) es indispensable para fijar, como si de un sangriento daguerrotipo se tratase, la verdad de unos años , unos hechos, unos personajes, sobre los que una parte del país parece querer echar una losa tan grande y pesada como la que cubre al innombrable en su pudridero particular del Valle de los Caídos.

Finales de los sesenta, estamos en una ciudad industrial del norte de España. Germán Enriquez, Jefe de la Policía es asesinado. Sus exequias van a celebrarse en la catedral con toda la pompa y circunstancia inherentes al caso.  En ella, hierática y solemne bajo sus velos de luto, podemos distinguir a una viuda liberada; un poco más allá, a un médico cómplice del Jefe de Policía Torturador que le firmaba falsos certificados de muerte, y en un lugar discreto, una amante fiel, completamente abatida. El cadáver de aquel que durante años ha sembrado la muerte, el odio y ha engendrado el horror entre los mineros y los obreros de la cuenca ha comenzado a pudrirse lenta pero inexorablemente dentro de su acolchado ataúd. Desde un rincón, Teresa González, una víctima torturada cuando estaba encinta, observa con satisfacción esos despojos odiados: durante dieciocho años ha criado y alimentado una venganza que por fin se ha cumplido.

Compendio de una compleja —y a la vez diáfana—  técnica narrativa que incluye varias voces, con distintas formas de ver y sentir la misma realidad, y aderezada con un bosquejo de personajes bañados en ácido sulfúrico que les dota de una gran fuerza y complejidad  que les acerca, en su crueldad, a las pinturas negras de Goya, Escenas de caza (furtiva) retrata con verosimilitud la violencia del entorno de aquellos años de ceguera impuesta y voluntaria para algunos, donde el vencedor imponía su ley del silencio y del horror y donde la libertad perdió su significado en la pesadilla de las cárceles y las torturas.

Posiblemente para un lector no advertido hay exceso en los detalles, y extrañeza, pero también encontrará emoción y poesía, y un narrador con un pulso que va a más. Y aunque su temática sea “política” está en los antípodas de poder ser considerada como un panfleto ya que el talento literario de Gómez Arcos elude magistralmente ese peligro, demostrando una vez más que el “compromiso” —en su caso— a la hora de escribir no merma en absoluto la calidad de su escritura si no todo lo contrario.




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