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El pizarrín

Javier Goñi

Basado en hechos reales

Déjenme que les diga que a los americanos les gusta mucho las películas basadas en hechos reales, y a mí las novelas. A los americanos, además, que no se maltrate en ellas a ninguna criatura del reino animal. Suelen hacerlo constar, lo de los hechos reales, y lo del no maltrato animal. Yo suelo buscar novelas basadas en hechos reales, y otras me las encuentro. Maltratando más que parafraseando a Shakespeare,  hay más cosas bajo el cielo que lo que pueda caber en la imaginación. O algo así, o aproximadamente. O no lo dijo Shakespeare. O quién fue Shakespeare. ¿Existió? ¿O se escribe sin hache, Shakespeare, como decía Jardiel Poncela que se escribía amor? Qué sabe uno. Qué sabe. Qué.

La otra semana me salté este pizarrín porque se me amontonaron algunos libros delante de mi mesa de trabajo, que da a una ventana y se me fue –por falta de luz– el orden de los días, y se me esfumaron estos inadvertidamente. Y es que Luis Solano, el editor de Libros del Asteroide, esa editorial que siempre publica cosas sorprendentes, de interés; vean, por ejemplo, Todo, del norteamericano Kevin Canty, una novela espléndida sobre las segundas oportunidades –si estas existen en la vida real, en el hamor–, una novela llena de recovecos, ríos trucheros, aguas turbulentas, una novela con cargas de profundidad –habla de sentimientos, de sensaciones, de relaciones, de decepciones, de desencantos, de frustraciones, de dolores, habla de todo– y todo ello situado en ese paisaje natural que es la América que no está atravesada por carreteras interestatales, esa América que pintó el paisajista del XIX Durand, esa América con cabañas utópicas en bosques inmensos a los Thoreau. En fin, Todo, una novela estupenda, como las hacen los americanos. Y de Kevin Canty, que quién sabe uno quién es.


Y antes o después de Todo me llegó, otro pulcro tomito, como son los de Libros del Asteroide, Alí y Nino, que es –pásmense– la novela sobre Azerbaiyán más conocida en todo el mundo. Azerbaiyán, capital Bakú. Bakú, petróleo. En Bakú creo que empezaba a echar a andar una de las últimas –o no tan últimas, o así, El mundo nunca es suficiente, con Pierce Brosnan y, desde luego la francesa Sophie Marceau–  películas Bond. Abrí con curiosidad Alí y Nino (Alí es un joven aristócrata musulmán y Nino, una joven y hermosa princesa cristiana: es una historia de amor, exótica, en el Bakú de principios del siglo XX, donde linda Oriente y Occidente con sus contrastes desde la primera página) y subrayé esa frase: “La ambigüedad geográfica de Bakú me permitía seguir contemplando los ojos más bonitos del mundo”. Lo dice Alí, y los ojos son de Nino.


Essad Bey

Uno no es, desde luego, experto en literatura azerí contemporánea –ni tampoco kazaka, dicho sea de paso–, pero sí me interesé por esta novela, traducida ya a 33 lenguas, y que debe ser el libro más conocido de lo que se ha escrito en aquella ex república soviética, más cerca de lo turco y de lo persa, que de lo ruso –aunque la primera página sea una breve lección de geopolítica allá por los primeros años del siglo XX–, y me interesé por la confusa historia que le acompaña. Isabel Payno la ha debido traducir del alemán, Ali und Nino, pues la joya de la literatura azerí se publicó en 1937 en Viena, con el seudónimo de Kurban Said. Un buen resumen de quién se esconde tras el seudónimo se nos da en las dos solapas de esta edición española. Sus autores pudieron ser uno u otro, o uno y otro intervinieron, en momentos diferentes en su redacción: O bien, Yusif Vazir Chamanzaminli (1887–1943), un héroe azerí, político y escritor, zarandeado por todas las turbulencias políticas de la época y que murió en un campo de concentración soviético. O bien, Lev Nussimbaum, también conocido como Essad Bey (1905–1942), un fascinante azerí de origen judío, que se hizo musulmán, que escribió numerosos libros de los temas más variados, destacando por sus biografías de Mahoma, Stalin, Lenin, el zar Nicolás II, que fue un autor de éxito en el periodo de entreguerras, que viajó por el mundo de los Grandes Expresos, siendo recibido aquí y allá, por unos y por otros, y siempre pudiendo ser uno y su contrario: una suerte de camaleónico Zelig. Durante mucho tiempo se creyó que Essad Bey era el autor de esta novela principal de la literatura de Azerbaiyán, pero hace tan solo un año la revista Azerbaijan International ha presentado pruebas concluyentes de que el autor de la novela sería Chamanzaminli, aunque metiera la cuchara Nussimbaum y salpimentara el guiso con textos de un escritor georgiano. La cosa es que la novela, tal como la conocemos, se publicó en alemán con el seudónimo de Kurban Said, que estaba registrado por la baronesa Elfriede Ehrenfels.


