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La línea de sombra

Daniel Tubau

El libre fluir del lenguaje

danieltubau@gmail.com


La semana pasada (Patria) me referí a la supuesta grandeza de algunos personajes históricos que más que en los libros de historia al uso deberían aparecer en la Enciclopedia del crimen o en la Historia Universal de la infamia que propusiera Borges. Hablé de muchos de esos grandes hombres y de alguna gran mujer que ocasionalmente ha contribuido a esa historia de la ignominia. Una lectora se sintió ofendida y comentó en mi página de Facebook:

Lo de "ocasionalmente alguna gran mujer" es gracias al patriarcado, hay muchas mas grandes mujeres, empezando por la que te parió a vos.

Como es obvio, la lectora no percibió la ironía de mi frase, a no ser que pensara que sería estupendo que hubiera más mujeres a las que podamos considerar asesinas de masas. Espero que la inclusión de mi madre entre esas grandes mujeres sólo tuviera la intención de ofenderme, porque me preocuparía ver a mi madre incluida en la lista de grandes mujeres infames.

En mi respuesta a la lectora indignada dije que, aunque no me considero ni mucho menos un historiador profesional, me parecía que hay menos mujeres que hombres en los anales del crimen de masas. Tal vez el equívoco, añadí, se podría haber evitado si yo hubiera entrecomillado “grandes hombres”, pero de mi padre aprendí a no abusar de las comillas, aunque eso, como se ve, puede llevar a malentendidos cuando se tiene la costumbre de leer y escuchar, no sólo en Internet sino en todas partes, de manera apresurada y deseando más discutir que entender.

Así que me desvío por un momento de la línea de sombra de estos artículos, aunque es obvio que este asunto tiene que ver con los prejuicios (y los prejuicios con esa línea de sombra que quiero recorrer), para señalar que en esa referencia a los habituales “grandes hombres” y a las ocasionales “grandes mujeres” no sólo había una ironía en el sentido más clásico, al desactivar la palabra “grandes” con su definición inmediata como “grandes criminales”, sino que también había un uso deliberado de la expresión “grandes hombres” en su sentido habitual, es decir machista, que incluye tanto a hombres como a mujeres.


Sede de la RAE

Todo esto tiene que ver, claro, con la reciente polémica surgida tras la publicación del informe de un académico de la lengua acerca del machismo del lenguaje y de los intentos de reforma por parte de algunas instituciones. Se trata de un debate en el que me da la impresión de que quienes participan lo hacen también de manera muy apresurada, muy poco reflexiva y casi con la única intención de proclamar en voz muy alta lo que opinan ellos y lo mal que les caen quienes opinan otra cosa. Cada uno busca los ejemplos más grotescos para refutar la postura contraria y pocos admiten que las cosas son más ambiguas, confusas y complejas de lo que parece y que en ambas posturas hay aciertos y errores.


Resulta paradójico, por ejemplo que quienes son contrarios a la reforma del lenguaje sexista, insistan una y otra vez en que el lenguaje es un organismo vivo cuya evolución no se puede someter a nuestros deseos reglamentistas. En primer lugar, es discutible que el lenguaje sea tan libre y salvaje como un anuncio de jabón Fa, y hay suficientes ejemplos en la historia para constatar que a menudo, por no decir casi siempre, ha sido creado y re-creado por las diversas instituciones y poderes. Basta recordar que el francés escrito actual no es producto del libre fluir del lenguaje a través de las bocas del pueblo soberano, sino de las decisiones de unos monjes que decidieron en momentos muy concretos meter más o menos letras en las palabras, recurriendo, no a lo que se hablaba en la calle, sino a la etimología latina.


Saussure y su obra

Lo explicaba muy bien Ferdinand de Saussure en su Curso de lingüística general, pero podemos recordar ejemplos supremos de la disonancia entre el francés escrito, tal como lo definen los académicos, y el hablado, con sólo recordar que un lugar como Les Halles se pronuncia “Leal”.

