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La línea de sombra

Daniel Tubau

Entre el corazón y el cerebro

danieltubau@gmail.com


Actuar siguiendo los dictados del cerebro o los del corazón es una dicotomía a la que son aficionadas muchas personas. Por “corazón” hay que entender “emoción”, “sentimientos”. Es una imagen clásica, aunque no está claro si es la más adecuada, porque el corazón lo que hace fundamentalmente es acelerarse o pararse, pero tiene menos matices emocionales y capacidades sensoriales que, por ejemplo, el estómago o el esfínter. Pero la imaginación popular y también la más selecta han elegido siempre el corazón como sede de la emoción.

Las personas que defienden el uso del corazón en nuestro actuar dicen que los partidarios de la “fría razón” (el corazón ya sabemos que es “caliente”) pueden cometer todo tipo de crueldades y crímenes, que son capaces de matar sin temblar, y recuerdan que los psicópatas carecen de empatía y sentimientos.

Por su parte, los partidarios de la razón dicen que quienes apelan continuamente al corazón se dejan llevar por impulsos incontrolados, por pasiones irreflexivas que les llevan, en el ardor de su emoción, a justificar o cometer cualquier crimen, sin pararse un momento a pensar si es correcto o justo lo que están haciendo. Sus sentimientos de amor son poderosos, pero los de odio no lo son menos y a menudo, demasiado a menudo, el amor se convierte en odio con la misma pasión y empuje.

Creo que tienen razón los dos bandos y que se pueden encontrar infinidad de ejemplos en un sentido o en el otro. Incluso hay muchas personas que no se sabe si pertenecen a una categoría o a la otra. Fijémonos en los que se consideran los cuatro mayores asesinos de masas del siglo XX: Mao Zedong, Stalin, Hitler y Pol Pot. Si el lector cree que he olvidado alguno, lo que es probable, porque el siglo XX ha dado quizá más asesinos de masas que ningún otro siglo, puede añadirlo a la lista. Como decía Monsieur Verdoux en 1947, ¿cómo considerar el peor asesino conocido a alguien que ha matado a cinco o diez personas?


Pues bien, pensemos en los cuatro asesinos de masas antes mencionados (dos de ellos ya habían actuado o todavía estaban en activo cuando Chaplin hizo la película). ¿A qué categoría pertenecía cada una de estas personas, responsables no de seis, siete o sesenta muertes, sino de millones de asesinatos? ¿Actuaban siguiendo los dictados de la razón o los del corazón? ¿Un frío cálculo, una simple suma de beneficios y perjuicios? Podemos sospechar que en algunos casos debió de ser así, por ejemplo si pensamos en Mao Zedong o en su primer inspirador, Lenin (que no tuvo tiempo para igualar a los otros cuatro). Cuando Lenin pedía de manera enérgica que se empleará el terror de masas, cuesta imaginar que de verdad estuviera furioso, que se dejara llevar por el corazón:

Camarada Zinoviev, acabamos de saber que los obreros de Petrogrado deseaban responder mediante el terror de masas al asesinato del camarada Volodarsky y que usted los ha frenado. ¡Protesto enérgicamente! Estamos comprometidos: impulsamos el terror de masas en las resoluciones del sóviet. ¡Es i-nad-mi-si-ble! Los terroristas van a considerar que somos unos locos blandengues. Resulta indispensable estimular la energía y el carácter de masas del terror dirigido contra los contrarrevolucionarios, especialmente en Petrogrado, cuyo ejemplo es decisivo. Saludos, Lenin.


Parece, tras una apariencia pasional que detrás hay un cálculo frío acerca de los beneficios de emplear el terror como instrumento político. Lo mismo parece suceder con afirmaciones de Mao, como: "Un poco de terror siempre es necesario" o «La mitad de China puede morirse si a cambio conseguimos la bomba atómica». Pol Pot, según parece, tampoco se dejaba llevar por el corazón, o al menos por un ardor pasional, cuando preparaba el exterminio de su pueblo o la indicación de que cada camboyano debía matar a 30 vietnamitas. Según cuenta Norodom Sihanuk:

Su carisma no se manifestaba de manera violenta o en un estilo dramático, sino más bien a través de una suave y gentil manera de hablar que llevaba a una intensa seducción.


Sihanouk añadió que “Pol Pot trajo a su mente al ruiseñor, que seduce a sus víctimas con sus maneras y suave voz.”

Sin embargo, en el caso de Hitler y de Stalin es fácil imaginarles dominados por el corazón, por pasiones irrefrenables, siempre en privado, claro, con estallidos de ira como la célebre escena de Hitler con su alto estado mayor tantas veces parodiada en vídeos de Internet. Da la impresión de que su ambición política esconde cuestiones más emocionales, frustraciones,  odios difíciles de reprimir, traumas no resueltos.


Seguramente los retratos anteriores son sólo caricaturas y la personalidad de esos cuatro asesinos de masas no puede reducirse a la dicotomía, quizá un poco falsa, como veremos en próximas líneas de sombra, entre razón y emoción, cerebro y corazón. Pero, más allá de los cuatro nombres, de esos cuatro personajes a los que nos gusta considerar locos para así sentirlos como una anomalía y no identificarnos con ellos, hay que recordar que había cientos de funcionarios, miles de cómplices y millones de personas que, a veces con la razón y a veces con la emoción, no sólo soportaban sus crímenes, sino que los justificaron durante años o décadas. La verdadera tragedia no es que personas como esas alcancen el poder, sino que personas como nosotros lleguemos a apoyarlos y justificarlos. Quizá lo que sucede es que no somos tan diferentes de ellos.

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www.danieltubau.com




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