Bakú

Si el lector goloso quiere saber más del contenido de esta olla podrida, levante la tapa aqui. (El galimatías se lo tomo a Luis Solano que es editor al que le gusta dar satisfacciones al lector más exigente.)

Pero, claro, este lector, no sé si exigente o no, pero a veces memorioso, enseguida recordó una de esos libros que te llegan, en ocasiones, a las manos, sin saber nada ni del autor ni del tema, y te atrapan, te seducen, de abducen. Ese libro, un cierto tomo, 600 páginas, solo tenía para mí –hace cuatro años, cuando me atrapó, me sedujo y me abdujo– la garantía de un sello, Anagrama; se titulaba El orientalista, su autor era un periodista y escritor norteamericano, Tom Reiss, desconocido, pero estos periodistas y escritores norteamericanos siempre escriben en el New York Times y, desde luego, en el New Yorker, y Tom Reiss también,  y en 1998 estuvo en Azerbaiyán y allí descubrió –habrán adivinado– a Kurban Said y –copio de la solapa de Anagrama– “su obra maestra Alí y Nino”. Como les pasa a los norteamericanos que escriben en el New Yorker  emprendió un acelerado periplo por distintos países, en busca de la huella poco clara de Said y en 2005 publicó en su país, The Orientalist, y Anagrama, en el nuestro, tres años después, El orientalista. La solución del misterio de una vida extraña y peligrosa, una extraordinaria historia real, una novela basada en hechos reales, que uno leyó deslumbrado y cuyo buen sabor de boca nunca he dejado de sentir.


Lamento que no me conste si el continua y justamente recordado y añorado Félix Romeo, que también, en estos días, nos ha dado, en su novela póstuma, Noche de los enamorados, Mondadori, su historia real, su apasionada y breve indagación sobre un asesino que había matado a su mujer y con el que compartió celda, Félix insumiso, en la cárcel de Torrero, de Zaragoza, a mediados de los pasados años noventa,  escribió –leer seguro que sí– sobre este impresionante libro de Tom Reiss, que sigue con agilidad y saber los posibles pasos de un personaje tan inequívocamente equívoco como Essad Bey, musulmán, o Lev Nussimbaum, judío, y también Kurban Said, escritor de entreguerras. Apasionante.


Lorca coge de la mano a Amorim

Igualmente interesante es el libro de encargo que el escritor peruano, Santiago Roncagliolo ha hecho sobre un escritor uruguayo, de vida más movida que obra de valor, Enrique Amorim, que era primo de Borges y fue el amante uruguayo de Lorca y que aparece retratado –casi siempre señalado con una x de personaje no identificado– en todas las fotos culturales y políticas hispano–europeas de buena parte del siglo XX. El otro día contaba Roncagliolo en el colorín de El País que los editores de Alcalá Grupo Editorial, de Alcalá la Real (Jaén) vinieron a buscarle para encargarle que escribiera “una historia real”, que así subtitula el libro que se titula, como no podía ser menos, El amante uruguayo.

A Roncagliolo, un narrador peruano que tiene un padre ministro de Asuntos Exteriores de su país y al que estimo y he seguido desde el principio, ya le ofrecieron escribir una novela –los datos los tengo recogidos en la memoria un tanto confusamente, por lo que me disculpo de posibles errores– sobre una rica dama dominicana a partir de una serie de conversaciones que con ella mantuvo. El libro, sí, lo publicó como una novela, creo, Alfaguara, hubo pleitos y el libro está retirado de circulación. No recuerdo el título, pero sí vi una muy divertida entrevista –está en YouTube– que le hizo algún canal latinoamericano, donde el periodista preguntaba una y otra vez y Roncagliolo, de pie, serio, acaso internamente divertido, ponía cara de Bartleby, el escribiente, y no contestaba absolutamente a nada por consejo de su abogado, pues había firmado no sé qué compromiso de confidencialidad prejudicial o postjudicial.


Cuando supe, un fin de semana ya pasado, en una entrevista que le hizo Montserrat Domínguez en la SER, entrevista a la que llegué, viniendo de la ducha, ya empezada, que Roncagliolo había escrito este libro, El amante uruguayo, supe, sí, que me iba a interesar y mucho. No sabía, esa mañana de cabellos húmedos, qué editorial la había publicado –es una edición barata y con descuidos, pero de contenido apasionante–; unos días después, como las cosas son como son, los responsables de Babelia me enviaron el libro para que hiciera de él una reseña. Cosa que hice y a ella, si es pertinente, me remito.


