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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

The (pretérito) artist


The artist, de Michel Hazanavicius, es un filme hermoso pero algo afectado, una película bella y tramposa a partes casi iguales. Un ejercicio de reflexión lúdica, irónica y tal vez algo melancólica sobre la propia industria del cine a la que rinde pleitesía estética aunque en su argumento sea un melodrama sobre su lado más despiadado.

El paso del mudo al sonoro, traumático para muchos, está en el germen de obras maestras como Sunset Boulevard de Billy Wilder y marcó la carrera de hombres como Chaplin, uno de los muchos homenajeados en este delicioso collage,  en este mordaz pastiche que deja un sabor delicioso pero algo efímero al ponerse al servicio de cierta inocuidad ideológica a favor del entretenimiento del  gran público.

El gran mérito de The Artist no es tanto su reconstrucción cuidadosa aunque algo aparatosa de un periodo, un lugar geográfico, cronológico y mental (Hollywoodland) o un estilo de cine recuperable como lograr, por sus propios medios, conmover al espectador a partir de personajes algo irreales y afectados como el protagonista masculino, encarnado con encomiable destreza, pero cierto histrionismo, por Jean Dujardin, al que  no obstante le roba más de una secuencia el encanto y la sobriedad de Bérénice Bejo.

Resulta finalmente un filme cálido y hermoso, un vigoroso ejercicio de estilo que nos recuerda que la esencia del cine es la imagen, aun cuando uno no se sienta tan inflamado y vulnerable como ante una verdadera obra maestra del cine mudo.

Un aperitivo




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