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El pizarrín

Javier Goñi

Desde lo alto de un ego argentino


Gabriel García Márquez

Déjenme que les diga que la fama de Gabriel García Márquez es tal que se le suelen atribuir varias afirmaciones acaso falsas, e incluso respecto de los argentinos, por concretar más, y que según han pasado los años y le han aumentado los laureles han hecho fortuna por ahí fuera. Valga un ejemplo: a Márquez se le adjudica la fina observación, no sé si empírica, de que cuando un argentino se quiere suicidar, se sube a lo más alto de sí mismo y se arroja desde su ego.

Que lo había dicho el autor de Cien años de soledad es lo que se trajo un periodista, argentino, of course, que se fue a Cartagena de Indias a ver si podía entrevistar al colombiano esquivo, con un bolso por el que mostró gran curiosidad, cuando lo consiguió, el argentino: entrevistarle, al colombiano. Y en el bolso llevaba, entre otras cosas, enumera el argentino, para saciar la curiosidad de colombiano, “un paquete de galletas, un par de medias sin usar, otro grabador por si las moscas. Cosas sin importancia…”. Y el argentino le dijo que en su país le atribuían al Nobel el chiste de los suicidios (argentinos) desde lo alto de sus egos (argentinos). Y el colombiano, molesto, se removió en su sillón, que él nunca había dicho nada parecido; ítem más, nunca había oído tal cosa. Puestos ya a admitir, reconoció el colombiano, de él decían que decía él –y lo negaba también vehementemente– que “el ego es el pequeño argentino que todos llevamos adentro”.


Chiste va, chiste viene, el periodista y escritor argentino Rodolfo Braceli ha publicado un libro que él otro día me compré, Escritores descalzos, seducido y no decepcionado –en ello estoy todavía, leyéndolo– por su sumario: entrevistas muy especiales, diferentes, nueve en total, a gente como García Márquez, Woody Allen, Ray Bradbury y Jorge Luis Borges y que ha publicado una editorial (para mí) extraña, Clave Intelectual, con domicilio madrileño en la calle Velázquez.

El libro todavía lo estoy leyendo, pero ya tengo muy subrayada la entrevista –espléndida– arrancada a Márquez y Braceli cuenta muy bien cómo se le arrancó y cómo se las ingenió para llegar hacia él. Como sabe cualquier periodista cultural, Gabriel García Márquez fue tantos años periodista en ejercicio, que es prácticamente imposible, en los últimos treinta años –Nobel va, Nobel viene–, sacarle una entrevista al colega colombiano, autor por otro lado de algunas de las mejores piezas periodísticas escritas en español de las dos orillas en los últimos 50, 55 años.

Por cierto que el género está muy arraigado en el idioma común de las dos orillas lo muestran los dos estupendos invernaderos de crónicas, esa orquídea tan delicada y propia de la época,  que acaban de abrir sus puertas: en Anagrama, y cuidado el jardín por el escritor español Jorge Carrión, y en Alfaguara, separando hierbas buenas de las tóxicas el gran escritor colombiano Dario Jaramillo Agudelo. Dos magníficas antologías de crónicas hispano–latinoamericanas que coinciden, en las mesas de novedades, estos días en los que ya huele –casi, ya– la primavera en esta tarde última de lunes de febrero, en que remato mi propia crónica, ésta.

La entrevista de Rodolfo Braceli, al que uno no conocía de nada, por eso tiene más valor encontrártelo y apropiártelo, y que le hace a García Márquez es espléndida, como también lo es la que arma, cerrando el libro y cogiendo de entre varias anteriores, a Jorge Luis Borges, que éste si fue escritor más asequible y que te daba, lentamente, pausadamente, uno, dos, tres titulares, uno, dos o tres, o los que fuesen necesarios. A Borges lo conocí, la primera vez, confieso que fui joven, que hubo una primera vez, un 7 de septiembre de 1976, en Barajas. Esa semana había salido el primer número de Interviú, y en portada el desnudo de Marisol, aquellas míticas fotos –hermosísima Marisol– de César Lucas. Yo era, entonces, un joven(cisimo) becario de Informaciones, un viejo periódico que fue, e iba con Fernando Samaniego, que ese verano se había incorporado al joven(cisimo: había salido un 4 de mayo de ese año) El País, un viejo periódico que sigue siendo (¡Larga vida al Rey!), y otros compañeros. La Agencia EFE, acaso, y no sé, a lo mejor Pilar Trenas, una guapa y muy rubia –luego mechas, o ya entonces, no sé, aros muy grandes en las orejas a modo de pendientes– compañera de ABC.


