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El pizarrín

Javier Goñi

Un pequeñoburgués liberal


Déjenme que les diga que yo también quiero echar mi cuarto a espadas: yo también leo a Manuel Chaves Nogales, ese pequeñoburgués liberal, como él mismo se definió, y que es burgo importante en ese Viejo Reyno de la Tercera España, cuyo mapa dibuja con buena mano Andrés Trapiello y conserva, por el riesgo machadiano, de don Antonio El Bueno, se entiende, en adecuada bolsa isotérmica.

Y es que verán. Abelardo Linares es editor, librero de viejo sevillano, además de estupendo poeta –no hace ahora al caso, no es éste mi negociado ni soy perito en calificaciones poéticas, aunque tengo entendido que así es—. Es ciertamente un borgianesco librero de leyenda: compró hace años un millón —¿sí, tantos?— de libros a un exiliado español neoyorquino que tenía una librería que cubría una manzana entera, creo que no de la Gran Manzana, acaso Queens, no sé, valga Queens, para seguir adelante, y no atascarme –ya— en el segundo párrafo; Queens, pues, que no Manhattan, eso seguro, y mandó los libros por barco –un millón, ¿tantos?, tantos, pues sea— para España y no le llegaron, Guadalquivir para arriba, hasta la mismísima Híspalis, mismamente por el sobrepeso, de los libros, vaya, pero casi. La cosa es que Abelardo Linares, librero, poeta, y editor de Renacimiento y de Espuela de Plata, esas dos estupendas editoriales que a veces parecen más un capricho que sendas casas editoras, viene sacando, últimamente, algunas cosas –extraordinarias— de aquel periodista republicano, que no era, eso sí, ni de los hunos ni de los hotros, el sevillano Manuel Chaves Nogales. Las está sacando, sí, Abelardo Linares, pero también –muy bien, y sorprendentemente, no hay más que mirar su catálogo, tan magníficamente extranjerizante— Luis Solano, el hombre—orquesta de Libros del Asteroide, ese gallego que se afana por sus libros como editor en Barcelona, aunque no sea, pues, editor catalán, como está fosilizado en algún rincón del Archivo histórico de este pizarrín: me lo puntualizó en su momento, amablemente, deseando que al menos no se contrariara su madre por haberle considerado editor catalán, cuando yo evidentemente quería decir que era editor en Barcelona. He tardado, sí, en poder rectificar, y así lo hago, y más aún por respeto hacia su madre, que madre no hay más que una. Que así se titulaba, como si fuera un cartón de Goya, Madre no hay más que una, una célebre fotografía, una madre enlutada de guardia civil caído por España, aparecida en la portada de un viejo ABC de antes de la guerra, y que yo vi –y la ficha bibliográfica la dejo en manos de la memoria que es deus ex machina de este pizarrín, dejación que tranquiliza mucho, vaya que sí— en mis años tiernos de voracidad lectora en unos tomos grandes que sacaba, por entonces –precisión, precisión: años cincuenta, sesenta, no sé, los encontré en alguna biblioteca familiar—, Aguilar, casa editora ésta que amparaba, por entonces, y remuneraba justamente –supongo— a españoles desnortados de la Tercera España, gente como Antonio Espina, por ejemplo, que había sido gobernador civil republicano, biógrafo y escritor, o Arturo del Hoyo, muy lorquista, y otros, conmilitones posibles de Manuel Chaves Nogales, que ya había muerto en 1944 en Inglaterra, exiliado de las dos Españas.


De Manuel Chaves Nogales, a estas alturas, creemos saber todo todos, pero quien de verdad sabe es María Isabel Cintas Guillén, catedrática de la universidad sevillana y quien lleva años estudiando al periodista sevillano y a quien le dedicó hace unos meses una monografía, Chaves Nogales. El oficio de contar, Premio Antonio Domínguez Ortiz de Biografías de 2011, que convoca y edita la Fundación José Manuel Lara. Pues bien, el primer lunes laboral, después de Reyes, me acerqué a La Central del Reina Sofía, aquí en Madrid, y me llevé para casa –Martín López-Vega, que andaba por ahí, no me desmentirá en su Facebook— la biografía que ha escrito –mi ejemplar aparece marcado a fuego en la portada con el sello impreso de segunda edición: yo lo entiendo y lo aplaudo, pero creo que afea un tanto a la portada: es opinión— la profesora Cintas Guillén, y este primer lunes laboral después de Reyes antes de ponerme a escribir esta cosa apresurada, hojeé con delectación el libro, y me lo reservo para cuando acabe este aluvión de palabras que van saliendo, pero no me resisto a copiar este retrato descriptivo de la primera página. Se pone, y nos pone, la biógrafa en un día de otoño de 1928 y se nos presenta, de cuerpo entero, al periodista sevillano, que es alguien en Madrid, reciente Premio Mariano de Cavia, que además de una plaza cercana a las traseras del Retiro, fue un periodista aragonés, cuyo premio ha dado gloriosas páginas de fotograbado al viejo y joven –ayer y hoy— ABC. Retrata  así la profesora María  Isabel Cintas a Chaves Nogales, pág. 11: “… De su cara, ancha y bronceada, surgió una sonrisa de hombre ingenuo, áspero, fuerte, de corazón musculoso y pecho amplio, campo de ímpetu y bondad. Era de complexión recia, manos fuertes, ojos claros y pelo rubiasco y revuelto. Tenía la risa franca y no mostraba en su hablar rasgos andaluces, aunque había nacido en Sevilla”.

