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La línea de sombra

Daniel Tubau

Armas de destrucción masiva

danieltubau@gmail.com


La semana pasada visitaron esta página los cuatro mayores asesinos de masas del siglo 20: Hitler, Stalin, Mao y Pol Pot. Me pregunté entonces si estos cuatro personajes actuaron movidos por el cerebro y la razón o por el corazón o la pasión. Pero no hace falta pensar mucho para darse cuenta de qué hay algo que tenían en común los cuatro: una poderosa y elaborada ideología. No eran vulgares asesinos que se limitaran a matar porque sí, por capricho, sino que lo hacían desde un edificio teórico con firmes cimientos. Todos ellos escribieron libros: Hitler Mi lucha (Mein Kampf); Mao, unos cuantos, aunque el más conocido es el llamado Libro Rojo; Stalin, varias decenas y Pol Pot al menos el llamado Pequeño Libro Rojo o Los dichos de Angkor.


El tomo 6 de las obras de Stalin

Detrás de las acciones de estos hombres había una ideología y una teoría claramente estructurada. Todos ellos son cercanos o lejanos descendientes del creador del fascismo moderno, Benito Mussolini, otro poderoso teórico ya desde sus tiempos de periodista, y casi todos ellos siguieron los consejos aprendidos en los libros de  Lenin, como Pol Pot: “Si la vieja sociedad está enferma, hazle tomar una dosis de medicina Lenin” (Los dichos de Angkor). Ya vimos la semana pasada qué tipo de medicina era esa: el terror de masas, que Pol Pot llevó al extremo, exterminando a un cuarto de la población camboyana.


Los dichos de Angkor

En definitiva, los crímenes de estos hombres nunca fueron injustificados, sino plena y conscientemente justificados. Justificados por su ideología. La ideología es, en efecto, un arma de destrucción masiva, que permite multiplicar el asesinato hasta extremos insospechados. Sin ideología es más difícil matar, al menos en cantidades industriales. Si el tirano de turno dice que quiere matar a los del pueblo de al lado simplemente porque le apetece, no es probable que logre convencer a muchas personas para que arriesguen su vida. Si les promete que matar a sus vecinos les hará ricos, ya tiene más posibilidades, o si les dice que sus vecinos quieren matarles a ellos. El hambre, la codicia y el miedo han sido el origen de muchas guerras y explican los movimientos de pueblos como turcos, tártaros, mongoles, germanos o eslavos, que cayeron sobre China, Persia, Roma o Bizancio, llevados por el deseo de arrebatar a los pueblos más sedentarios y desarrollados sus riquezas, o de conseguir alimento en épocas de hambruna.


La juventud estalinista

Pero cuando el miedo, el hambre o la codicia no son tan asfixiantes ya no resulta tan fácil convencer a la gente para hacer la guerra. ¿Cómo se puede seguir matando cuando un país, como la Alemania hitleriana, vive en una cierta prosperidad, o cuando ya se carece de enemigo exterior y de lo que se trata es de asentarse en el poder, cono en la China o al Unión Soviética de los años 50? En tales casos, todavía queda el odio, pero el odio es más efectivo cuando es galvanizado por una ideología que nos permite distinguir fácilmente entre “nosotros” y los “otros”, entre los nuestros y los enemigos. Empleo la palabra ideología en un sentido amplio, porque no todas las épocas han sido tan ideológicas como el siglo 20. Ideología es también la religión, ya sea la que justifica las conquistas musulmanas de medio mundo desde Mahoma o la de una religión en su origen tan pacífica como el cristianismo, en cuyo nombre se creó no sólo la Inquisición, sino que se persiguió y asesinó durante siglos a todo el que no compartiera esas ideas, ya fueran cátaros, albigenses, judíos, musulmanes o incluso indiferentes.


La juventud hitleriana

En el siglo XX esas ideas de identidad se combinaron con el nacionalismo pasional, es decir, con el espontáneo rechazo al otro que sienten casi todos los pueblos, pero también con la ciencia racional, deformando las ideas darwinianas, para convertir la supervivencia del más apto en la del más fuerte e incluso en la del más cruel, y apelando a las ideas de una sangre diferente, de razas superiores e inferiores, a pesar de que si algo demostraba la biología es que, al menos desde que se extinguieron los neandertales, sólo existe una raza humana. Para completar el edificio teórico, se retorciendo la teoría económica y política hasta que se pudo justificar cosas como que para cavar con la dictadura había que implantar otra dictadura, llamada esta vez “del proletariado”. Por ideas o ideologías se mató a millones de personas y por ideas también millones de personas miraron hacia otro lado para no ver los crímenes cometidos por los “suyos”. Si el lector duda del poder de la ideología como atenuante para el crimen, puede pensar si no ha considerado alguna vez que un crimen era menos crimen porque se cometió en nombre de un ideal que él comparte.


El libro rojo de Mao

Por eso, cuando al artista Ai Wei le preguntaron sí su protesta contra la censura y la represión del gobierno chino tenía un trasfondo ideológico, respondió:

Yo intento hablar sobre temas claros. Nunca, sobre ideología abstracta, porque la ideología es algo muy simple, sobre la cual no hay nada que hablar. Pero cuando se tratan asuntos concretos, se ve mejor lo que es correcto o erróneo.

Cuando nos encontramos ante la vida y la muerte, quizá convenga olvidarnos por un momento de nuestra ideología y nunca usarla para justificar el crimen. Y tener mucho cuidado con los libros, porque también pueden matar.

 

 

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www.danieltubau.com




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