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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Regreso a Locus Solus


Es curioso, ¿y tal vez sintomático?, que en poco más de dos meses me ocupe dos veces de esta figura  única  e inclasificable de la literatura universal que fue Raymond Rousell. La culpa la tuvo, en el primer caso, la exposición que le dedicó el Reina Sofía  el año pasado, y  ahora, la publicación  en castellano de su novela más accesible,  y por tanto más famosa, Locus Solus (Capitán Swing) en una cuidada edición que incluye textos de Jean Cocteu, Michel Leiris, Alain Robbe-Grillet ,entre otros rousselianos convencidos.

Aparecida en1914, Locus Solus fue escrita como homenaje al que  consideraba el mejor escritor del mundo: Jules Verne. Pero la forma de rendir pleitesía  a su adorado Verne  no consistía  en copiar su estilo, sino en dinamitarlo con una poderosa y destructiva carga llevándose por delante todas las convenciones de  la novela decimonónica de aventuras  sacrificando, de paso, cualquier tipo de verosimilitud o apariencia de realidad en beneficio de una exploración fantástica del universo escrito: el del lenguaje, intentando a la vez resolver por la forma los problemas que en la novela tradicional se acostumbraba a tratar por el fondo. De esa forma surgió la maravillosa  y única aventura del lenguaje rousseliano. 

En Locus Solus, Rousell nos hace visitar  la finca que posee en las afueras de Paris un tal Martial Canterel, el cual nos servirá de guía a través de una sucesión de escenas  de brillante simbolismo. Nos encontramos, pues, ante una especie de feria de la locura descriptiva, donde el autor juega con los arquetipos e imaginería de la novela tradicional sometiéndolos a sus propias leyes, las de la fascinación del poeta, y logrando de esta forma la unión de dos corrientes literarias opuestas.

Como el resto de su obra, Locus Solus se basa también en esa tentativa de hacer retroceder los límites de las contingencias reales de un mundo que para él representa la encarnación de un fantasma que debía ser destruido. En ella desaparece todo entramado psicológico y demás aditamentos propios del género de aventuras, y así en el panorama novelístico francés de principios del siglo pasado como un huracán que traía en sus vientos furiosos las imágenes terroríficas y dementes de la cosmogonía interior de su autor, donde el paisaje realista de la novela clásica se desvanecía tomando su lugar el decorado atormentado de la psique del poeta.

A pesar de ser considerado por todos los artistas y escritores de la época como un auténtico genio, Roussel nunca obtuvo  el aplauso del público, ni su aceptación, lo consideraban un escritor “extravagante”, y ciertos sectores de la crítica lo denostaban porque ponía en juego su nula capacidad para entender y aceptar el cambio que propugnaba.

Su obra, sepultada en el olvido, tendría que esperar  bastantes años  a ser rescatada ─en ciertos aspectos─ por el movimiento  del noveau roman, con Alain Robbe-Grillet a la cabeza, que le restituyó con todos los honores al importante lugar que debía haber ocupado en la historia de la literatura moderna. Pero, inesperadamente, aunque no tan ilógicamente como pudiera parecer a primera vista, al rescate de su recuerdo vino también la ciencia-ficción de los años setenta.

Varios autores ingleses reunidos en torno a la revista inglesa New Worlds inventaron un término para una nueva forma de entender un “género” ─considerado sub-género, absolutamente infantilizado hasta esa fecha salvo raras excepciones─ y al que bautizaron como la New Thing (la Nueva Cosa), género que tomó los postulados del noveau roman (y tras él, de Roussel, Alfred Jarry, etc.). Para esos autores, el problema de fondo: credibilidad, linealidad del relato, realismo en los personajes, quedó reducido a un simple problema de forma.

Esta Nueva cosa, conocida también como Ficción especulativa, impuso y opuso sistemáticamente una estructura novelística  que obedecía a unas simples reglas formales, es decir, que mientras en el relato rousseliano raramente advertimos otra cosa que el decorado mental propuesto por el autor, el mismo esquema le sirvió a Ian Watson para realizar un trabajo de lingüística-ficción en El Proyecto Jonás bajo las convenciones de una clásica novela de suspense : aquí la forma tomaba las apariencias del fondo  relegando a éste al desván de los trastos inservibles. Watson es asimismo el autor de la metáfora que, de una forma más acertada, ha sabido descubrir las conexiones  existentes entre la Ficción especulativa y el universo de ficción propuesto por Roussel bajo la forma  de una fabulación apasionante y que responde al título  de Empotrados.

Jim G. Ballard, otro de los grandes de la literatura moderna, nos hizo visitar el Locus Solus de sus fantasmas particulares  acompañados de dos personajes símbolos en su novela, La exhibición de atrocidades.
Podría seguir  citando autores que se internaron en estos mismos jardines: Philip K. Dick en casi la totalidad de su obra, Kurt Vonnegut, y en España, un jovencísimo ─por entonces─  autor  llamado Mariano Antolín Rato, cuyas primeras novelas (Cuando 900 mil mach aprox, De vulgari Zyklon B manfestante y Entre espacios intermedios:WHAMM!) fueron la puerta por donde Locus Solus y Roussel entraron  en la literatura española actual, a través de los mundos virtuales y cibernéticos.

Y no serán los últimos en regresar a ese espacio del no-lenguaje…




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