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El pizarrín

Javier Goñi

Max y Moritz


Déjenme que les diga lo que me ha supuesto volver a leer, estos días pasados, tantos años después, las divertidas y crueles travesuras de Max y Moritz, esa pareja de gamberros, escritas y dibujadas, a mediados del siglo XIX, por Wilhelm Busch, un clásico de la literatura infantil alemana. Ha sido como estrellarse contra un gran ventanal en mi comprensible distracción leyendo, estos días pasados, esta cuidadosísima edición que ha puesto delante de nosotros Impedimenta –para mí un acontecimiento editorial, aunque no pretendo convencer a nadie de que esto sea así-; un gran ventanal hecho trizas, y cuyos pedazos, en el suelo, son cada uno de ellos fragmentos de memoria, de recuerdos, una memoria infantil que se diluye, o no, en la ficción. Se diluye, o coge cuerpo con la ficción. Según.


Mil pedazos de cristal que me han llevado a una Zaragoza, envuelta en algodones, como nubes volteadas por el cierzo, de hace 50 años cuando uno era uno más, un niño que iba al Colegio Alemán, que estuvo en la Gran Vía, y después en un piso destartalado, al otro lado del río Huerva, al otro lado de las vías del tren. Todo, entonces. Un Colegio Alemán donde estudiabas también tú, mi amigo de esos años, Falo, Falín, te llamábamos porque todos te llamaban así, Falo, Falín, aunque tu nombre era Rafael, claro. Un Colegio Alemán, primero en la Gran Vía, luego, al otro lado del río Huerva, Zaragoza de principios de los años sesenta, cuando Nikita Kruschev, cuando la crisis de los misiles, amenazó con enviar uno de aquellos mortíferos pepinazos a cualquier ciudad del mundo donde hubiera, en sus alrededores, una base americana. Y en Zaragoza estaba la base de los americanos, bien lo sabían, sabíamos, aquellos niños de entonces, tú, Falo, Falín, Rafael, yo, y otros del Colegio Alemán, a los que nos obligaban a leer en su idioma original Max y Moritz y Pedro Melenas, otro clásico de la literatura alemana.

Subía a tu casa, Falo, Falín, Rafael, vecino y amigo, con Max y Moritz bajo el brazo, si teníamos que repasarlo, o con un tomo encuadernado de El Capitán Trueno  u otro apaisado de Hazañas bélicas. Tú vivías con tu madre –de tu padre no se hablaba, no existía, o sí, escribía a veces en la prensa local, en Heraldo de Aragón- y con tu abuelo, Zeus tonante, que tenía una tropa de amigos, todos camisas viejas e incluso un caballero mutilado, demediado en el altar de la patria, cuando lo de la Cruzada, veinte, veinticinco años antes. A tu abuelo, entonces, le gustaba mucho que le leyéramos, en voz alta, Max y Moritz, saboreaba las palabras alemanas, una a una, como si fueran olivas negras, arrugadas, las daba la región, que las tenía en un platito, cerca de su mano, junto al vaso de vino con sifón, que bebía con parsimonia.


A tu abuelo le gustaba todo lo que sonaba a alemán. Como no había padre en tu casa, Falo, Falín, se hacía cargo de tu libro de calificaciones, cuando lo llevabas a casa, y tú le leías, Betragen, 3, Mitarbeit, 3, Ordnung, 2; Spanisch, 8; Deutsch, 5; Rechtschreiben, 5; Lesen, 5; Naturkunde, 8; Erdkunde, 8; Geschichte, 8; Schreiben, 7. Tu abuelo llevaba el ritmo de las palabras tudescas con una ensoñación wagneriana propia de la cabalgata de las valkirias. A veces entraba tu madre a ver qué hacíamos. Era una mujer muy guapa, en el recuerdo de un niño de diez años, siempre con el pelo recogido por detrás, pómulos sobresalientes, los labios acotados por el rouge, en la mano un cigarrillo encendido, la rebeca por encima de los hombros. Tu madre trabajaba en una oficina por las mañanas, y por la tarde escribía, versos, publicó un libro por entonces, Pinares de Venecia, y tenía una tertulia de amigos, poetas y noctívagos en el Gran Café Niké, donde iban también, aunque se ponían en otra mesa, Miguel Labordeta y su gente. A tu madre, Falo, Falín, le gustaba leer. Novela francesa, del momento. Tu madre consideraba –me lo contaste- el francés como el idioma de la libertad.

