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El prado eléctrico

Fernando P. Fuenteamor

Una educación libertina


¿Qué mejor elogio se le puede hacer a una novela que decir que uno está deseando  terminarla para volver a empezar  su lectura?

Una educación libertina (Cabaret Voltaire) sorprende, apasiona, deleita, causa admiración, y a veces rechazo por su naturalismo feroz; pero su prosa es un fluir de maestría continua que mana del venero inacabable de la mejor literatura francesa clásica y contemporánea.

Por todas partes suenan ecos de los grandes maestros (de Sade a  Proust, de Leclos a Genet, de Balzac a Süskind). Pero sólo son eso: ecos, porque la voz del narrador es tan potente, tan personal que logra fagocitarlos en su provecho y en el del lector que asiste impávido  y maravillado a este tour de force literario del debutante Jean-Baptiste del Amo (Tolouse, 1981. De ascendencia española), que a los veintidós años ha acaparado todos los grandes premios de la vecina Francia en cuanto a primera novela publicada (el Goncourt, el Médicis, el François Mauriac, el Laurent Bonelli y el Fénéon). Lydia Vázquez Jiménez, su traductora, lo define como: “Insolentemente joven, provocadoramente guapo, impúdicamente frágil, descaradamente seguro de sí mismo”. Así es él, y así es su prosa y su envidiable talento.

Obra de iniciación en claro homenaje a la novela libertina del Dieciocho, y a la novela histórica, Del Amo da la vuelta a las convenciones del ambos géneros y aromatiza  todos sus personajes ─desde Gaspard hasta el último lacayo que aparece en la novela─ con un perfume de contemporaneidad que los hace levantarse vivos, apasionados, magnéticos y reconocibles sobre el papel.

Estamos en el París de 1760, una ciudad pestilente y sucia a la que llega Gaspard, hijo de un porquerizo, en busca de un cambio de vida. Tras varios trabajos a cada cual más denigrante es seducido y abandonado por un joven libertino. Tras un periodo agonizante logra recomponer su vida e intenta buscarse un hueco en la sociedad aristocrática. Su ascensión en ella es fulgurante y su caída no lo es menos. Esta es una apresurada sinopsis de la mórbida aventura que  nuestro protagonista vive en un París donde el Río (siempre nombrado con mayúscula) y la ciudad son tratados como un personaje más.

La carnalidad de la prosa de Del Amo, hermoseada de viejas palabras en desuso, y su estructura, a veces tan retorcida como los bucles de las pelucas del taller donde entra como aprendiz su protagonista, le obligan a rizar el rizo con una sabiduría sintáctica, que es, a la vez, un reto y un placer inatendidos para el lector, y que en contadas ocasiones se encuentra en una primera novela. Y que además, me apresuro a decirlo, su traductora al español  ha conseguido trasvasar con nota alta a un castellano igualmente atrayente.

Novela imaginada con el egoísmo de una gran masturbación ─en ella tienen cabida los materiales más peligrosos: homosexualidad, prostitución, libertinaje─, es a la vez, un inmenso fresco de la sociedad francesa del XVIII y un canto a la libertad de elección individual del propio destino. Podría pensarse que se trata una antigua novela escrita en  aquellos tiempos y que hubiera sido olvidada en un estante de una biblioteca perdida durante más de trescientos años ─tal es su verosimilitud y su lograda reconstrucción  de la atmósfera─, pero su tratamiento en el retrato de Paris como una urbe cloaca donde todo, humanos y no humanos son engullidos y anulados, es una visión absolutamente actual de nuestras ciudades, en tanto que actúan como depredadoras de identidades borrando la individualidad de  sus habitantes, convirtiéndolos en una masa informe que se cuela por sus cloacas.

Una educación libertina es, en resumen, una novela a contracorriente de cualquier moda literaria europea, cuya unicidad  hace resplandecer aún más el genio de su autor. Y se convierte además en una demostración palmaria de cómo cualquier empeño por reprogramar a un ser humano es una tarea condenada irremediablemente al fracaso. El proyecto de Etienne d’V. de convertir al porquerizo Gaspard en su alter ego deviene imposible como sucedía ─aunque en otro género de cosas─ con el Émile de Rosseau.




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