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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

El contable hindú


Como fiel seguidor de la obra del americano David Leavitt, no me duelen prendas para afirmar que le considero un gran narrador. Desde su primera novela, El lenguaje perdido de las grúas (1986), he seguido su carrera literaria título tras título, y sus libros siempre me han parecido interesantes, y a veces excelentes. Desde luego que no aspira a ser el “gran novelista americano”; porque ser un gran narrador no quiere decir forzosamente ser un gran escritor  pero, casi todos sus libros están por encima de otros muchos escritores considerados por la élite americana merecedores de entrar en el selecto grupo de aspirantes al título.

Posiblemente, y frente al púbico en general y una gran parte de la crítica, su obra se haya visto lastrada por la etiqueta de “tema homosexual” que desde un principio se le asignó; aunque ello, hay que reseñarlo, no ha impedido que afortunadamente, incluso en nuestro país, sus novelas no hayan sido relegadas a colecciones especializadas en esa temática y gocen del favor  del público en general. Y es que si una cosa no se le puede negar a Leavitt es su ambición literaria a la hora de proponerse retos y salir airoso de ellos.

Su última novela, El contable hindú (Anagrama), es un ejemplo perfecto de lo dicho anteriormente. Leavitt elige un personaje casi desconocido para el gran público lector: Srinivasa Ramanujan, un oscuro contable indio, matemático  autodidacta, un genio en estado puro, que logró llegar a la élite matemática de Cambridge en las primeras décadas del siglo pasado, auspiciado  por otro gran matemático inglés, G.H.Hardy, su descubridor. Un hombre que tras llegar a la cumbre, decidió volver a Madrás y murió a los 32 años sin poder desarrollar del todo el enorme potencial de su genio.

Pero a pesar de dar título a la novela, no es la aventura de esta mente portentosa lo que parece interesar más a Leavitt, es el pretexto que utiliza para sumergirnos en una detallada y minuciosa  reconstrucción de la Inglaterra de principios del siglo veinte focalizando su interés en la élite universitaria del Trinity College de Cambridge, un hervidero de genios que han entrado por derecho propio en la historia de sus diversas disciplinas. Por sus páginas pululan, aparte de los ya citados Hardy y Ramanujam, gente de la talla intelectual de Bertrand Rusell, J. M. Keynes, Wittgenstein, Moore, Littlewood (alguno de ellos integrante del famoso grupo de intelectuales homosexuales Los Apóstoles) . Su posición ante las nuevas formas de enseñanza y estudio, los tejemanejes del círculo de poder universitario, las relaciones sociales y sexuales entre ellos y sus alumnos, su posicionamiento ante la primera guerra mundial y un mundo que cambia rápidamente, es la materia prima de la que se nutren principalmente las seiscientas páginas de la novela. Todo ello narrado con intensidad, escarbando en el fondo y las motivaciones de cada uno de ellos y sobre todo en la deriva personal del absoluto protagonista de la novela, Hardy.

Es a través de sus ojos que vemos la transformación irreversible de un mundo  en pleno cambio donde las estructuras sociales, el poder político y las relaciones personales están a punto de ser dinamitadas por la Gran Guerra. Entre toda esta maraña de acontecimientos y personajes, la peripecia personal, e incluso profesional, del matemático hindú, Ramanujam, queda un poco desdibujada, sólo intuimos la potencia de su genio a través de su descubridor y narrador de la historia, Hardy (posiblemente para los iniciados en matemáticas, también, a través de la complejidad del trabajo matemático que despliegan para demostrar la teoría de los números primos de Riemann), pero nunca acabamos de conocer del todo como piensa o cuáles son sus motivaciones: tan sólo parece ser, como ya he apuntado, la argucia de la que se sirve Leavitt para expresar la fascinación, la extrañeza, incluso la envidia y el rechazo de una forma de entender la cultura y el saber por parte del matemático inglés (y por extensión de toda la sociedad) ante un hombre proveniente de otro ámbito cultural, cuya inteligencia deslumbra y atemoriza a partes iguales. Y el descubrimiento esencial de que Inglaterra a partir de ese momento está dejando de ser el ombligo del mundo.




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