A tu madre el francés le parecía, sí, la lengua principal, la de los afectos, la de los sentimientos, la del amor. No se opuso –me lo contaste-  a que estudiaras en el Colegio Alemán de Zaragoza, por lo menos aprenderás alemán, hijo, te había dicho, un idioma muy distinto al nuestro, hijo, te vendrá bien saberlo, y aprenderlo de verdad, hijo, se reía tu madre, y no ese alemán que pretende enseñarte tu abuelo, hijo, ese alemán a trancas y barrancas, el alemán del sueño de tu abuelo. El sueño, aquel, el que le frustró tu abuela, el de aprender alemán e irse a la División Azul: lo azul, para tu abuelo, era lo masculino; lo amarillo, lo femenino; y lo rojo, lo neutro. De cuando tu abuela le rompió en pedazos la hucha de barro con sus sueños: el conquistar Moscú con la camisa azul bajo el uniforme alemán de la hispanísima División 250, “unidad de la otrora poderosa Werhmacht”, decía tu abuelo, y la frase, en su sonoridad germánica, se te quedó enganchada en la memoria y muchos años después la encontrarías, la frase, ...otrora poderosa..., en una novela de Tomás Salvador, División 250, también llamada División Española de Voluntarios, o División Azul o, simplemente, escribía Tomás Salvador, la “División”; de allí habría tomado, tu abuelo, lo de ... otrora poderosa...


De cuando tu abuela le frustró el viaje patriótico le quedaba a tu abuelo un precioso folleto apaisado, que muchos años después tu madre reencontraría en esa casa varada en el tiempo y que te enviaría, me contarías más tarde, Rafael, como tantos otros materiales, a lo largo de los últimos meses de su vida, cuando en su cabeza la memoria había perdido su rostro y tú utilizarías, obsesionado por interpretar así su última voluntad, como papel viejo para avivar los leños de tu propio recuerdo, la chimenea de tu misma memoria, y ese fuego que crepitaba con los materiales de tu madre, con sus papeles y sus silencios -los silencios prenden muy bien, lástima que no se puedan utilizar industrialmente para las barbacoas familiares-, acabaría convirtiéndose en rescoldos, en inanes brasas.


Era aquel folleto, apaisado, de la Editorial Juventud, año 1940, con un profesor armado con todas sus distinciones académicas y una paleta en una mano y un pincel en la otra, y con la pintura y el pincel le ponía un color al Der masculino, otro al Die femenino y otro al Das neutro. Y aquel título que solo puedes recordar si lo lees todo corrido, a la carrera, con una cierta nostalgia que se va humedeciendo: La suprema dificultad en el estudio del idioma alemán, definitiva y universalmente resuelta. EL ALEMÁN EN COLORES. Procedimiento cromático, original y exclusivo para aprender con asombrosa facilidad las palabras, CON SU GÉNERO, en el idioma alemán. Y la firma del autor de tan extraordinario método pedagógico: Por Francisco Piñol, que debía ser, a lo mejor como una especie de bienintencionado profesor Franz de Copenhague, el de los grandes inventos de TBO, quién no lo recuerda.


