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El pizarrín

Javier Goñi

Mirada de pájaro verderol


Déjenme que les diga que Octavio Paz le veía mirada de pájaro verderol, a José Moreno Villa, el poeta-mayor del 27, el poeta-puente, el residente-mayor, el tutor de los diablillos de La Resi, los Buñuel, Dalí, Lorca y, claro, Pepín Bello. Tuvo amores contrariados, e imposibles, en su juventud, con una chica de servir, de la provincia de Cuenca, a la que tuvo que internar por tuberculosa, y allí se le murió, y él paseaba por el Retiro como un Bécquer macilento. Después enamoró a una joven americana de paso por Madrid de muchos posibles neoyorkinos, la familia, Florence, Jacinta la Pelirroja, a la que le dedicó –después— un estupendo libro de poemas no de métrica airada ni desalentada, y escrito sin flaquezas románticas, con la mirada al frente, la cabeza bien firme, el gesto decidido, sacudiéndose de los hombros la caspa romántica. El “después” fue el regreso solo de Nueva York, pues a Nueva York se fue la pareja nada más conocerse, y besarse –se besó mucho Moreno Villa, al parecer, con su enamorada americana, Jacinta la Pelirroja: años después escribiría en sus memorias “de las magníficas bocas yanquis”—.


Les dio tan fuerte, lo de verse, lo de besarse, lo de enamorarse, que en el Madrid del 27 –ah, el 7, ese reintegro premiado que siempre aparece en su vida; volveremos al 7, le dedica un espacio en sus memorias, al 7, a las mujeres, al Madrid literario de entonces— al mes o así, de verse, de besarse, de enamorarse, ya buscaban piso en Madrid donde aposentar sus felicidades. Pero la familia neoyorquina de la chica quiso conocerle, y mandaron dos pasajes de ida a Nueva York, la vuelta ya se vería –uno, o dos, ya se vería—, a tomarle las medidas al novio, y allí se fue la pareja feliz, ella, la americana inquieta, que en Madrid, en esos primeros días de enamoramientos, tras conocerse en casa de Jiménez Fraud, don Alberto, el fundador en 1910 de La Residencia de Estudiantes, el amigo y mentor de Moreno Villa, le enseñaba, ella, palabras en inglés que se convertían, cuando se acercaba a su boca pedagógica don José Moreno Villa, en besos, y él, que le acompañaba en barco, en su primer tránsito transoceánico; él, don José Moreno Villa, como un Juanramón deseoso, ella, Florence, como una Zenobia encendida. Y llegaron a Nueva York. Antes, mucho antes, habían pasado –ah, aquellos viajes que no tenían lógica medible— por Barcelona, a recoger, en una galería de arte, el regalo de boda de Dalí, un cuadro suyo.

Y llegaron, sí, a Nueva York. N.Y, la ciudad automática, la ciudad del futuro, la ciudad que enlorcaría –barbarismo por enloquecería— al mismísimo García Lorca, y a Julio Camba, que pararía en el Pennsylvania, macrohotel, que todavía está en pie. Las cosas, en N.Y, no pintaron bien para el pretendiente de Florence. Le dijeron, los padres de la novia, que se acercara un momento a la Gran Manzana a cogerle las medidas para el traje de novio y se encontró con que le estaban haciendo, entre todos, el sudario para el ataúd de muerto, muerto, sí, pero enamorado, que así lo metieron, de vuelta, él solo, destrozado, pero enamorado. Al regreso le dedica un capítulo, “Soliloquio en el mar”, de sus memorias, y ahí muestra su determinación, el regreso iba a convertirse en el triunfo sobre el romanticismo. Al contratiempo, terrible, le iba a poner buena cara, la que debe tener –escribe— el good—sport, el jugador noble. Sus amigos, en Madrid, a la vuelta, ah,  esa gracia cruel de los amigos, esa manera tan española de envidiar dichas ajenas, le llamaban juanramoniescamente “el poeta recién descasado”.


