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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

El corazón de la bestia


Construida con buen pulso y a través de alambicados saltos espacio-temporales, J. Edgar es excesivamente discursiva: no es la mejor película de Clint Eastwood, pero si aquella en la que —quizás debido  al guión de Dustin Lace Blank Milk— el director de El intercambio da una visión más pesimista de la vida estadounidense. Se apoya demasiado en la individualidad de un personaje antipático para retratar la historia de los EEUU desde los años treinta hasta el mandato de Nixon y, con algunas pinceladas aceradas y otras algo almibaradas, nos da una visión caleidoscópica de  la vida privada y pública del jefe del FBI.

El fascismo y la paranoia instaladas en la sociedad estadounidense están en el trasfondo de J. Edgar, pero Eastwood suaviza las aristas de su narración con su habitual canto al individualismo, sus apuntes sentimentaloides y su amor incondicional a las pequeñas virtudes que, a pesar de las grandes manchas de su historia, atribuye a los EEUU, que —a pesar de sus páginas más vergonzosas— parece ser el único modelo posible de organización sociopolítica.

Así, el filme, apoyado en el que es sin duda el mejor trabajo de Leonardo DiCaprio hasta la fecha, logra un sólido y mordaz fresco histórico y nos acerca a uno de los personajes más lúgubres y contradictorios de la historia del siglo pasado. Un hombre que persiguió a las minorías y dio la espalda a todos en aras de sus intereses, pero también un hombre abatido por sus propias contradicciones, secretos y su desmedida egolatría.

Estamos ante un filme interesante aunque desigual que, debido a su excesiva longitud y al notorio protagonismo de DiCaprio, que ensombrece incluso a Judi Dench y Naomi Watts, da una visión algo blanda pero bastante completa y documentada, del lado oscuro del establishement norteamericano: la delación, la competitividad, la doble moral, el heroísmo y la falta de escrúpulos de un individuo que llegó a obtener un inmenso poder, convirtiéndose en el brazo derecho de  los filibusteros y retrógrados que todavía pululan por la altas esferas de la  política.

Una película necesaria y llena de pequeños grandes momentos que no llega al fondo del corazón de la bestia y se limita a dar severas, inteligentes pero irregulares pinceladas sobre la “pesadilla norteamericana”.




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