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La línea de sombra

Daniel Tubau

El tamaño de la emoción

danieltubau@gmail.com

En las dos últimas semanas he tratado en esta página del dilema que ofrece salvar un cuadro único o un perro anónimo. En Incendio en el museo vimos que los intelectuales y los artistas parecían ser más capaces de elegir el cuadro, al menos en mayor proporción de lo que lo hacían las personas que en principio no se definen a sí mismos o no son definidos públicamente como artistas o intelectuales. Sin embargo, cuando en vez de elegir entre un cuadro y un perro se sustituye a este animal por una rata o una cucaracha los sentimientos humanitarios hacia los seres vivos parecen atenuarse (El arte o la vida). Eso nos muestra, en primer lugar, que las razones que damos para justificar nuestras emociones casi siempre son accidentales. Como decía un francés cuyo nombre nunca consigo recordar: “Nuestras razones son las esclavas de nuestras emociones”, una sentencia que nos dice que primero reaccionamos y luego razonamos.


Hay que reconocer que es bastante cierto que casi siempre nuestras justificaciones nacen a posteriori, para intentar explicar o entender por qué hacemos las cosas. Decimos que hay que salvar al perro “porque es un ser vivo” y porque “la vida siempre está antes que cualquier otra cosa”, pero cuando ese ser vivo es una cucaracha, ya no lo decimos tan alto. A lo mejor deberíamos decir hay seres vivos hacia los que sentimos una simpatía especial y que los seres vivos hacia los que no sentimos tanta simpatía nos importan mucho menos, o nada. En España uno de los platos gastronómicos más solicitados es el conejo o la liebre: asado, al ajillo, en guiso. Nos parece delicioso. Pero en Japón, Australia, y creo que también en China, comerse un conejo es como comerse un perro. Por el contrario, en China y en Corea, al menos hasta hace bien poco, comerse un perro era de lo más normal, y todavía es un plato apreciado (tengo una amiga que hace poco lo probó).


Mi intención, al señalar las contradicciones anteriores, no es caer en una especie de relativismo que justifique cualquier acto porque alguien lo practique en algún lugar del mundo, pero sí señalar que, aunque muchas veces buscamos razones para justificar nuestras emociones, también sucede que nuestras emociones son causadas por razones previas, por prejuicios, por costumbres aprendidas. En España hemos aprendido que los perros son animales simpáticos, algo así como primos nuestros en el  mundo animal, y nos parece una barbarie comérnoslos, pero no dudamos en hincarle el diente a unas costillas de cerdo o a un jamón serrano, algo que horrorizaría a muchas tribus de Papúa Nueva Guinea, que aman a los cerdos por encima de cualquier otro animal. Lo mismo sucede en India con las vacas, que son sagradas.


Es muy posible que muchos lectores sientan cierta comprensión  hacia quienes tratan a cerdos, conejos o vacas como muchos de nosotros tratamos a perros o gatos, pero que les resulte más difícil trasladar esos sentimientos a animales  o “bichos” como las cucarachas o los mosquitos, entre otras cosas porque perros, gatos, vacas y cerdos son animales “bastante grandes” y con un aspecto no tan lejano del humano. Sin embargo, los jainistas de India se comportan del mismo modo con cualquier animal, por pequeño que sea, como puede verse en esta anécdota que el jesuita Carlos Vallés contó a Alberto Oliveras:

Los monzones, con sus lluvias, llenan el aire de insectos de todo tipo y hay un insecto pequeño de tipo verde, pronto aprendí su peligro, lo llaman "las meadoras" porque ese insecto cuando se posa en la piel no pica, sino que deposita una gotita de orina que produce una quemadura instantánea muy penosa en la piel. Claro, yo me defendía de las tales meadoras y si veía alguna meadora, cuando no me veían los chicos, claro, yo entonces ¡bah! Esta ya no mea, pero no me podía permitir ese lujo cuando ellos estaban mirando porque, ¿sabes lo que hacían ellos? Cuando llegaba un bichito de estos, estos bichitos "funcionan" desde el anochecer, durante toda la noche, hasta la mañana. Cuando empezaba a anochecer, venían los chicos con una caja de cerillas vacía, la ponían encima del insecto, cuando aterrizaba, cerraban la caja despacio, para no hacerle daño, y toda la noche, que es cuando he dicho que podía dañar, lo tenían encerrado en la caja. A la mañana siguiente, al salir el sol, abrían la caja y el bicho salía libremente.  (Fuente: Luis Vallejo.)


Jainistas se protegen la boca para no tragar insectos

Volveré a hablar de los jainistas, cuyas creencias, sintetizadas por Vallés son: "Respeto a la vida. No herir, no matar, no hacer daño a nada ni a nadie". Baste esta primera aproximación a ellos para mostrar que no siempre las emociones dependen del tamaño o el aspecto.
Mi intención en estos paseos por la línea de sombra es no opinar, o al menos no pronunciarme de manera dogmática acerca de los diferentes dilemas, sino dejar esa tarea al lector, quien espero que reflexione acerca del origen de muchas de sus emociones y simpatías aparentemente instintivas, pero casi siempre nacidas de la educación. Como pregunté la semana pasada: ¿dónde está la línea que separa, a los animales salvables en un museo que se quema de los que no lo son? ¿Dónde está la línea que separa a unos seres vivos de otros? ¿Por qué los perros sí y las ratas o las cucarachas no? ¿Hay unos seres vivos “más seres vivos” que otros?


Con estas preguntas dejo al lector hasta la semana próxima.

Visita la página web del autor:
www.danieltubau.com




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