Y así decidió tu abuelo enseñarte su venerado idioma, ése que apenas sabía él mismo, lo justo, en todo caso, para corregirte una doble ese, Der Sessel, El sillón, en azul, masculino; una doble uve, Die Krawatte, La corbata, en amarillo, femenino; o una doble a, Das Haar, El pelo, en rojo, neutro. Tu madre no se opuso a que primero dieras los primeros pasos con ese tacataca de colores y después te matriculase en el Colegio Alemán, con cuyo director tenía amistad de antiguo, decía, aunque hubiese preferido ella meterte en el Santo Tomás de Aquino de los Labordeta, padre e hijo, y donde ella se había iniciado en la docencia, aunque la dejara pronto para emplearse en una oficina que también le buscó tu abuelo, y donde trabajaba por las mañanas, y por las tardes daba algunas clases particulares, además de la poesía y sus demás esparcimientos. Tu madre no se opuso, no, a que balbucearas alemán y seguía tus progresos sobre una lámina de animales, Das Tier: Der Adler, El águila, ¿color?, pues azul; Die Ente, El pato, ¿color?, pues amarillo; Das Krokodil, El cocodrilo, ¿color?, pues rojo. Das Krokodil, das Kokrodil, das Krokrodil, no podías y se te ponía la cara de color neutro, ¿color?, pues rojo, y tu abuelo se reía, él y su banda, Tomás se reía, y el caballero mutilado se reía, y Beltrán y Matías se reían, y tú, me contabas, te atolondrabas más, te atrolondrabas más, y tenía que salir tu madre en tu defensa: déjenle en paz al crío, son como niños, ¿no le da vergüenza, padre?, y tu madre, bienintencionada, te defendía  cuando tú, picado en tu amor propio, ibas a conseguir decir, todo de corrillo, y no de crorillo, Das Krokodil, Das Krokodil, Das Krokodil. Y ellos se reían. A tu madre, no, no le importaba que aprendieras alemán de una forma tan pedestre, ¿predestre?, ¿predreste?, pues en alemán se habían escrito las Elegías de Duino, de Rilke, Die Duineser Elegien, ¿color?, pues amarillo, y la versión, ¿del francés, o directamente del alemán, con la ayuda, te enterarías mucho tiempo después, de una espía alemana, guapísima, que los traía locos a Ridruejo, a Rosales, a los laínes?, de Gonzalo Torrente Ballester la tenía tu madre y acaso la leyera por aquellos años en que se decidió tu educación bilingüe, bilingüe es mucho decir, bilingüe es faltar a la verdad.


Pero tu madre, además, quiso que aprendieras francés, y se empeñó en que lo amases como lo amaba ella y ponía en su tocadiscos un disco inmenso, negro y pesado y sonaba Frère Jacques, Dormez-vous? Sonnez les matines!, Bim, bam, bom, y un par de lecciones más tarde se oía con una dicción perfecta como de madame de Tours un fragmento de conversación que tú, a tus  nueve, diez años, aprendiste como un papagayo sin saber no lo que quería decir aquello en francés, sino lo que podría significar incluso en español: basta cerrar los ojos y recordarlo:... Alors, que pensez-vous de la situation politique? Mon Dieu, pas grand-chose de bon; pour moi, la crise ministérielle est inévitable, y esas palabras mágicas, crise ministérielle, vaya usted a saber cuál, qué cuarta o quinta república está cayendo, qué general De Gaulle le dice a su millar de quesos diferentes que la France c´est moi, esas palabras mágicas avivan el fuego de la chimenea de la memoria. Y te gusta el recuerdo, Falo, Falín, sentirte zarandeado por el lado de tu abuelo: Der Hafen, Der Fluss, Der Berg, Der Strand, Der Zug, Der Bahnhof; ¿color?, pues azul, azul, azul, masculino, masculino, masculino, Der, Der, Der.

Sentirte agarrado por el lado de tu madre: S´il est vrai que l´élaboration de la cuisine est un témoignage de civilisation, les Marocains se présentent en bonne place dans la hiérarchie de l´evolution humaine. Leur cuisine est le fait d´un pays où le temps ne compte guère...  Ah, esa hermosa guía de Maroc de Les Guides Modernes Fodor, que tu madre te dejaba consultar, pasar las yemas de los dedos por aquellas fotografías, por aquellos mapas, donde encontrarías, cuando el terremoto, la ciudad de Agadir, en la costa, más abajo de Marrakech, y te traducía párrafos que ella consideraba no demasiado complicados para ti, ...hiérarchie de l´evolution humaine..., y soñabais juntos viendo ciudades, rutas de caravanas de mercaderes, conjuntos de jinetes acrobáticos, mujeres del Atlas que danzaban en blanco y negro, y un pequeño marcapáginas de color verde que cómo diablos había ido a parar a ese libro, y ese libro cómo había llegado a tu madre, y el texto del marcapáginas: Papeterie (sic) Librairie. Tous Articles de Bureau. Mlle Menault, 44, Place Mohammed V, Casablanca. Téléphone 270-33.

