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La línea de sombra

Daniel Tubau

Patria

danieltubau@gmail.com


Constantino

La historia del mundo está llena de grandes hombres –y ocasionalmente alguna gran mujer— cuya grandeza ha consistido en haber asesinado a miles de sus congéneres. Como bien dijo Fontenelle, desmitificando la figura del cristianísimo emperador Constantino: “No pudiendo aumentar el número de los cristianos, decidió disminuir el de los seres humanos”.

Un amigo italiano me hizo ver un día que los franceses presumen de su gran héroe Napoleón Bonaparte, que al fin y al cabo lo que hizo fue sumergir Europa entera, desde Cádiz a los Urales, en una guerra sangrienta en la que murieron cientos de miles de personas, probablemente dos millones y medio, tan sólo para satisfacer las ansias de conquista de un megalómano.


Julio César

Algo semejante podríamos decir de Alejandro Magno, Julio César y prácticamente todos los grandes conquistadores y padres fundadores de todas las naciones del mundo, con excepción de Gandhi, que no sólo recurrió a métodos pacíficos para conseguir la independencia de India, sino que además aceptó la segregación de Pakistán con tal de evitar una guerra civil.

Quien afirme que todas las banderas son trapos manchados de sangre no está diciendo algo demasiado alejado de la verdad, porque la historia de las naciones es en gran parte la del crimen organizado. Pero no organizado a pequeña escala, como el de la Mafia, sino con recursos inagotables y decenas de excusas para justificar la muerte, el asesinato y la matanza, que son aceptadas sin dudarlo por millones de patriotas. Ya vimos en otras Líneas de sombra lo que decían Chaplin y Zhuangzi de aquellos que son llamados criminales por haber cometido un asesinato, frente a los que se convierten en héroes nacionales por haber cometido miles.

Es muy posible que algunas de las afirmaciones anteriores le parezcan algo exageradas a algunos lectores y que aquí o allá consideren que un héroe conquistador o revolucionario, un padre de la patria, no puede ser calificado tan alegremente como un criminal.

Me temo que se equivocan en todos o casi todos los casos y que, además, es demostrable su error, siempre y cuando estén dispuestos a ver por una vez su punto ciego, esa ceguera fisiológica, ideológica, moral y política de la que hablé la semana pasada, que nos impide ver algo que tenemos delante porque choca con nuestras emociones más intensas, porque pone en cuestión nuestras ideas más queridas. Y una de nuestras más queridas emociones es la que se refiere a nuestra identidad como miembros de una nación. Una identidad tan fuertemente asentada en la mayoría de las personas, tanto en naciones con estado como sin él, que permite convertir un pequeño punto ciego en un océano de ceguera.

Frente esta ceguera, de vez en cuando, personas como George Brassens escriben canciones como La mala reputación, con la que dejo por hoy a los lectores.

(Quienes no entiendan francés, pueden verla subtitulada en español: La mala reputación).

Visita la página web del autor:
www.danieltubau.com




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