Jorge Luis Borges

Entonces –no me pregunten por qué– era costumbre ir a Barajas a entrevistar a los famosos que llegaban. En Barajas cada periódico tenía entonces –apalabrado, supongo que así redondeaban el sueldo, hábito del tiempo que no hacía daño a nadie– un conseguidor, que te introducía en esa gran ballena blanca varada que era entonces el aeropuerto. Como todo lo que queda en la memoria es ya –a estas alturas– delito prescrito, confesaré que el día de Reyes de 1977 subí, de madrugada, a un inmenso Boeing Nueva York–Madrid–Málaga, donde iba, soñoliento, Jorge Guillén, primer Premio Cervantes, y uno, becario de cortos vuelos, intentaba sacarle unas palabras al bueno de Guillén, que solo tenía interés en fotografiarse, a esas horas de alborada, con las azafatas. Y meses  después, en mayo del 77, entrevistamos –a cada periodista nos coló nuestro correspondiente conseguidor– en la zona de tránsito internacional, pues no quería pisar suelo español mientras aún estuviera en la cárcel un preso de Franco, entrevistamos, digo, a Fernando Arrabal, de filiación anarco–pánico, y que nos dio, en zona de nadie, una rueda de prensa igualmente anarco–pánica, un día generosamente soleado, él con sus inconfundibles gafitas, eternamente trajeado, el chaleco abrochado hasta el último botón, y la pajarita asomando en los bajos de su barbado rostro. Qué rueda de prensa, aquella. Que se sentía perseguido por el PCE –no hace falta, tú, ir a Google: Partido Comunista de España, uno cosa que hubo cuando la Santísima Transición–. A Arrabal se le perseguía, decía,  y se le estrenaba, también, El arquitecto y el emperador de Asiria, El cementerio de automóviles, Oye patria, mi aflicción y cosas así, y había, creo, un productor osado, novio, creo, de Victoria Vera, una que fue, que trabajaba, y Aurora Bautista, también (al poco tiempo salió Arrabal del tránsito internacional y yo le entrevisté, por la madrileña calle Orense, en casa de Aurora Bautista, y tengo foto que no la doy porque el jersey que llevo yo se ha quedado viejuno y hace bolitas: Aurora Bautista, jo, Locura de amor, jo).

Pero me he perdido en  Barajas con Arrabal y me aguarda, paciente como un caballero sureño, a pie de pista, Jorge Luis Borges, septiembre de 1976. Una tarde, la del 7, vino a Madrid a grabar un programa de televisión, un A fondo, aquella cosa de Joaquín Soler Serrano, que todos tenemos en DVD a pesar de Soler Serrano que era (presuntamente pero también absolutamente) insoportable. Entonces –septiembre de 1976– Borges iba de jaleador, urbi et orbi, de las Juntas Militares del Cono Sur y sus declaraciones –“hay muchas declaraciones que son apócrifas”, nos dictaba aquella tarde con ironía borgiana– eran recibidas con división de opiniones; aquello de que el general Videla le parecía un perfecto caballero, aquello, de cuando entonces. Aquello. Recuerdo, en algún sitio lo tendré escrito, que volvió a decirnos que el mejor escritor español era Rafael Cansinos Assens, y de los dos Machados, el bueno era  Manuel, y nos preguntaba por Cansinos con lazarillesca mala leche de ciego, a ver si lo conocíamos, criaturas, nosotros, tan jóvenes. Y se le iluminaba la sonrisa, un instante sí, otro no, como código de morse, y musitaba, había que acercarse, libreta y bolígrafo, a modo de lanza y escudo de caballero andante, a leerle los labios: “A mí –nos dictaba aquella tarde– no me gusta lo que escribo, pero hay gente a la que parece que sí. Así que, ¿qué puedo hacer yo? Tratar de disuadirlos, pero ellos persisten en leerme”.

Ellos. Nosotros. Unos pocos años antes, uno era estudiante de Letras en la Complutense. Fue el año en que uno leía a Pérez de Ayala –las ediciones de Castalia, las de Andrés Amorós–, a Valle–Inclán, el Luces de Bohemia anotado por Zamora Vicente, y Max Aub y gente así. Y Agustín, compañero de Facultad, el pelo rizado, como el mudo de los hermanos Marx, que paraba donde sus padres, en las casas de militares de Moncloa, su padre alto cargo del Ministerio del Aire, Agustín que se fue pronto por esas cosas que te entraban en demasía –entonces, después– por vena, Agustín, amigo, que desdeña mis lecturas, mis elecciones: nada, nada, hay que leer a Borges. Y solo a Borges.