"Jacinta", dibujo de Moreno Villa

Pero no importaba, él iba a escribir, de regreso, dos libros, uno con los poemas del (des)amor, Jacinta la Pelirroja, poemas y dibujos, que Moreno Villa  siempre tuvo mucha mano para el dibujo, que fue pintor además de poeta, y otro dedicado a esa ciudad que le había deslumbrado, entre el frenético ir y venir a tomarle medidas para ver si acaba de novio o de cadáver devuelto a España. El otro libro es Pruebas de Nueva York. Aquí queda su deslumbramiento por la ciudad, y de este libro Pre—Textos sacó en 1989 la edición facsímil que había aparecido en 1927, en la Imprenta Sur de Málaga, su tierra natal, y en la imprenta de sus amigos Emilio Prados y Manuel Altolaguirre. Esta edición facsímil rescatada en 1989 llevaba una nota de Juan Pérez de Ayala, que se ha encargado, ahora, de ordenar y completar admirablemente bien el segundo volumen de las Obras Completas       de Moreno Villa, que pacientemente –el primer volumen, las Poesías Completas, apareció en 1998— está sacando el Colegio de México y la Residencia de Estudiantes. Acaba de aparecer, pues, el segundo volumen, Memoria, donde se reúne sus magnífica autobiografía, Vida en claro, cuya primera edición (mexicana) es de 1944 y se pudo ver, en una nueva salida del mexicano Fondo de Cultura Económica, entonces también con pie de imprenta español, en 1976, un libro que en su sencillez y exquisita elegancia es uno de los grandes libros memorialísticos españoles si no del siglo XX, que también, sí del exilio español en México. Salvo una reciente reedición de la Comunidad de Madrid (aquel Madrid de los años veinte y treinta para él “era iconoclasta, juguetón, snob y farisaico”) y la Editorial Visor, que tampoco supongo está muy visible, no era fácil, pues, hacerse con las espléndidas memorias de Moreno Villa hasta este ahora magnífico y completo volumen que ha preparado, como el anterior de la obra poética Pérez de Ayala. En el anterior estaba Jacinta la Pelirroja, aunque yo lo leí, años antes, en una edición facsímil, que prologó José Luis Cano y editó Ediciones Turner en 1977. Tuve la ocasión, entonces, de conocer y entrevistar en su casa de la Avenida de los Toreros al hoy –desgraciadamente— olvidado poeta y crítico literario, mantenedor durante muchos años de la revista literaria Ínsula con su creador Enrique Canito. Cano—Canito parecen nombres de pareja de centro campistas del fútbol de antaño , pero ambos, juntos, Cano—Canito, hicieron mucho por unir, a través de Ínsula las dos Españas, la del interior y la del trastierro. Como ya nada se reconoce, pues solo existe lo que es y sobre todo lo que será bien está –creo— recordar lo que fue y José Luis Cano fue entonces muchas cosas, y lo fue también para mí, pero a mi habitual sarpullido de melancolía ya le pongo yo, luego, en casa, la pomada adecuada.


Pero quería citar aquí y ahora a José Luis Cano por aquella tarde en su casa de la Avenida de los Toreros hablándome de Jacinta, de Moreno Villa, de la facción andaluza del 27, de los malagueños y después, con generosidad, me ofreció cosas que hacer en la revista Ínsula, la que leía en mis años de estudiante de Letras, tan necesitado de saber cosas de esa Edad de Plata, de la que nos empezaba a hablar, un poco antes, José—Carlos Mainer. Pero, ya digo, la pomada me la pongo, luego, en casa. Aun con todo –antes de que extienda el pringue anti sarpullido melancólico—, yo le comenté Vida en claro y él me la explicó en algunas partes, y le pregunté por esta rareza que había encontrado, siempre a la caza de mariposas de brillantes colores que mis escasos cuartos de estudiante me permitían atrapar, en Casa de Libro, en febrero de 1974, cuando todavía aquello era la Avenida de José Antonio, 29. La rareza es este –si no se ha traspapelado, que todo puede ser— cuaderno literario, que esconde una pieza teatral, posiblemente la única que escribió (don Pedro Salinas fue más insistente), La comedia de un tímido, que apareció en 1924 editado por “La Lectura”, Paseo de Recoletos, 25, y de Calvo Sotelo cuando 50 años después, exactamente, yo me la encontré en la  Avda de José Antonio 29,  en una mesa de saldos: lo que había en esa mesa de saldos aquella temporada, cuando Espasa debió limpiar las sentinas –me encanta que también se llame sentina al “lugar donde abundan los vicios”— de su memoria editorial y desalojó tantos libros de antes de la guerra, estos “Cuadernos Literarios”, no, ay, el de Crítica arbitraria, de Baroja, que nunca he visto, pero sí otras joyitas, el Julepe de menta deGiménez Caballero, cosas de Andrenio, Solana, Gerardo Diego, Margarita Nelken, y más, la recopilación de Ramón y otros de Las 7 virtudes, y Logaritmo, de Botín Polanco, y más. En fin, aquel Moreno Villa me costó, estudiante de Letras, lo mismo que un bocata de calamares y una cerveza.


