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La línea de sombra

Daniel Tubau

Bichos

danieltubau@gmail.com


Tal vez el lector de La línea de sombra ya ha intuido por qué elegí este título, robándoselo a la célebre novela de Joseph Conrad, para mi nueva sección de Divertinajes. Mi intención es moverme más acá y más allá de esa línea que separa el bien del mal, la crueldad de la piedad, el amor del odio, la vida de la muerte, lo moral de lo inmoral o amoral. Casi nada.


Antes de decidirme por el título actual, pensé en otro: Viaje al corazón de las tinieblas, también casi conradiano, porque mi intención era y es emprender un viaje al lado más oscuro, siniestro, inquietante, de la mente humana. Los primeros dilemas han sido sencillos. Pocas personas han dudado acerca de qué harían si tuviesen que elegir entre salvar a un perro o un cuadro (Incendio en el museo y El arte o la vida), pero sé que algunos lectores, tras leer El tamaño de la emoción, también llegaron a plantearse dónde se sitúa exactamente la línea que señala su amor hacia los animales: ¿es una cuestión de tamaño, de apariencia, de ideas preconcebidas? Tras emociones tan intensas y espontáneas como el amor o la ternura podemos descubrir tópicos e ideas aprendidas, prejuicios y una dependencia mayor de lo que nos gustaría admitir de la sociedad y el momento en el que nos ha tocado vivir.


Francis Bacon

Francis Bacon señaló con una lucidez asombrosa en su Novum Organum que estamos a merced de cuatro tipos de prejuicios o “ídolos”: los de la tribu (idola tribu), los del foro (idola fori), los de la caverna (idola specus) y los del teatro (idola theatri). En futuros artículos me ocuparé en detalle de estos ídolos o prejuicios, pero por ahora sólo diré que en nuestra opinión  acerca de los animales se mezclan los ídolos del foro, que tienen mucha relación con el lenguaje y cómo definimos las cosas, y los del teatro, que dependen muchos de las ideas a las que nos sentimos cercanos y en especial de las ideologías. ¿Por qué?

En primer lugar, veamos qué diablos tiene que ver el lenguaje con nuestro amor a los animales. Como señalé en El tamaño de la emoción, parece que no sentimos lo mismo por un perrito o un gatito (nótese el diminutivo cariñoso) que por una cucaracha. Una cosa son los “animales” y otra muy distinta los “bichos”. Por los animales sentimos cariño, mientras que por los bichos sólo experimentamos repulsión y asco.

Alguien aquí podría interrumpirme (si esto fuera una conferencia y no un artículo) y decir: “Sí, claro, es que el lenguaje expresa una distinción real: no es lo mismo un gato que una cucaracha”. De acuerdo, puede que tenga razón, aunque ya vimos la semana pasada que los jainistas consideran que lo que nosotros llamamos bichos también son animalitos; que se ponen una gasa delante de la boca para no tragar accidentalmente insectos y que también caminan con una escoba, barriendo el suelo con suavidad delante suyo para no pisar hormigas, escarabajos o… ¡cucarachas!

Permítanme un inciso antes de continuar: a nadie le gusta pisar cucarachas. ¿Por qué? Porque suenan. A pesar del asco que solemos sentir hacia ellas, eso de escuchar cómo su estructura se deshace bajo nuestro zapato no nos acaba de gustar. Interesante. Volveremos a hablar de ello cuando llegue el turno de hablar de “los chirridos de la maquinaria” de los que hablaba René Descartes y antes que él el español Gómez Pereira.

Pues bien, la diferencia más clara entre animales y bichos es que a los  animales hay que tratarlos más o menos bien, incluso muy bien en ciertos casos, mientras que a los bichos se les puede aplastar. Por eso, cuando queremos matar a un enemigo, lo primero que hacemos es convertirlo en un bicho. ¿Creen que bromeo?


Pues no bromeo. Ese ha sido el método durante los últimos dos mil o cinco mil años, gracias al cual hemos podido cargarnos a nuestros enemigos sin remordimientos: al fin y al cabo se trataba de bichos, no de seres humanos. Es lo que se llama la “deshumanización del enemigo”, que se práctica todavía hoy en todos los ejércitos del mundo. Los enemigos son bichos, o si se prefiere bultos indeterminados. Es una táctica que han empleado los colonialistas, los imperialistas, los nacionalistas y los nazis, los fascistas, los comunistas y cualquier otro grupo o ideología que ha tenido que enfrentarse al fastidioso problema de eliminar a todos esos seres humanos que no compartían sus ideas. Es difícil matar seres humanos fríamente, pero no lo es matar a bichos repugnantes, a cucarachas, a gusanos, a insectos. Tal vez alguien piense que estoy exagerando, pero me temo que no es así y el lector, si sigue queriendo adentrase conmigo en la zona oscura, más allá de la línea de sombra, tendrá ocasión de conocer o recordar muchos ejemplos elocuentes.

Por el momento les dejo con una escena de la película Tropas espaciales, de Paul Verhoeven, en la que los protagonistas se enfrentan  a unos bichos repugnantes y los matan con todas sus ganas. Verhoeven, aficionado al cine de aventuras y a matar a diestro y siniestro había recibido muchas críticas por ello, así que decidió que en su próxima película el enemigo serían bichos tan repugnantes que nadie pudiera sentir compasión por ellos. ¡Qué alegra poderlos matar y ver cómo los matan sin remordimientos! Es lo bueno que tienen los bichos.

Visita la página web del autor:
www.danieltubau.com




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