Y me acuerdo, sí, esta tarde de lunes último de febrero, de uno, becario, entonces, que fue a ver a Borges a Barajas a que te dijera aquello de que la democracia era una cosa de estadística y que  el (siniestro) general Videla era un caballero y me acuerdo, sí, esta tarde, de Agustín, amigo, sí, aunque ya ni recuerdo tu apellido, que me hiciste leer, entonces, un tanto impertinentemente, prepotentemente, a Borges, cuyas palabras me encuentro ahora en este libro de Rodolfo Braceli. Me resulta repugnante la parte en que Braceli y una amiga van –en aquellos años del caballero Videla– a pedirle la firma a Borges, para interceder por un escritor preso, Antonio Di Benedetto, un escritor cuyo triste exilio llegué a ver en Madrid y autor de una de las mejores –que uno sepa, que no es ni mucho ni poco: es lo que hay– novelas sobre la época colonial Zama, que yo leí en Alfaguara en su momento y que el año pasado, o así, recuperó, con otros escritos, El Aleph.

Pues bien en la larga entrevista de Rodolfo Braceli, de la petición de firma a favor de Di Benedetto se escaquea Borges con ese escepticismo crónico de saurio que muda de piel continuamente, de qué va a servir mi firma, de qué va a servir mi apoyo, de qué… Pero de esta excelente entrevista de BraceliBorges siempre resulta ser Borges, uno de los mayores escritores en lengua española del siglo XX– prefiero olvidar el sabor amargo de la bilis de la parte que tiene que ver con Di Benedetto y reproducir, si me permiten, este párrafo estupendo donde la arbitrariedad de Borges estalla como una cuerda de petardos.

Uno, el aquí arribafirmante, tiene seis o siete apellidos vasco–navarros y Braceli, el argentino, uno, materno, Zarategui, que es un apellido como de médico de cabecera de toda la vida en Pamplona o en Donosti, Dr. Zarategui, pues eso, no me digan que no, y Borges se interesa, con que ¿vasco, eh?, y el cieguito de lazarillesca mala leche monologa desde su oscuridad:


Vargas Llosa

“¿Vasco? Yo no entiendo cómo alguien puede sentirse orgulloso de ser vasco… Los vascos me parecen más inservibles que los negros, y fíjese que los negros no han servido para otra cosa que para ser esclavos… Se habla de la voluntad vasca, de la terquedad vasca… ¿y para qué les ha servido? Nada más que para ser españoles o franceses. Han producido unos pintores execrables y un escritor insoportable como Unamuno. Lo demás que han producido son buenos pelotaris… Mire, yo tengo sangre vasca también; varios apellidos me delatan ese origen. Sin embargo, pienso que los vascos no han hecho nada, nada; son solo notables por ser uno de los países más estériles del mundo”.

Y el periodista argentino, Braceli Zarategui insiste: “me gusta decir que vengo de vascos”.

Y vuelve a arremeter Borges como un carnero, acaso del Pirineo vasco–francés: “Realmente, no me explico porqué la gente siente tanto orgullo por ser vasco… Ya le dije, yo también tengo esa sangre, pero cuando enumero mis orígenes soy muy cuidadoso en olvidarme de los vascos… Mire, recuerdo algo que anoté en uno de mis cuentos: los vascos no han hecho otra cosa en la historia que ordeñar vacas, se han pasado los siglos ordeñando”.

Borges, Borges, Borges, Borges, Borges.

Valga el sonsonete como muro de contención, que el gran Borges no solo cuando hablaba de la caballerosidad del general Videla podía resultar tóxico.


El 19 de mayo de 1973, en el semanario catalán Destino, el periodista Robert Saladrigas, a quien todavía leo con gusto y placer más de un miércoles en el suplemento cultural Cultura(s) de La Vanguardia, publicó una entrevista, amonologada, como amonologaba  entonces sus entrevistas Pedro Rodríguez, un periodista en nómina de la Cadena del Movimiento que en aquellos años de tardofranquismo publicaba los domingos unas estupendas entrevistas, así amonologadas, en el diario Arriba que era de un azul que no se desteñía: yo recuerdo, uno de esos domingos, una entrevista con Julio Cortázar. Otras eran con prohombres del régimen que se derretían como señoritas vírgenes si se mantenía encendida la luz de El Pardo. En el tardofranquismo ocurrían estas cosas. Pero no desesperen, me abro paso entre la maleza del párrafo y me hago con las negritas del inicio del mismo: Robert Saladrigas.