Le habría hablado, a José Luis Cano, de otra rareza, que publicó en 1977 la Alfaguara de Jaime Salinas y que había aparecido en México en 1945, posiblemente escrito para ese hijo mexicano que tuvo Moreno Villa, allí en 1940. Se trata de una especie de libro de lectura, escrito y dibujado por el propio Moreno y que se titula Lo que sabía mi loro: es un libro que lo tuve que reconstruir con cello© porque lo destrozó, de niña, y lo reilustró, de niña, mi hija Paloma –bueno unto bien de pomada el sarpullido y lo pongo al grill, y sigo—. Es un entrañable libro de lectura, una suerte de catón que recogía acertijos, cancioncillas populares, coplillas, que Moreno Villa se había llevado de memoria a México, donde llegó en 1937.

El 7. Moreno Villa en Vida en claro le dedica un capítulo, “Intermedio de las fechas”, donde relata cómo el 7 es un número importante en su vida, y en la de su familia. Y enumera: nació en 1887; en 1917 entra en la Residencia de Estudiantes, en las entonces afueras de Madrid, en los altos del Hipódromo, en la Colina de los Chopos, que la llamaría Juan Ramón, esa isla de tolerancia; en 1927 conoce a Florence: “Era una joven yanqui, rubia y admirablemente formada y vestida. Yo quedé embobado…”; en 1937 se exilia en México. “Presencia inquietante del número 7”, dejará escrito en Vida en claro, el tronco principal de sus memorias, que ahora en este espléndido volumen ha crecido enormemente, pues Juan Pérez de Ayala ha incluido otros muchos textos, inéditos algunos o dispersados en revistas y periódicos mexicanos, que completan esa vertiente memorialística del libro.

Tiene mucho interés una especie de diario, que estaba inédito, recogido entre los muchos papeles que atesora la Residencia de Estudiantes, Escritos sobre la guerra civil española, con anotaciones que van desde noviembre de 1936 a mayo de 1937, y que es un estremecedor diario de a pie, anotado con gran sencillez y naturalidad, de un señor cincuentón que va todos los días –que puede— desde la Resi donde todavía vive –sin residentes casi— al Archivo del Palacio Real (se llamaría ya, supongo, Palacio Nacional), donde trabaja; un diario de gran valor documental –la semana pasada hablábamos de Chaves Nogales, como éste Moreno Villa, republicano, bien puede pertenecer a esa tercera España que cada vez crece, en nombres, y cuya existencia impide simplificar aquella época incivil—, donde por ejemplo anota el domingo 8 de noviembre: “La comida va siendo más escasa; y falta el vino de Valdepeñas”. Y otra entrada, de unos días después, del jueves 19 de noviembre: “Hace varios días que no pruebo cerveza, ni fumo Virginia ni casi como carne. Ayer por la mañana comí un poco de cocido pobre y por la noche unos boquerones y puré de lentejas”. Ay, esa intrahistoria, que se hace con boquerones y puré de lentejas, cuando los hay.

Me impresiona también ver otro texto inédito, una conferencia que dio en Estados Unidos, y que se conservaba entre sus papeles manuscritos. Un texto que se titula “Lo visto” es de 1937, y es una especie de salmodia responsorial, una sucesión de párrafos que empiezan con un “He visto”, que recuerda el recurso que con otra intención emplearía Georges Perec en sus célebres “Yo me acuerdo”. Aquí, en Moreno Villa, las circunstancias son distintas, menos literarias y más dramáticas. Me interesan mucho esas otras “memorias escogidas” (Medio mundo y otro medio, que adelantó en 2010 Pre—Textos), esos textos, algunos recogidos en libro (Cornucopia, conozco una edición mexicana en bolsillo en el Fondo de Cultura Económica), tienen otro brillo, es el de la acogida mexicana.

