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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

No llames a casa


Carlos Zanón es por encima de todo un gran poeta,  aparte de articulista y crítico literario; pero un poeta al que le gusta perderse por otras arquitecturas literarias. Ya lo hizo con novelas anteriores que cosecharon  varios premios importantes, y alguna de ellas como, Tarde mal y nunca, es un excelente ejemplar de la renovación del   último y transitado género negro en nuestro país. Por eso cuando le preguntan por esta dicotomía autoral, él mismo aclara que: "Narrativa y poesía tienen otro formato y reglas, pero en las novelas no evito determinada mirada poética o determinado modo de contar las cosas más propio de la poesía". Zanón, la verdad sea dicha, hace algo más que eso y su última obra, No llames a casa (RBA) es una muestra perfecta de su forma de construir una historia alejándose de clichés y adocenamientos propios del género explorando un más allá al que pocos se atreverían a llegar.

Estamos en Barcelona, en la actualidad. Bruno, Raquel y Cristian han dejado la calle, el dormir en cajeros y trapichear para ir tirando porque han descubierto el negocio del chantaje. Vigilando los apartamentos que se alquilan por horas, descubren a las parejas furtivas que entran y salen, apuntan las matrículas de sus coches, buscan sus domicilios y sus teléfonos, y luego los chantajean. A veces les sale bien, otras no tanto, y en algunas hasta han conseguido un buen pelotazo. Pero esta vez han chocado con una pareja de amantes, Merche y Max, que no se lo va a poner fácil. Esta vez, para su desgracia, han elegido a la víctima equivocada y la mosca se comerá, literalmente, a la araña.

Con estos mimbres argumentales Zanón nos mete de lleno en universo de perdedores que en manos menos expertas hubieran dado como resultado un batiburrillo de lugares comunes y obviedades sociales panfletarias, pero no es el caso. Capítulo a capítulo el autor transita por esos lugares comunes, por esas vidas opacas, transfigurándolos con la potencia de su diseño creativo logrando a través de una prosa efectiva, sin florituras, arrastrar al lector. Si me preguntaseis yo no sabría deciros si se trata de una novela negra o no: puede que sí o puede que no. Me explico: aquí no hay policías ni detectives en busca de algo, ni rubias peligrosas ni duros de blando corazón, ni siquiera eso que llamamos investigación, sólo hay talento para descubrir la soterrada violencia que existe en cada uno de esos perdedores cuando cruzan sus vidas. Desprovistos de tópicos, los personajes y sus acciones resultan así absolutamente verosímiles.

Emparentado con escritores como Marsé, Updike, Hihgsmith, Cain y el gran Thompson, cuyas obras transitaron estos mismos caminos, Zenón logra un retrato costumbrista y vital de unos personajes hijos de su tiempo enfrentados a sus propios y particulares demonios. Gente débil pero ambiciosa, una mezcla difícil de controlar, que pululan por una Barcelona marginal y tabernaria que podría ser cualquier otra ciudad del mundo porque los sueños y miserias morales de este puñado de desclasados son universales. El delito siempre es consecuencia de la derrota parece ser el leitmotiv de esta magnífica novela con un final que no es una pirueta al uso, si no la prueba palpable del talento de su creador. Una novela que queda en la recámara de la memoria para siempre.




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