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Errata

Evaristo Aguirre

Con uno mismo


“¿Conoces su música? –me preguntó el dependiente de la librería en la que entré a comprar Cartas a Emma Bowlcut, la novela de Bill Callahan–, porque este libro es como sus canciones –continuó sin darme tiempo a contestar–, si te gustan sus discos –remató– te gustará el libro”. Sí, conocía a Callahan cuando compré el libro, pero la verdad es que no desde hacía mucho tiempo. Unos meses atrás, un amigo me dijo, con una buena dosis de entusiasmo, que el músico tocaba por aquí; que no lo conociera la pareció casi imperdonable… Busqué y escuché a este cantautor americano. Me habían puesto sobre una muy buena pista. Por esas cosas del recién llegado, estuve muchos días con su último disco, Apocalypse (Drag City, 2011), que es el que presentaría en ese concierto al que, por supuesto, fui. En la entrada de la sala, un tipo repartía unas octavillas en las que se anunciaba la próxima publicación del libro del músico, su primera novela, esas Cartas a Emma Bowlcut (Alpha Decay, con traducción de Héctor Castells).


Las cartas a las que alude el título van una detrás de la otra; no aparecen las respuestas. El que escribe dice cosas como esta: “A mi hermana Fig y a mí nos dieron el biberón, mientras que a Thomas, nuestro hermano mayor, le dieron el pecho. Ahora tiene mujer y tres críos tremendos. Fig es un poco más voraz. Y, bueno, ya has visto cómo trato yo a la gente”. En realidad, ella no ha visto nada, porque no hay relación entre quien escribe y la receptora. Él la vio en una fiesta y entabla un diálogo unilateral; no es un monólogo porque habla con ella e incluso va sabiendo más cosas de ella (inventadas ¿no?) y da por hecho que ella le ha expresado opiniones, sentimientos. Pero no es verdad, por eso no hay respuestas.

“Un combate de boxeo es como una boda. Dios, ¡es tan bonito!”, dice el autor de las cartas. Claro que es un fulano raro, pero no mucho más raro que cualquiera. Se ha creado una amiga invisible, como hacen tantos niños, y en esa relación epistolar lo que hace es una suerte de terapia con él mismo, una terapia en la que aparecen manías, dudas, rarezas, cómo no. En lugar de hablar solo, como tanta gente, escribe cartas solo.  

Es verdad, el ritmo, las zonas oscuras, las frases de esta novela tienen una relación estrecha con las canciones de Bill Callahan. Quizá la banda sonora más apropiada de esta lectura no sean sus propios discos, quizá baste con una guitarra eléctrica un pelín distorsionada que vaya creando melodías o simples fraseos, allí al fondo, como sin molestar demasiado, aunque al pasar por algunas cartas las cuerdas se ericen y el amplificador chirríe, para volver a una calma resignada. (Mientras escribo esto, sí suena un disco de Callahan).

eaguirre@divertinajes.com




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