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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

División Azul sobre fondo blanco


Tras El corredor nocturno, Gerardo Herrero vuelve a incidir en el thriller psicológico con Silencio en la nieve que es, una vez más, la  adaptación de una novela reciente.

Sorprendentemente, a Herrero (más literato que realizador, más productor que creador de formas) le sale una película intensa a partir de una premisa algo arriesgada: un asesino en serie se infiltra en un batallón franquista de la División Azul destinada a Rusia para luchar mano a mano con Hitler y el más oscuro fascismo. Pero Herrero minimiza las cuestiones políticas y filosóficas en favor de una historia en tres actos acerca del descenso en busca de la verdad de un ex policía (Juan Diego Botto) encargado de resolver el asunto en un lugar perdido y helado donde los falangistas y los traidores se dan la mano en lo que ellos llaman “lucha contra el comunismo”.

Herrero sabe dibujar la chabacanería con pocas pinceladas: el machismo, la intolerancia, la fatuidad, la homofobia, la jerarquización y el miedo al entorno, así como construir decorados visualmente atractivos pero algo teatrales en los que se revuelven sus criaturas, pero tiene que privilegiar un único punto de vista que es del soldado que encarna con notable esfuerzo, pero sin suficiente entidad , Juan Diego Botto, que da vida al inspector Andrade, poniendo una nota levemente discordante en el grupo y resultando ser  casi el único personaje en el que podemos apoyarnos. El problema es que el director no sabe cómo resolver con soltura su alambicada historia y al no amar demasiado a sus criaturas (a pesar del esfuerzo desaprovechado de  Carmelo Gómez y el del propio Botto) nos comunica una sensación de frialdad y desapego, como de estar asistiendo a un mero entretenimiento contado con suficiente ritmo y crudeza para que no decaiga en exceso el interés del espectador. Las historias paralelas como la de la vida anterior de los protagonistas, la de amor con una joven rusa o las razones de los superiores para que el misterio no salga a la luz quedan meramente esbozadas sin llegar a ninguna parte.

Pese a ser un relato algo tramposo y esquemático, podemos rescatar la fuerza de  las imágenes y secuencias aisladas que impactan con acierto en el espectador: el juego de  la ruleta rusa en una atmosfera enrarecida, el fusilamiento masivo en una iglesia, los caballos hundidos en el hielo o esas minas que explotan anunciando la muerte en un lugar en el que, según palabras del “mejor amigo” del protagonista, “ya están todos muertos”.




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