José Moreno Villa aguantó en Madrid hasta 1937, y vía Valencia, Francia, llegó ese mismo año a México. Allí tenía amigos, entre ellos –o el que más— el diplomático y escritor mexicano Genaro Estrada, que había sido embajador de su país en Madrid en años republicanos. Estrada le introduce en el mundo cultural del país de acogida y Moreno Villa que había venido casi con lo puesto y con una muda de más, empieza a sentirse bien. Por cierto, al poco de llegar, estando una noche cenando con Estrada en un restaurante en Taxco, se encuentra, mesa con mesa, diez años después, del 27 al 37 (“esa presencia inquietante del número 7”), con Florence, su Jacinta la Pelirroja, que no había vuelto a ver desde que le embarcaron, de regreso, y a la fuerza (ahorcan). Se reanuda la pasión, esos besos, ah, “las magníficas bocas yanquis”, pero es lo que pasa con el tiempo que todo lo enmohece, y Moreno Villa se da cuenta de que solo tiene leña –en esa pasión reanudada— para unos días: la aventura, el reencuentro es breve y como el mismo escribe se fue “sin sentir el corazón”. El poeta ya había dejado, unos años antes, el libro escrito, el libro de los (des)amores sin reproches, sin adioses, sin lástimas, tan solo buena cara, de good-sport.


Moreno Villa y Consuelo Nieto

Pero en México todavía le aguardan oportunidades. Ese mismo año 37, su amigo Genaro Estrada enferma y muere; antes, en el lecho del dolor, en la despedida, le hace prometer al amigo español que se ocupará de su mujer, una joven y atractiva Consuelo Nieto y de su pequeña hija, Paloma. Con la punta de la guadaña asomando por el embozo a un amigo nada se le niega y Moreno Villa le promete ocuparse de las dos. Y lo hace, en 1939 se casa con la viuda del amigo, y escribe en sus memorias: “Se acabó la soledad del poeta”. Y se casa, porque se enamoran, claro, y pese a la oposición de la madre de Consuelo, que le parece poca cosa el gachupín y sin muchos posibles –dinero nunca tuvo en exceso, es cierto—. Curiosamente a Moreno Villa, que fue un señor elegante y atractivo, por aquí y en el libro de Memorias muchas más aparecen algunas, con un cierto parecido, en ocasiones, a William Faulkner, las mujeres se le debieron dar bien, pero no tanto las madres, propias, ajenas o las de los amigos. Así cuando su madre sabe por su hijo que se ha enamorado –y tanto— de Florence, la yanqui, la madre le escribe: “Hijo, por el retrato que me mandas de tu novia, no la creo simpática”. Y la madre de su amigo Alberto Jiménez Fraud, a la que Moreno Villa respetaba y apreciaba, le dice: “No me gusta esa mujer para usted…”


Max Aub, según Moreno Villa

En fin, el poeta debió encontrar cierta paz y estabilidad en México –en 1940 nació su hijo José, a quien dedica, con palabras emocionadas de padre de cierta edad que supone que no va a poder vivir mucho tiempo cerca del hijo el capítulo final de Vida en claro; Moreno Villa moriría en 1955— , como lo demuestran los muchos textos que escribió, y que aparecen ahora en este volumen, entre ellos deliciosos textos sobre escritores mexicanos y españoles exiliados, que acompaña de retratos a pluma o a lápiz, “muchas cabecitas a pluma”, como decía él, como este dibujo dedicado a Max Aub, y que no me parece que esté excesivamente conseguido, y él mismo se justifica (¿?):

“Con el dibujo de Max Aub me ocurre una cosa curiosa, que puede ser significativa: lo logro a lápiz, pero se me escapa al pasarlo con la pluma. ¿Qué es esto? ¿Tendrá que ver con el efecto que me hace su modo extranjerizo de hablar? Esa erre… esa erre no rolada con la punta de la lengua en la delantera del paladar, sino de costado y con el borde trasero de la misma, tiene la culpa de que el amigo Max no parezca español, siéndolo, y valenciano por añadidura. ¿Cuántas añadiduras tiene? Me refiero a las añadiduras raciales. Porque no cabe duda de que Max resulta un cóctel de razas donde lo duro germánico está suavizado por el anisete semítico y donde el desparpajo ibérico se corrige con la erre francesa….”

Anisete semítico. En fin, qué expresión. Les dejo, y sigo con esta hermosa edición de la Memoria, de José Moreno Villa, un caballero español al que le gustaba “la lozanía, me gusta la piel tersa, me gusta la ropa bien cortada y la figura bien trazada”. Y a quien no, don José, a quién no.




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