Qué quieren que les diga. Entiendo que un biógrafo anglosajón no escribe este puñado de afirmaciones sin media docena de páginas que acrediten documental y testimonialmente lo ahí descrito. Pero yo, qué quieren que les diga, cuando tramite esto que va avanzando –todavía hay luz natural invernal y queda un buen rato de de tarde— me voy a poner con la biografía de Chaves Nogales, ya les contaré, o lo más probable es que ya no les cuente nada más. Bueno.


Verán. Desde hace casi treinta años tenía yo en mi biblioteca un tomo, el 222, de la colección de bolsillo de Alianza Editorial –esa colección que nos formó tanto a la gente de mi edad—, posiblemente primera edición, de 1969, de una apasionante biografía –no te ofendas, amiga, para apreciar ese excelente relato no hay que ser taurófilo, que no lo soy, mi querida taurófoba, que comprensiblemente eres— sobre Juan Belmonte. Matador de toros. Me consta que ese libro que llegó inexplicablemente rebotado al catálogo de Alianza Editorial, quién sabe si de ruinas editoriales de este país de tan triste figura como suerte histórica, restos, no sé si de Aguilar o de Revista de Occidente o de alguna otra malandanza histórica, nos hizo reparar –algo— en la figura desconocida, aislada de Manuel Chaves Nogales, republicano, sí, pero tan solo un periodista. Uno lo es, periodista, además de lector, pero ahí se quedó –en mi capricho— Chaves Nogales, olvidado, un periodista más, en la fosa común de la prensa de antes de la guerra. Uno, entonces, estaba matriculado en el horroroso bunker de Ciencias de la Información de la Complutense, pero uno, todos, estábamos descubriendo –of course— a Capote, a Tom Wolfe –ya saben, La Izquierda Exquisita&Mau—mauando al parachoques—, a Hunter S. Thompson –ya saben, Miedo y asco en Las Vegas, el periodismo gonzo, ya saben; nuestro díler por entonces era el joven y audaz Jorge Herralde.

Pues bien, uno tendría que haberse dado cuenta de que Manuel Chaves Nogales, nuestro “pequeñoburgués liberal”, director de periódicos en tiempos de la República, audaz reporter  de los años veinte –otro que tal, Corpus Barga, tocará hablar de él, quizás, en otro pizarrín: si se me olvida, que quede atrapado en este inciso mi bienintencionada voluntad—, tan antifascista, como anticomunista, republicano a carta cabal, muerto en Inglaterra –que no era sitio para trasterrarse, aunque fueras Luis Cernuda, o Rafael Martínez Nadal, muy lorquista— a los pocos años de exiliarse. Uno, digo, tendría que haberse dado cuenta de que Manuel Chaves Nogales, ese gran periodista, merecería haber tenido mejor suerte. Chaves Nogales, sí, tan solo –creíamos— el autor de la biografía de Belmonte. Sí, está bien, pero una curiosidad. Ya.


Como uno no hace aquí más que hablar de uno, supongo que este párrafo también colará. Uno más. Y es que a mediados de los años noventa, cuando uno llenaba sus muchos ratos libres en el Crisol de Juan Bravo –aquella cadena de librerías de Prisa superpuesta sobre la antigua cadena de librerías de Aguilar, y cuya desaparición, la de los Crisol, a mí, al menos, decisiones empresariales al margen, me hizo ponerme cintilla de luto en la manga derecha de mi americana como si fuera Marcelino, el tabernero bobalicón de Amar en tiempos revueltos, ese momento de la siesta de TVE, ya saben—. Uno, digo, se encontró, en Crisol, con dos tomazos, Obra. Narrativa Completa, Biblioteca de Autores Sevillanos, Diputación de Sevilla. Área de Cultura y Ecología. Y otro día que fui, a Crisol también, otros tantos tomazos de la Obra Periodística del autor sevillano Manuel Chaves Nogales. Sopesé los volúmenes, tanteé el suelto que llevaba en los bolsillos y desdeñé a Chaves Nogales –sólo sabía, sí, entonces, ay, ay, ay, mísero de mí, ay infelice, que era el autor del Belmonte que ya tenía—. Lo desdeñé y me llevé, en cambio –aquí están—, los dos tomos de Obra crítica de Rafael Cansinos Assens, que éste .

