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Un buen escritor de tercera

por Miquel Silvestre


Coincidiendo con la reedición de Un millón de piedras (Barataria), encontré un foro de moteros donde uno de los usuarios opinaba negativamente sobre mi libro de viajes por África. En él narré 15.000 durísimos kilómetros en solitario a lo largo de catorce países sobre una vieja BMW R80 GS con más de veinte años encima. El crudo relato de lo que para mí fue una verdadera odisea le había decepcionado profundamente. Aseguraba este insatisfecho lector que quería encontrar datos, pero no “filosofadas en plan literario”. O sea, para él a mis piedras les sobraba literatura y les faltaba información práctica. ¿Qué puedo decir? Pues que comprendí su decepción porque lo mío no es remedar las lonely planet en plan motorista sino compartir emociones, algo que para algunos es completamente inútil. Y tienen razón al opinar así. Al menos la tienen los que piensan que la literatura es inútil porque no se puede masticar ni usar para reparar un carburador. Ya, se me ocurre argüir, pero si esto no va de emociones, de sentimientos y de pasión, para qué viajar.

Yo viajo para escribir y escribo para ser amado. Así de simple. Todo escritor es vanidoso. Todo vanidoso es débil. Soy débil, por eso escribo. Llevo escribiendo desde que tenía siete años y terminé mi primera gran lectura: La Iliada. Los demás niños jugaban al fútbol. Yo leía. Y repetía lo que leía. Lo que no es copia es plagio. He plagiado sin cesar. A los mejores. También a los peores. Ahora me plagio a mí mismo. Supongo que eso quiere decir que he llegado a mi cénit personal. No soy un genio. Nunca lo seré. Sé reconocer la genialidad y sé que ella no existe en mí. Darme cuenta de esa realidad fue una decepción. De las más duras. Yo jamás sería un grande. Pero como todas las decepciones, una vez se asume, permite progresar. Asumido que tenía prohibido el Parnaso, tal vez pudiera acampar a las afueras si me esforzaba. Una vez le preguntaron a José Luis Sampedro qué quería ser y respondió “un buen escritor de segunda”. No soy un genio y nunca lo seré. Pero ya soy un buen escritor. Tal vez yo solo sea un buen escritor de tercera. Pero eso ya es la hostia.

“El que resiste, gana”, decía Cela. A mi ha costado mucho trabajo ser un buen escritor de tercera. Mucho trabajo, muchos años y muchos libros. Hasta cinco creo recordar: tres novelas, un libro de cuentos y una obra de teatro. Todos editados limpiamente por terceros que se jugaron su dinero por mi talento. Ahora reconozco que se equivocaron porque mi talento es escaso para la ficción aunque entonces me creyera la rehostia como novelista underground. Más bien subterráneo, porque siempre tuve buenas críticas pero escasos lectores. Como de costumbre, para el fracaso existen otros responsables. La culpa de que no vendiera muchos ejemplares no era mía, sino del sistema, de los medios ciegos, de los libreros burocratizados y de los lectores aborregados. Y unos cojones. Lo que pasaba es que mis novelas no eran suficientemente buenas aunque destilaran rabia como para envenenar a todos los perros de la ciudad de Vargas Llosa. No, no fueron las novelas lo que me hicieron buen escritor sino los viajes.