La elección del español estándar fue también una decisión política, tomada desde arriba, en la que se eligió la variante dialectal de Castilla, en vez de la andaluza del propio Antonio de Nebrija, que no sé si entonces, pero sí desde luego ahora, es mayoritaria, en especial por su mayor cercanía con la manera de hablar el español en casi toda América. Así que el idioma que recomienda la Academia y sus partidarios tampoco es el idioma que se habla en la calle, ya que, incluso en España, el geolecto andaluz es el mayoritario hoy en día.


River of Words

Por otra parte, resulta muy llamativo que quienes defienden este libre fluir y evolución del idioma no se den cuenta de que estas discusiones acerca del sexismo del idioma son precisamente parte de ese fluir que tanto elogian. Ese intercambio de opiniones, quizá a veces en exceso acalorado, es lo que hace evolucionar al idioma, además de, como ya he dicho, la intervención de los diversos poderes, ya sea para crear el delicioso y absurdo francés escrito o para imponer el dialecto toscano como “italiano” o una construcción imaginaria que nadie ha hablado nunca como “euskera”, “gallego” o “catalán” estándar y oficial.

Por mi parte, creo que es bueno que el idioma evolucione y soy partidario de que lo haga más en función de la evolución social que de la imposición por parte de instituciones, ya se trate de la Academia de la Lengua o de las que han redactado algunos de esos manuales que la Academia criticaba. Aunque me parece que todos los debates son beneficiosos y estimulantes y tan sólo desearía que quienes participan en ellos no fueran tan dogmáticos, también creo que la mejor manera de cambiar el lenguaje consiste en cambiar la manera de pensar. Una ley como la del matrimonio homosexual tiene la virtud inmediata de modificar una definición que se ha mantenido durante siglos, a pesar de que la Academia sigue, incluso en su página web (que se puede actualizar en un instante), definiéndolo de la siguiente manera:


Palabras y río

 MATRIMONIO.
(Del lat. matrimonĭum). m. Unión de hombre y mujer concertada mediante determinados ritos o formalidades legales.

Cuando yo empleaba la expresión “grandes hombres”, jugaba con la intuición lingüística de los lectores, que les llevaría a pensar en “grandes hombres y grandes mujeres”, por aquello de que hombres a veces incluye los dos géneros y a veces no, para luego refutar ese instinto al referirme a las ocasionales “grandes mujeres”. Como ya he dicho, al menos un lector, o para ser de nuevo más precisos en este caso, una lectora, entendió precisamente lo contrario.

Como opinión personal, diré que soy partidario de emplear siempre que se pueda “seres humanos”, “humanos”, “personas”, “gente” o cualquier otra expresión en vez de “hombres” con el sentido de “humanidad”. En mi libro futurista Recuerdos de la era analógica me permití incluir una pequeña broma en forma de nota escrita por los antólogos del siglo XXV:


Jesús Mosterín

En la época en que fue escrito este texto todavía era costumbre em­plear la palabra «hombre» (en vez de «ser humano», «humanes» o «huma­nos») para referirse tanto a las personas de sexo masculino como a hombres y mujeres en general. Una práctica que, como es obvio, en el siglo 25 nos parece abe­rrante y primitiva.

Está claro que los antólogos del siglo XXV han leído al gran filósofo y lógico Jesús Mosterín, que proponía emplear “human” por ser humano, y “humanes” por seres humanos. Suena raro, es cierto, pero la rareza no es la piedra de toque con la que se calibra un idioma, sino una consecuencia del hábito. A cosas más raras nos hemos acostumbrado.

Por cierto, como se ve en la nota de los antólogos, en el siglo XXV también parece haberse abandonado la costumbre de escribir los siglos de esa manera arcaica y absurda que consiste en emplear cifras latinas, y se escribe “siglo 25”, como es lógico y razonable, y me atrevería a decir que también más hermoso, aunque choque a nuestros hábitos actuales.

Visita la página web del autor:
www.danieltubau.com




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