Un marcapáginas que igual podías tener guardado en una de aquellas cajas metálicas de Mantequilla de Soria, donde tenías todos tus tesoros de entonces: las canicas, las chapas, los lápices, los bolígrafos, la pluma de la primera comunión que se te estropeó en seguida, el carné de socio de El Globo de Colores, los sellos, las monedas de todo el mundo, unos pocos escudos portugueses, unos francos franceses, algunas monedas sueltas, inglesas tal vez, con el lío de los peniques y de los chelines, y unos billetes mugrientos de marcos alemanes. Millones de marcos, papel mojado, billetes que tu abuelo había coleccionado durante años, olvidándose ya de quién se los había regalado o quién se los había traído, y por qué, y con los que amenazó –tantas veces me lo contaste- a tu abuela, a la que no conociste, cuando se empeñó en irse a la División Azul. Tu abuelo te contaba que había cogido esos billetes: ves, ves, son millones de marcos, le amenazaba a tu abuela, cuándo has visto tú un billete así, con uno de éstos me acerco con los alemanes hasta Moscú, me basta y me sobra, le asustaba, y no vuelvo, mujer testaruda. Eso decía tu abuelo que le había llamado: mujer testaruda, y te imaginabas a tu abuelo renunciando a su sueño, sabiendo que esos billetes no tenían valor alguno, te lo había reconocido, quédate con mi secreto, que con ellos no se iba a Moscú, enrolado en la División Azul: Rusia Es Culpable, aquel grito de Serrano Súñer en el No-Do de tu abuelo. Ni a Berlín. Por más que tu abuelo pensara que ya estaba listo con El alemán en colores de Francisco Piñol.


Si esto fuera una película de lenguaje cinematográfico convencional, la imagen se aclararía, tendríamos un primer plano de mi cabeza y unos ojos fijos mirando el horizonte. Dejaríamos así la posible ficción, o lo que fuese lo que se ha colado, acaso una niebla, La niebla, de John Carpenter, líneas más arriba, y volveríamos a lo real, este último fin de semana, cuando he disfrutado de la hermosa edición que, en traducción de Víctor Canicio, acaba de sacar Enrique Redel, el responsable de Impedimenta. Una edición preciosa para contarnos estas crueles travesuras de un par de zipi-zapes, que a mí de niño me inquietaron un poco: cuando el molinero los convierte en grano, que se comen las ocas, o cuando el sastre le corta los dedos o una chica se prende fuego y se convierte en un montoncito de cenizas. Sé, sí, que estos dos avatares últimos no son de Max y Moritz sino de otro libro, otro clásico, con su moraleja cruel, también de la época, Struwwelpeter, Pedro Melenas, que hace 25 años también tradujo Víctor Canicio y editó, entonces, José J. de Olañeta, el editor de Palma, y que llevaba una cuidadosa introducción de la hoy muy olvidada Carmen Bravo-Villasante. Por entonces también, hace 25, 30 años, Alfaguara sacó una edición –no tan hermosa como la de Impedimenta- del Max y Moritz, en la misma versión de Canicio. Ambos libros realmente hoy no pasarían la prueba del algodón de la corrección política en literatura infantil –qué harían con ellos los bienpensantes inquisidores-, a mí los dos cuando los leí, a los diez años, me inquietaron en algunas escenas. A mí, hoy, 50 años después, volver a encontrarme con el Max y Moritz que me ha regalado el otro día Enrique Redel me ha gustado mucho. Se me ha disparado, incluso, la imaginación. Se lo voy a dejar leer, no obstante, a ver qué pasa a mi hijo Mateo que tiene 10 años. Aunque él me insiste que quiere ver Malditos bastardos de Tarantino. En eso estamos.




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