Robert Saladrigas, joven periodista entonces (Borges: “le agradezco infinito sus estimulantes palabras de hombre joven”), publicó entre 1968 y 1975 una larga lista de entrevistas con escritores de variadas geografías y ahora, en estos días, ha reunido un puñado de monólogos latinoamericanos, Voces del “boom”, que ha sacado Ediciones Alfabia. Un estupendo puñado de voces, que se inician con Gabriel García Márquez y acaba con otro colombiano Gustavo Álvarez Gardeazábal.


Confiesa Saladrigas que no ha tocado una coma, tantos años después, no ha limpiado ni una errata, y está bien esto, pues le da así un aroma de época, de instante en el que se publicó que a mí me gusta mucho. Uno no es, desde luego, un fino rastreador de erratas –esas termitas que invaden todo lo que escribimos así, de esta manera, mandándolo en caliente para que salga, de lo que, y de las que, no se libra, desde luego, este pizarrín: me consta–, pero sí es fácil de detectar que García Márquez no tenía, en 1968, dos chiquillas, sino dos chiquillos, Rodrigo –hoy afamado director de cine en Hollywood– y Gonzalo, como nos recuerda otro gran entrevistador de la época, hoy metido en galerías de arte, Miguel Fernández–Braso, autor de otro libro que estimo mucho –me gustan mucho las entrevistas a escritores, quede dicho–. Se trata de Escritor a escritor, Editorial Taber, de 1970, donde se mezclan autores españoles y latinoamericanos, como me gusta también mucho otra vieja curiosidad, Galaxia latinoamericana (siete años de entrevistas) que en 1973, en los canarios Inventarios Provisionales publicó Jean Michel Fossey. Este era un periodista francés que desde París entrevistaba a los latinoamericanos que pillaba (aquí aparece también García Márquez: su aversión real por las entrevistas vino después, cuando le dieron el Nobel y él se presentó en Estocolmo con planchada guayabera). El libro tiene unas excelentes fotos de época de Antonio Gálvez, tan amigo de Cortázar y tantos otros; algunas de las cuales se reproducen aquí en un intento de ennoblecer el texto. Son de Antonio Gálvez. A él el honor y la gloria.

Volvemos a Saladrigas. Lo que me ha arrastrado toda una tarde asoleada, armado tan solo de memoria y de una Pilot de color rojo, de esas estilográficas desechables, de las que ya he sacado varias en esta sucesión de pizarrines, es que esas entrevistas –faltan nombres, desde luego, lo acepta Saladrigas, algunos otros son nombres del momento, prescindibles, quizás ya entonces, olvidados del todo hoy en día, pero también con su verdad a cuestas– están publicadas, muchas de ellas, contemporáneamente a mi estallido gozoso como lector, pues pertenezco a una generación de lectores peninsulares que nos fuimos haciendo con la fama que se amasaron –resquemores aparte– los del boom y si no todas, muchas de esas novelas las fuimos leyendo –o tocando en las librerías, todos los lectores jóvenes hemos tenido siempre lo justo para gastar– según iban apareciendo en España.


