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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Una experiencia inexcusable


El espíritu, o el trasunto, del diablo cojuelo debía andar dando saltos  por el magín de José Ángel Barrueco (poeta, dramaturgo, novelista, bloguero y siempre que le dejan, periodista) cuando empezó a escribir Vivir y morir en Lavapiés (Escalera).

Como al licenciado de la novela de Luis Vélez de Guevara, este diablejo le levantó los tejados de Madrid, más exactamente del multitodo barrio de Lavapiés, para que fisgoneara a gusto sobre la vida de sus habitantes y nos la contara. Han pasado cuatrocientos años desde la primera aventura de aquel diablo contrahecho, pero no creáis que las cosas han cambiado mucho: no. Lo que sí ha cambiado, obviamente, es la forma de narrarlas.

Y hasta aquí las similitudes, porque en su novela, Barrueco nos ofrece una pirotecnia literaria tan múltiple como el barrio que retrata, tan caleidoscópica como la gente que lo habita y tan delirante como la vida misma.Y sin utilizar cartas marcadas, ya que sus muchos referentes están en la superficie y a la vista de todos; su maestría proviene de la forma en que amalgama todos los elementos direccionándolos en un solo sentido. Por poner sobre la pista a un posible lector de lo que va a encontrar en sus páginas, podría decirse que el autor utiliza una fórmula magistral en la que mezcla con habilidad las técnicas literarias de Carver  con las cinematográficas de Altman y Tarantino dando como resultado un híbrido de poderosa fuerza expresiva que te lleva  sin resuello de página a página

Por supuesto, en la novela hay también crítica social, hay retrato costumbrista, hay picaresca, y sobre todo un hilo narrativo subterráneo que entronca con la mejor corriente del género negro y que ofrece varios de los mejores fragmentos de una novela plena de aciertos.

“Tony corre, corre, avanza por el Olmo. Detrás nueva división: Emiliano continúa tras él, Macedonio baja unos metros en sentido contrario, cruza por San Carlos, que corta con Olivar. Tony saldrá a Olivar. Si uno sale por ahí y el otro va detrás, quizá puedan emboscarlo. Macedonio vuela por San Carlos y sube por el Olivar. Ellos dos están en forma, Tony no lo está. Pero Tony cuenta con otro aliado, el aliado de la velocidad: el miedo. Y Tony corre, aunque pierde fuelle, corre, corre─corre, correcorrecorrecorre…“

Este es uno de los once fragmentos que utiliza ──todos con la misma fuerza── para narrarnos una huida y una persecución memorable, en los que la capacidad de síntesis del autor brilla a enorme altura; como brilla su falta de sentimentalismo al presentarnos la catadura moral de sus personajes, y su visión tragicómica de la vida.

Chinos, indios, marroquíes, negratas, borrachos, camellos, artistas, literatos, maderos, drogatas, pedigüeños de toda clase y condición, y gente que pasaba por allí, pululan por estas páginas llenas de vida y muerte, de verdad y un humor más que negro, que no son más que un fiel reflejo, y posiblemente el mejor y más luminoso, retrato que se ha hecho de un barrio madrileño.

Una experiencia inexcusable.




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