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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Black is black


La mujer de negro, lo último de James Watkins (Eden Lake), es una nueva incursión de este interesante realizador en el género fantástico y en un subgénero algo pantanoso: la Gosh story, la mansión con pasado.

La brillante construcción de los tiempos y los espacios hacen de éste un trabajo superior a muchos otros de su misma índole, factura e incluso dotados de argumentos más originales. Ni siquiera podemos achacar la potencia que transmite el filme a la presencia de Daniel Radcliffe, pues, si bien mantiene el tipo y muestra sus ojos azules asustados, parece, en cambio, superado por la ambivalencia del personaje, lo que resta fuste y turbiedad a un relato dirigido con mano maestra.

Todo ello a pesar de la redundancia en lugares comunes (algunos tomados de clásicos del género como Bram Stoker, Nosferatu u Otra vuelta de tuerca, con esos niños temibles o esos lugareños supersticiosos) y de un decorado demasiado cargado al que solo la sabia dosificación entre lo real y lo fantástico, la insania y la cordura logran salvar una historia ya contada.

Watkins filma con primor y malevolencia los objetos, los lugares, los espectros, los gestos nimios de los personajes y nos cuenta una historia que, aunque pavorosa por su ágil montaje y su aparatosa banda sonora, no deja de ser un cuento triste sobre el duelo, la pérdida y la búsqueda de uno mismo en un mundo marcado por la intolerancia, los celos, el rencor y la superstición. Magníficos decorados, música sugerente, fotografía contrastada, sonidos que retumban en nuestros oídos y sobre todo la desbordante imaginación de Watkins convierten a una historia tan vulgar y repetida como la de La mujer de negro en un verdadero regalo para los amantes del cine de terror de calidad.

Un aperitivo




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