Uno se equivoca mucho, no solo en la vida, que también, sino delante de una mesa de novedades. Y he lamentado, sí, toda la vida –bueno, no exageremos, desde mediados de los años 90, lo de Chaves, otros borrones son anteriores, los hay posteriores, sí, y otros por cometer— no haber tenido el olfato suficiente como para agenciarme, esa tarde, en Crisol –eran caros, oiga, y todavía era en pesetas, oiga—, la obra narrativa completa de Chaves Nogales. Y no haber tenido que esperar, oiga, a que Luis Solano incluyera en su catálogo de Libros del Asteroide un reportaje anovelado tan verdaderamente deslumbrante como El maestro Juan Martínez que estaba allí, un escalofriante reportaje de una pareja de flamencos de Castilla la Nueva –Valladolid los ha dado siempre muy buenos, aunque Juan Martínez era de Burgos— a los que les coge la Revolución bolchevique haciendo bolos por aquellas lejanas tierras de la Madre Rusia. Al parecer, después de haber pasado mil vicisitudes y haber sobrevivido a todo –y todo es todo—, el periodista Chaves Nogales, a principios de los años 30, se los encontró en París, una noche de cabaré, de humos y pernod –o absenta, si nos ponemos estupendos— y les dejó hablar, hablar, hablar. El resultado es este extraordinario reportaje, este relato real, que bien podía estudiarse en escuelas de periodismo; como La agonía de Francia, también en Libros del Asteroide, cuando la Francia de la Ocupación –también la periodista Josefina Carabias tiene unas interesantes memorias, no me hagan levantar(me); creo que en Castalia—; como Lo que ha quedado del imperio de los zares, una magnífica edición que preparó –también— la profesora María Isabel Cintas para Renacimiento, la editorial de Abelardo Linares.


Ya me perdonarán: no sé si quedó claro allá arriba que a Abelardo Linares le debemos muchas de las cosas que están apareciendo de Chaves Nogales, además, estupendamente editadas: como me regala los libros, lo puedo decir con naturalidad, y sin ningún resentimiento, simplemente es la verdad: hay que ponderar su empeño en el rescate de libros míticos como el de Morla Lynch sobre Lorca y la España de su tiempo con aromas de pólvora, o sus memorias de guerra, las suyas, las de un diplomático chileno, Carlos Morla Lynch, muy—muy conservador que intentó cumplir con su deber en el Madrid sitiado de las embajadas a rebosar de refugiados,  y tantos otros, que completan esa necesaria visión no maniquea de las dos Españas, y que parece novedad tantos años después. En fin.

Tendré que hablar, sí, de un libro de relatos, A sangre y fuego, que lo tuvo, primero, Espasa, y después, también, Libros del Asteroide; un libro éste verdaderamente impactante, que publicado en pleno campo de batalla inicialmente –periodista, siempre—, fue diluyéndose porque el barro fraticida de las trincheras de hunos y de hotros no nos ha permitido leerlo, hacérnoslo nuestro hasta hace diez, once años, cuando aquellos tomazos de la Diputación de Sevilla, que no quise comprar, o esa edición de Espasa –que recibí por gentileza editorial y leí por obligación histórica— en una colección que curiosamente –no sé si había un cierto e involuntario sarcasmo histórico—  se llamaba Relecturas.


¿Relecturas un libro valiente, espléndido, sepultado en el olvido de los hunos y de los hotros? ¿Por qué no lo pudimos leer en los años de descubrimientos de la literatura del exilio en esa Santísima Tradición que nos cogió –a algunos, a muchos, a los que fuesen— con tanta sed? Misterios. Andrés Trapiello, uno que sale en este pizarrín menos de lo que parece y que casi siempre escribe de lo que a uno casi siempre le interesa –ahí está calentito, me lo he regalado de Reyes, Los vagamundos, en Barril&Barral, donde aparecen, por cierto, un par de artículos sobre Chaves—, considera que A sangre y fuego es uno –si no el mejor— de los mejores libros de ficción sobre la guerra civil. Por encima de. Uno, tan solo lector, además de esos bareas y max aub algorebajados de méritos por Trapiello, diría que, junto a este Chaves Nogales, bien pueden figurar, un paso bien dado al frente, Los días de llamas, de Juan Iturralde (seudónimo), que publicó primero Rosa Regás, en La Gaya Ciencia, aquella colección de narrativa tan bonita de Benet; después Silvia Querini, en Ediciones B, y posteriormente Constantino Bértolo en Debate (lo releí, de nuevo deslumbrado, un verano del dos mil y pico, a pesar de la descuidada edición, pues las erratas eran como metralla en la fachada de los inmuebles del martirizado barrio de Argüelles; uno lee de cualquier forma: recuerdo aquel verano, recuerdo aquella relectura: no me afeará la conducta Bértolo, no se la afearé yo: unos perfectos caballeros el editor y el lector, pero las erratas, haylas). Eso, Iturralde (seudónimo), y además el inmenso Juan Eduardo Zúñiga, el autor de una extraordinaria trilogía, que comienza –en guerra— con Largo noviembre de Madrid y que el pasado mes de diciembre se reunió –la extraordinaria trilogía, con un par de añadidos, dos cuentos volanderos que el rigor crítico de Zúñiga permitió dar a la luz— en un solo volumen en Galaxia Gutenberg (hace unas temporadas Israel Prado ya había preparasdo una edición anotada en los Clásicos hispanos de Cátedra).


