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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

Gris topo


Tras la maravillosa Déjame entrar, el realizador sueco Tomas Alfredson se pasa —aparentemente— de la poesía a la prosa con una singular adaptación de la novela más famosa de John Le Carré.

El topo es otra delicia para los amantes del buen cine aunque en esta ocasión el material de partida sea tan célebre como sobrevalorado y el interés humano de los personajes resulte más bien escaso. No obstante, el director, apoyado en un equipo técnico de lujo que incluye al compositor Alberto Iglesias, logra enredarnos en una historia de engaños y  de mentirosos profesionales que engancha no tanto por lo que cuenta como por el modo en que la cámara construye los espacios, se aleja y se aproxima a protagonistas y secundarios con el fin de que el autor vuelva a conseguir una atmósfera densa, un celuloide compacto, una trama, si no envolvente al menos llena de momentos intensos gracias a la elegancia y pulcritud de la caligrafía fílmica.

Alfredson nos sumerge en un universo dotado de sus propias reglas, un mundo varonil y falsamente educado, un mundo de traiciones y lealtades, sin escatimar ciertas dosis de crueldad, distanciamiento y tristeza en el trazo de algunos de sus personajes. No obstante, y, a pesar del espectacular trabajo de Gary Oldman, nos es difícil empatizar con los habitantes de esta selva gris y llena de códigos en la que se mueven unos  mercenarios de guante blanco. Estamos ante una película inmensa visualmente, pero limitada por un guión más habilidoso que consistente, más confuso que interesante, más alambicado que atractivo.

El topo es, pues, un fresco detallista aunque gélido, una nueva muestra del  desbordante talento de uno de los mejores directores europeos de la década, pero en su lanzamiento al mercado internacional, con un elenco de estrellas apuntalando su historia de codicia, intereses y venganzas personales, el director se pone al servicio de la prosa mediocre de  un  narrador tan exitoso y vendido como previsible y sobrevalorado.




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