Un millón de piedras es hasta ahora El Libro. Por lo que cuenta, por cómo lo cuenta y por como está funcionando comercialmente. Sin publicidad ni apoyo mediático va por la cuarta edición gracias a un mecanismo poderosísimo: sus lectores. Es como una cadena. La mayoría de quienes lo han leído lo recomiendan. Por eso se vende. Porque a pesar de escribir para ser amado, escribo sin pretender caer bien. Escribo a lo bestia. Escribo contando mi verdad de un modo crudo, a veces brutal. Escribo siempre a la contra. Pero creo que transmito bien las tres características que diferencian el viaje en moto de los demás modos de viajar. Libertad, cercanía y emoción. La libertad de moverse ágilmente, de detenerme donde quiero, de largarme cuando me da la gana, de no depender de rutas fijas y horarios establecidos. No hay ningún autobús que cruce la frontera de Irak o te lleve a la tumba de Pedro Páez en Etiopía. Cercanía porque sobre una motocicleta soy parte del paisaje. Nada me separa del mundo y de sus habitantes. La gente se aproxima para conocerte, tocarte y hablarte. En ellos están las mejores historias. Y emoción porque el viaje en moto es siempre épico y peligroso. Se sufre y se disfruta. Uno está expuesto a lo bueno y a lo malo. El constante goteo de sensaciones te transforma. Ir ganando los destinos poco a poco los hace tuyos. Es el polvo en las botas lo que hace merecer el camino.


Hay quien me reprocha haberme convertido en un especialista de la autopromoción y llevar Un millón de piedras como permanente bandera, eslogan y cartel. Me acusan de materialista. Como si por vender más ejemplares se llenaran mis bolsillos. ¡Ay, ya dijo Larra que escribir en España es llorar! Y eso que él era el periodista mejor pagado de su época. Y acabó pegándose un tiro. No se hace esto por dinero. De cada ejemplar vendido me corresponde un euro con noventa y seis. Y eso si los cobro, porque si difícil es vender libros en España, más difícil es cobrarlos. De ese tema ya hablaremos en otra ocasión. Pero interés pecuniario en mis piedras yo no tengo. Si promociono el libro es precisamente porque no soy materialista y sí un soñador. Ahí está lo mejor de mí. También lo peor. El retrato más nítido de lo que soy, la desnudez perfecta de un memo inexperto dando tumbos por los baches de un continente terrible, bello, turbador y asqueroso. Rodeado de bandidos o policías corruptos, enfermo, eufórico, triste o herido, ese tipo que siempre sale a flote sobre su Princesa soy el yo más puro que nunca he conocido. También el más torpe, el menos listo y el más vulnerable.

Pero no es mi retrato lo importante. No soy tan especial ni tan diferente. No soy mejor que tú. Soy un poco como todos. Como cualquiera. Por eso precisamente creo que el libro es en verdad valioso, porque ha conseguido algo que me reconocen muchos lectores: hacerles desear el Gran Viaje. Muchos de quienes lo leen se convencen de que el mundo no es tan terrible, de que si yo, un oficinista sin experiencia, pudo cruzar África en moto simplemente porque se hartó de todo, él también podría un día mandar al carajo casa y trabajo para vivir una aventura real que le transforme y que convierta un sueño en gasolina, en cerveza y en aire en la cara. Lograr que se inocule esa semilla de rebeldía en los corazones ajenos es mucho más importante que un euro con noventa y seis. Por eso siento que he triunfado con las piedras. Por eso hablo tanto de ellas. Por eso he pateado España entera haciendo presentaciones. Por eso estás ahora leyendo estas palabras.

La ficción ha dejado de interesarme. Ya no me resulta creíble. ¿Para qué inventar si el mundo es tan asombroso tal y como es? Yo salí de viaje persiguiendo un argumento pero el argumento me encontró a mí cuando me rompí un hueso en el Cabo de Buena Esperanza. Todo lo que me sucedía cada día era tan surrealista que parecía inventado. El libro mejor está ahí fuera, solo hay que salir a la calle, a la selva y al desierto. No he sido un buen novelista. He sido del montón. Un literato con oficio, algunos trucos y mala leche. Sin embargo, como escritor de viajes soy distinto al resto porque estoy loco, porque me arriesgo a meterme donde no debería, porque disfruto sufriendo, porque creo firmemente en lo que hago y porque sobre una motocicleta soy todavía ese niño tímido que leía a Homero mientras los demás jugaban al fútbol. Por eso viajo. Para ser un buen escritor de tercera que decepciona a los que buscan una guía de viajes.

Visita la web del autor: miquelsilvestre.com
Visita la web de su aventura: unmillondepiedras.com




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