Foto dedicada de Lorca a Amorim

Con lo que me gustan las historial reales cómo no me iba a apasionar por este escritor uruguayo, que fue amante de Lorca en el 33, en el viaje que hizo el poeta a Buenos Aires –Amorim era un uruguayo con un pie en cada lado del Río de la Plata–, y a quien éste –se supone–, el granadino, le leyó, en intimidad de una playa uruguaya, la Oda a Walt Whitman, mientras las olas estallaban a sus pies. Este amante uruguayo que paseaba con Lorca por la Gran Vía un día de julio, vísperas de pólvora y cainismo, hablando despreocupada y ruidosamente cuando se cruzaron –se supone– con un siniestro político de derechas granadino, que les miró torvamente y eso –se supone– pudo precipitar el asesinato del poeta.

Un escritor uruguayo, Enrique Amorim, millonario, hombre desprendido, generoso, camaleónico, homosexual, que se casó, y su mujer que le sobrevivió ha mantenido viva la llama de su recuerdo y todo el legado Amorim está en la Biblioteca Nacional de Uruguay para que detectives literarios como Roncagliolo hagan –y muy bien– su trabajo, y que tuvo una hija con otra mujer, a quien visitaba, o no, ahora no recuerdo, en Buenos Aires. Este Amorim que aparece –ya digo– en todas las fotos color sepia de la época, las más de las veces marcado a fuego como una res con una x,  frecuentó mucho a Neruda, a Picasso, a Chaplin, a Aragon, a Horacio Quiroga, viajó con delegaciones comunistas latinoamericanas a la Europa de la guerra fría y del Telón de Acero: pues fue comunista y hacendado. Entre tantas y tantas cosas más. Reales o supuestas. 


Amorin con Picasso

Roncagliolo, una vez aceptado el extraño encargo de esta editorial andaluza –cuyo interés por rescatar a Amorim se me escapa, pero bienvenida sea, pues el libro es suficientemente interesante–, emprendió una frenética carrera por papeles, legajos, documentos, fotos, libros, películas caseras, por ver si entre la intrincada selva de las supercherías, mistificaciones, hipótesis, embustes –y por todo ello pasa abriéndose paso a machetazos– se sacaba algo en claro de este personaje desconcertante –en una reciente entrevista que leí,  Borges le citaba de pasada y también aparece en el voluminoso diario de los encuentros casi diarios entre Borges y Bioy, y que publicó Destino.


Margarita Xirgú

Una investigación como esta, una historial real como la que nos da, tiene mucho de novela policial al modo clásico, de ir quitando o poniendo piezas, unas más consistentes que otras, pero la historia real o la superchería crece y crece, y a veces da la impresión de que el propio Roncagliolo se para en una esquina a coger aire, la cintura doblada, los brazos flexionados sobre sus muslos. ¿Todo esto es real? Parece, pero. Coge aire y sigue su apasionante investigación. A este lector, en algún momento de su lectura, poco le importa ya cómo está cotizando, en esa página, la verdad, o la verosimilitud. Tanto da. Siendo como es un personaje real, Enrique Amorim ya es, a esas alturas, un personaje de ficción, y así entramos, desde la primera línea del texto, en materia. En 1953, en su ciudad natal Salto, a orillas del río que separa esos dos países que fueron suyos, Uruguay y Argentina, un maduro Enrique Amorim consigue ser el sumo sacerdote de una ceremonia que tiene algo de dadaísta, o de surrealista. Inaugura, a toda música, pompa y circunstancias propicias, un monumento dedicado a la memoria de García Lorca y entre el ruido y las fanfarrias, entre los uniformes de la guardia de honor y del pueblo llano que allí se ha reunido, Enrique Amorim, con retórica propia de la categoría del hecho, da a entender –Amorim se pasó la vida dando a entender las cosas, verdades categóricas, las justas– que allí están –pueden estar–, real, figuradamente, enterrados los restos –sería parte de lo huesos, se le pone cara de CSI y humor de forense a Roncagliolo: más no cabrían en ese nicho– de Lorca. Asiste la actriz Margarita Xirgú, se representan  algunas cosas de Bodas de sangre y parte del pueblo soberano, que asiste a este funeral casi con categoría de funeral de Estado, con este olfato que se tiene en los acontecimientos fúnebres, se acercaron a la actriz a darle el pésame, viuda desconsolada del poeta, madre del finado. Así empieza esta historia real. ¿Está enterrado parte de Lorca en Salta, Uruguay: el monumento funerario existe, lo ha visto Roncagliolo? ¿Robó los restos su amante uruguayo? Así empieza esta historia real, o esta novela. Como prefieran.




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