En fin, aquel largo noviembre de Madrid, que ficcionó –extraordinariamente— Zúñiga y del que teníamos un extraordinario reportaje –esto no es caballo, equino, verano, estío, es intencionado lo de extraordinariamente y lo de extraordinario en el mismo párrafo, cuando uno cree estar en posesión de la verdad apechuga—; un  reportaje, inédito, hasta ahora, que prologa Antonio Muñoz Molina (“este es un libro que quema entre las manos”, su primera frase), edita María Isabel Cintas –no se pierdan sus pesquisas británicas—, edita Espuela de Plata, o sea Renacimiento, o sea Abelardo Linares, y que se titula La defensa de Madrid. De Manuel Chaves Nogales, quién lo duda, si han llegado hasta aquí.

A uno le gusta mucho que la vida, la de uno, nada de particular, pero es la de uno, se le pringue de literatura. Si les digo que tomé las uvas —¡en La Primera!, faltaría más— estando leyendo, esa tarde, el libro de Chaves Nogales, usted, por imposibilidad de mostrar desacuerdo, me creerá. Y también, si le digo que hay un párrafo conmovedor en este largo reportaje que es La defensa de Madrid, el mes de noviembre del 36, y semanas después, cuando al general Miaja, un militar de carrera, gritón y huraño, el destino le hizo no republicano, que también, sino héroe de la defensa de Madrid, con el gobierno prudentemente huido a Valencia, que es puerto de mar. Un párrafo en el que tan solo se describe sobriamente –casi con pluma periodística de agencia de prensa— una nochevieja, la del 36, cuando media docena de periodistas se reúne a pie del reloj de la Puerta del Sol a tomar las uvas y los cuartos –ya saben, ¿no?, el sms, uno todavía es de sms, de por qué no sonaron los cuartos este 2011 y quién se los había llevado— no suenan, porque se produce, esa noche, en ese instante, el enésimo bombardeo franquista.


Y esos seis periodistas se refugian donde pueden, y con las uvas, las que fuesen, en la boca, y lágrimas en los ojos, descuidan el resguardo y salen de nuevo a la acera, para gritar a todo pulmón ¡viva la República! Sin duda, uno de esos periodistas era Manuel Chaves Nogales, que la profesora María Isabel Cintas nos dirá si estaba o no allí, si Chaves Nogales cuenta lo que ha vivido, a pie de obra, a pie de trinchera, o desde los sótanos del Ministerio de Hacienda, donde están el general Miaja y el teniente coronel Rojo, y el campo de batalla es el barrio de Usera, y la Ciudad Universitaria, y el Clínico, y la Biblioteca de Filosofía y Letras, y la Casa de Campo, y el Puente de los Franceses, y el barrio de Argüelles (por donde andaba el protagonista de la novela de Iturralde), y el miedo a los moros y a los regulares, y el valor o la indisciplina de los cenetistas y el valor o la disciplina de Partido de los comunistas, y esa increíble escena, en Moncloa, de Líster o El Campesino –ahora duda, no me hagan comprobarlo— y el anarquista Cipriano Mera, cada uno colocando ametralladoras en cada esquina para parar a lo bestia la sangría de la deserción de milicianos que huían ante el poderío de las tropas franquistas que tomaban rancho italo—alemán.


Todo está en este increíble y estremecedor reportaje periodístico, inédito en España hasta ahora, y que apareció en un periódico inglés y en una revista mexicana, favorables a la Causa republicana ambos, y que la profesora María Isabel Cintas encontró como cuenta en su introducción, y que ha aparecido como novedad con sonido de campanillas de los antiguos teletipos de las antiguas redacciones terminando ya el 2011, junto a otro libro inédito de Chaves Nogales, Crónicas de la Guerra civil, que no me ha dado ni tiempo a ver –lo voy a hacer, lo estoy haciendo ya— y que ha publicado, los dos, Abelardo Linares, Ed. Renacimiento, Espuela de Plata, tanto da. Te debemos una, Abelardo. Una, no. Dos.




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