Manuel Puig

A muchos de ellos los fui conociendo después, los entrevisté. Recuerdo a Mario Benedetti, modesto, grandísimo escritor, perseguido por los militares de su país, Uruguay –aquel triste chiste de exilio con aquel cartel del aeropuerto de Montevideo: “El último que apague la luz”–, y que me recibió, con ojos de clandestinidad en un hotel–residencia de la Gran Vía, cerca de Callao. A Jorge Amado, brasileño inmenso que no hablaba, erupcionaba el volcán y al que le conseguí, a él y a doña Flor y sus dos maridos, y demás inolvidables personajes, una página entera en un viejo Informaciones. Juan Rulfo era frágil y callado, menudo y transparente, y además el gigantesco autor de Pedro Páramo, una de las más grandes novelas escritas en español en el siglo XX, y que a punto estuvo de quebrarse en un montón de pedazos de cerámica precolombina cuando le llevé suavemente a un despacho del Instituto de Cultura Hispánica para hacerle una entrevista para televisión. Se paró en la puerta cuando vio aquella kermesse –nada heroica– que formaba por entonces un equipo de televisión española –solo había una–, alborotando, fumando, hablando de dietas, de horas extraordinarias. Tuve que empujarle suavemente, admirado licenciado Vidriera mexicano, para que no se me rompiera, para que no se fuese, para que no se me desleyera como un terrón en un vaso de agua. Concedió la entrevista: ay, impagables monosílabos del gran Rulfo. A García Márquez solo le di la mano en una comida que organizó en el Banco Exterior de la carrera de San Jerónimo Pacofernándezordóñez, un ministro que hubo con UCD–PSOE, célebre por sus filtraciones a los periodistas, y que nos invitó al besamanos con Márquez –acababa de ser Nobel– con motivo de una exposición sobre pinceles colombianos. Le dimos la mano en total silencio, casi bajo palio se movió. Podía recordar al argentino Manuel Puig, el beso del hombre araña, entrañable hombre enamorado del cine, de la literatura y de la vida, y también de los chicos brasileños, y allí enfermó, y al que Saladrigas le hizo una estupenda entrevista, que la otra tarde he leído con mucho gusto. Como también aparece el cubano Severo Sarduy, con quien pasé una tarde de sábado inolvidable, me quiso llevar a su habitación –donde habría menos ruido–, una tarde en la que él estaba un tanto mustio –mal de amores–, una llamada telefónica desde París que no había dado el fruto deseado, estado de ánimo que dejó escrito en la dedicatoria, que por aquí asoma. Una entrevista que le hice para el suplemento de Disidencias de Diario 16, con motivo de la publicación en España de su novela Colibrí.


Una entrevista, copio de una página arrancada del diario ennoblecida por ese color amarillento que se les pone a las viejas planas de los periódicos guardadas –era pretecnológica– en viejas carpetas, que empezaba así:

La cita era un sábado a media tarde en el hotel Gran Versalles. Pero no. Severo Sarduy me esperaba en el hotel Conde Duque hablando por teléfono con París. Llegué al segundo hotel, le llamé y aguardé en el vestíbulo. Por fin, apareció él, sonriente, disculpándose casi desde el ascensor. Portaba un enorme bolso de viaje, “banal, ¿no te parece?”, me preguntó después. Buscamos un sitio tranquilo para charlar. En el bar, a un paso del bingo, debajo de un escandaloso televisor. “Cuéntame cosas, qué haces, quién eres”, me apremiaba, y yo intentaba saciar su curiosidad, no su sed, “a ver si nos atienden, tomamos un trago y charlamos, sí, sí, venga, dime…”.


Severo Sarduy

Yo traía las preguntas en un cuaderno, y apuntaba, apuntaba; estábamos hablando del polaco Witold Gombrowicz, el argentino don Vitoldo, cuando decidió que abandonáramos el ruidoso bar, “con este ruido no me puedo concentrar, ¿nos vamos a mi habitación?”, sugirió, vamos, acepté yo, pero en recepción nos cortaron el paso, al pedir Sarduy que nos subieran unos tragos a la habitación, el cortés empleado, tan cortés como firme, le hizo saber que las normas de ese hotel no permitían subir ni bebidas ni transeúntes. Varados en mitad del vestíbulo yo sugerí un pub que estaba a un paso, “pues vamos”, dijo él. El pub, en la parte de arriba, estaba lleno de parejas sabáticas que se buscaban los cuerpos, “me has traído a un besódromo”, exclamó divertido, y pidió su bebida, “con mucha vodka, por favor”, y todo ello dicho, no a media voz, sino con fuerza, con seguridad, como si fuera la reina del guateque, y los cuerpos se desperezaron, y empezaron a prestarle atención, y él aquella tarde dio una clase en voz (muy)alta con su hermoso acento cubano sobre Gombrowicz, sobre Lezama Lima, su maestro, aquel gran escritor asmático que ponía las comas y los puntos a su manera, pues qué sabe uno, lector, de cómo puntúan los asmáticos; tengo entendido que de forma distinta. Aquella tarde, aquellas cabezas desanudadas en aquel altillo del pub inevitablemente atentas a la conversación, aquella espléndida lección con copa en mano, hablaba de sus maestros, de Gombrowicz, de Lezama y, sobre todo, de Virgilio Piñera, que le animó tanto a escribir, “no lo olvidaré nunca”, me dijo, “él era muy amanerado, ¿sabes?”

Entrañable Severo Sarduy al que me he encontrado, la otra tarde en el libro de Saladrigas y me ha llevado a buscar papeles míos amarillentos en la alacena de los trabajos penados y acaso redimidos. Nunca he vuelto a aquel altillo del pub de la Plaza del Conde del Valle de Suchill. La voz cálida y estridente de Severo Sarduy todavía debe estar atrapada en aquella moqueta del pub.




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