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La línea de sombra

Daniel Tubau

El arte o la vida

danieltubau@gmail.com


La semana pasada propuse a los lectores responder a un célebre dilema: ¿qué salvarías en el incendio de un museo, el ejemplar único de la más extraordinaria obra de arte o al portero del museo? Para facilitar las cosas, sugerí elegir entre una obra maestra y un perro.

No voy a ocultar que ya sabía que la mayoría de los lectores elegirían salvar al perro. En un pequeño debate que se generó en mi página de Facebook, todos los que contestaron eligieron al perro.

Parece, por tanto, que se trata de un dilema poco problemático, aunque, como ya mostré en el artículo anterior, en una entrevista a intelectuales colombianos se produjo una leve mayoría a favor de salvar el cuadro, mientras que las llamadas “reinas de la belleza” prefirieron el perro (las respuestas en Escritores contestan preguntas de reina). Ese resultado no nos permite concluir que los intelectuales son unos desalmados, porque hay que tener en cuenta que si de las reinas de la belleza se espera que luzcan hermosas y digan siempre lo más conveniente, de los intelectuales apenas importa su aspecto físico y se espera que respondan cualquier cosa, excepto lo que respondería cualquier otra persona. Hay excepciones, por supuesto, como algunas mises que opinan de política y causan polémica, como recientemente Cilou Annys, Miss Bélgica, cuando apareció en la portada de una revista junto al líder independentista flamenco Bart de Wever, que cortaba su cinta por la palabra “Bélgica”.


Para probar que los intelectuales, incluyendo entre ellos a los artistas e incluso a los pintores (inclusión que algunos intelectuales no aceptarían), siempre intentan responder algo inesperado y ocurrente, podemos recordar la respuesta que dieron Jean Cocteau y Salvador Dalí al dilema, no preocupándose ni por el perro ni por el cuadro:

Si el lector no puede ver el vídeo en esta página, puede intentarlo con este enlace (Dalí y Cocteau en el Museo del Prado) pero por si acaso le cuento la anécdota, que ha recibido diversas versiones, como prueba el que en esta ocasión no sea Cocteau quien acompaña a Dalí, sino André Malraux:

Una vez visité El Prado en compañía de André Malraux. A la salida, como era de esperar, nos asaltaron los periodistas y nos formularon aquella pregunta tan original de qué salvaríamos primero en el caso de que se declarase un incendio en el museo. Malraux, como ya me temía, salió con la obviedad de que él salvaría el fuego. Mientras se explicaba, yo pensé que me estaba dando pie a una respuesta genial y genuinamente ¡da-li-nia-na! Cuando me tocó el turno yo, tras unos segundos en que fingí que me lo pensaba, dije: “Pues yo salvaría el aire, y más concretamente, el aire que Velázquez encerró en Las Meninas, que es el aire más transparente y de mejor calidad que existe.


Los intelectuales, los artistas y todos los que se mueven en el mundo de la alta o incluso de la media cultura a menudo en sus respuestas ingeniosas dejan deslizarse algún tipo de juicio que puede parecer cruel a los ciudadanos que no se sienten obligados a ser ingeniosos y que responden lo que Dios les da a entender, o incluso lo que piensan. Sin embargo, mi intención en estos paseos semanales por la línea de sombra es mostrar que las cosas nunca son tan sencillas como parecen y que la respuesta de los artistas no es tan inocua, mientras que la del ciudadano común tampoco es tan fiable y sincera.


Hablaré de esos asuntos en próximos artículos, pero ahora me permitiré preguntar a los lectores que decidieron salvar al perro, muchos de ellos porque “ante todo está un ser vivo” o porque “lo primero es la vida”. Les pregunto ahora: si la elección fuera salvar una obra de arte o a una rata, ¿salvarían también a la rata? Y si todavía persisten en inclinarse por los seres vivos: ¿y si se tratara de una cucaracha?


A pesar de que se refieren a asuntos muy diferentes, el lector reconocerá una cierta similitud de estilo entre estas últimas preguntas y aquel diálogo clásico que se atribuye a Groucho Marx, pero también al físico Richard Feynman. Groucho o Feynman estaba charlando una vez con una atractiva mujer y le dijo:

—Si le diera un millón de dólares, ¿se acostaría conmigo?
—Bueno... un millón de dólares es mucho dinero, y usted es bastante atractivo... creo que al menos lo consideraría.
—El caso es que no tengo un millón de dólares... ¿se acostaría conmigo por 10 dólares?
—¡Pero bueno! —contestó la mujer indignada—, ¿por quién me ha tomado?
—Pensaba que eso ya había quedado claro y que ahora solamente estábamos discutiendo el precio.

Aplicado lo anterior a nuestro dilema del museo: un ser vivo antes que cualquier otra cosa, sí, pero ¿a partir de qué tamaño? ¿Sigue siendo un ser vivo salvable una cucaracha o en ese caso su condición de ser vivo ya no nos importa tanto?

Con este pequeño dilema, que no es una trampa, sino un primer paso hacia el otro lado de la línea de sombra, dejo al lector hasta la semana que viene.

Visita la página web del autor:
www.danieltubau.com




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