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Errata

Evaristo Aguirre

Prejuicio e intuición

Sobre las escenas finales de la película El topo (Tinker Tailor Soldier Spy, dirigida por Tomas Alfredson), una voz presenta, en un francés de claro acento extranjero, una canción, que empieza a sonar con un buen ritmo de soul. Me gusta. Espero hasta el final de los créditos del film para ver qué canción era y quién la cantaba. Un chaval agarrado a una escoba nos mira; hasta que no nos vayamos no empezará a barrer los restos de palomitas y de otras cosas que han quedado a los pies de las butacas… Ahí llega: era La mer, ese clásico popular de Charles Trénet, y la interpreta… ¡Julio Iglesias! Un ejemplo de lo que puede pasar cuando te enfrentas a algo sin prejuicios.


Por intuición, compré Una novela francesa, del triunfador y arrolladoramente mediático Frédéric Beigbeder (Anagrama, con traducción de Francesc Rovira y prefacio de Michel Houellebecq). Fue por intuición porque hasta ese momento, por prejuicio, no había querido leer nada de este escritor, que aterrizó en España con mucho ruido con un libro titulado 13,99 (Anagrama, traducido por Sergi Pàmies), una sátira del mundo de la publicidad. El prejuicio nació de la sospechosa unanimidad que vi alrededor de este tipo y de su obra; sí, otras veces unanimidades similares no solo no me han frenado sino que me han animado a acercarme a un libro, pero estoy hablando de un prejuicio y, claro, eso no tiene nada que ver con razonar o con aplicar la sensatez… Qué maravilla ser dueño de tus prejuicios, aunque no te lleven a nada necesariamente bueno. Con otros libros que fueron apareciendo luego del bueno de Beigbeder no me desprendí de ese prejuicio, hasta ahora.

Me acerqué, como ya he dicho, a Una novela francesa por una intuición, sin saber cuál era su contenido, fue como si hubiera llegado el momento de leer a este hombre y tocaba con lo último que había publicado. Creo que la aparición de Frédéric Biegbeder como un personaje en El mapa y el territorio de Houellebecq pudo ser el empujoncito final.


Es una historia autobiográfica: al crápula de Beigbeder le pilla la policía metiéndose farlopa sobre el capó de un coche a la puerta de un night-club de París y pasa esa noche en el calabozo, y alguna que otra más (es una estrellita y parece que quieren ejemplarizar en su trasero). Allí encerrado, solo, empieza a pensar en su vida, en su infancia, sobre todo, de la que no se acuerda de casi nada, y decide reconstruir aquellos años. Así, sabemos que es un vástago de una familia de la alta burguesía francesa cruzada con otra americana. Sabemos que sus padres fueron dos guapos y envidiables jóvenes que se separaron pronto y cuyos dos hijos tuvieron, a causa de esas vidas distanciadas, una ajetreada infancia, con momentos muy buenos y otros muy malos. Sabemos que la personalidad del escritor se forja a la sombra de un abuelo y de un hermano a quien quiere emular mediante la oposición. Una novela francesa es un buen libro de memoria y de indagación sobre uno mismo y una crónica personal de los años setenta.


Animado por esta buena experiencia, leí 13.99… Aquí, el prejuicio iba por el buen camino. Sí, reconoces al mismo autor en algunas cosas, pero he tenido la sensación de estar ante una novela que quizá tuvo su momento pero que ha caducado; como a un yogur, se le ha pasado la fecha en la que podía ser consumida y se ha convertido en un texto algo amanerado, con elementos de otros libros famosos anteriores, con restos de una forma de narrar pero que no se han rematado.

eaguirre@divertinajes.com




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