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El mirón impaciente

Eduardo Nabal

La generación beat desde y frente a la teoría queer


“No existe generación beat, solo un montón de tipos tratando de ser publicados”, dice Allen Ginsberg (un algo inverosímil James Franco) en Howl (Aullido*), el documental de Rob Epstein y Jeffrey Friedman ante un entrevistador anónimo y sin rostro que se convierte en un dispositivo focaultiano de confesión ante las cámaras.

El autor ha vivido otra época, marcada por las políticas conservadoras, Eisenhower, la paranoia anticomunista, la guerra fría, la reubicación de los roles familiares, el regreso de los soldados a sus casas, la precariedad de las políticas sociales, la llegada de la televisión, los comunistas y los marcianos, la sonrisa forzada, la incorporación de algunas mujeres al mercado laboral, el rebaje de la censura en los cines y en los artículos de las revistas femeninas, el surgimiento de la comunidad negra y lesbiana (Audre Lorde, Bell Hooks, Alazandua, Laston Hughes). Los “angry young men”, los “jóvenes airados” ingleses de los cincuenta y sesenta que —casi sin tiempo material  para escribir— denuncian la soledad del individuo frente a un estado totalitario y ajeno a las nuevas realidades femeninas, masculinas, mestizas, sociedades empobrecidas y mentalidades cambiantes  gobernadas por políticos a la antigua usanza.

La generación “beat” surge como un grupo de “jóvenes airados” perdidos entre las grandes ciudades y los pequeños pueblos de los EEUU, buscando su identidad entre universidades viejas y valores cambiantes, entre trabajos precarios, la carretera, las drogas, la pequeña delincuencia  y el culto al éxito.

Podemos acusar a Ginsberg de cierto exhibicionismo y de un afán un tanto desmedido de “provocación”, pero su poema Aullido donde experimenta con las formas gramaticales y las figuras literarias dadaístas, sin dejar de beber de fuentes tan dispersas como Walt Whitman, algunos párrafos de Poeta en Nueva York de Lorca y los avances de la poesía confesional de escritoras como Sylvia Plath, Anne Sexton (que abordan temas nuevos como la sexualidad femenina, el aborto, la posición de la mujer en el hogar) o novelistas y dramaturgos que rompen tabúes sociosexuales como James Baldwin, Tennesse Williams, Muriel Sparks o los poetas de la carretera y las localidades degradas (como su amigo Jack Kerouak o su viril y desarraigado amante ocasional Neal Cassady), son fuentes de las que bebe el grito airado de protesta, Aullido contra el capitalismo como único modo de organización social, contra la heterosexualidad obligatoria (Adrienne Rich) y contra la alienación de una generación que se busca a sí misma y no se reprime a la hora de provocar al establishement y sus brazos armados o intelectuales, dentro y fuera de sus fronteras. Ginsberg ataca a la institución psiquiátrica donde su madre acabó sus días y donde se seguía intentando “curar” la homosexualidad y camuflar el lesbianismo.

El poder revolucionario de la literatura frente a las formas sintácticas del lenguaje académico, la desnudez, la necesidad de “gritar” o “aullar” sin recato a un público insatisfecho que baña sus oídos con las frases airadas de unos jóvenes desubicados y a la vez atrapados entre el escándalo por sus vidas, su franqueza sexual y sus ataques directos a la política interior y exterior de los EEUU, unos EEUU embarcados en la caza de disidentes, la Guerra de Corea y que da la espalda a las crecientes reivindicaciones de mujeres, personas de otras razas o que miran a religiones orientales, gays y lesbianas, realidades multiculturales que surgen en los rincones de la gran urbe y piden la palabra en medio de los  grises nubarrones de dólares, los apartamentos de diseño, la miseria camuflada de glamour  y un atronador  silencio que va a estallar en la década de siguiente.

* Para un análisis más completo de la película véase el libro Miradas insumisas. Gays y lesbianas en el cine, de Alberto Mira (Egales).




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