Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

El pizarrín

Javier Goñi

Hemoglobina glicosilada


Déjenme que les diga que Iñaki Uriarte nació en Nueva York, es de San Sebastián y vive en Bilbao, y es autor de dos muy estimulantes diarios que se han ido publicando, como de tapadillo, y han hecho de él, en poco tiempo, un diarista de culto, qué horror de topicazo, pero a la vez qué gran verdad. Búsquenlos: los han editado en 2010 y 2011 los de Pepitas de Calabaza Ed, de Logroño, y están ellos, los editores, en www.pepitas.net.

Ha publicado tan solo estos dos sobrios diarios, uno, el primero, recoge sus apuntes, sus archivos, como él los llama, bien seleccionados, bien purgados, bien exprimidos, de entre 1999 y 2003. En total 184 páginas, y lo aireó en 2010. El otro, aparecido este otoño que se va más o menos hoy, 21 de diciembre, recoge sus entradas de 2004 a 2007. En total 186 páginas. Todos estos apuntes de todos estos años tienen una divisa, que le subrayo en una página: “ni lágrimas ni reproches” y una firme decisión que yo le añado recurriendo al Quijote, lo de aquello de llaneza, amigo Sancho, que toda afectación es mala, y él lo practica. Iñaki Uriarte huye espantado de toda frase que lleve un adjetivo de más de tipo sonajero, y huye pues para él esos sonidos poco gratos parece como si le causaran el mismo efecto que aquellas campanillas medievales que llevaban los leprosos para que uno, con el polvo del camino en las sandalias, se apartara bruscamente, y es lo que hace; y así, de esta forma, le salen diarios de cuatro, cinco años –bien exprimidos– en no llega a dos centenares de páginas. Y en cambio hay tantas cosas ahí, tan sustanciadas todas ellas.

Este lector –lo confieso– llegó tarde a Uriarte: percibí en su momento el runrún de los primeros devotos, pero debí mirar hacia otro lado. En el verano de 2010 estando de paso por Bilbao compré la primera entrega y la abandoné en la cripta de los buenos deseos: ya la leería, con tiempo, en otra ocasión; el último día de octubre de 2011 estando esta vez de paso por Pamplona compré el segundo diario en la Librería El Parnasillo, toda una institución en la ciudad foral, y lo abandoné también en la cripta esperando tiempos propicios. Lo bajé, sí, y enseguida los subí con voluntad de hacerme con ellos dos, no sé por qué: facilona retórica de párrafo con sonajero o campanilla de leproso: este lector con un teclado delante no supera ni de lejos la prueba del algodón del método Uriarte, pero de todo tiene que haber en la viña del señor de la viña. En realidad, leí una reseña de Jordi Gracia en Babelia, todo sea dicho.


Y en la reciente primera semana de diciembre, feriada, en el totum revolutum cívico–religioso, me los leí, fascinados, los dos diarios, uno seguido del otro. Así supe algunas cosas de Iñaki Uriarte, nada que no estuviera por cierto evidenciado en las cuatro líneas que acompaña su negra solapa, donde como un Salinger cualquiera o un Pynchon también desdeña aparecer con foto –hay algunas en Imágenes Google: una, que me gusta mucho, donde sale con su gato, Borges, de nombre–. 

El texto de solapa dice así: “Iñaki Uriarte nació en Nueva York (1946), es de San Sebastián y vive en Bilbao”. Lo que significa, si se lee con atención cada una de estas mínimas palabras que se hinchan como palomitas en calderos de cobre de feriantes de antiguo, esto otro, este párrafo que le copio de la primera entrega:

“He estado en la cárcel, he hecho una huelga de hambre, he sufrido un divorcio, he asistido a un moribundo. Una vez fabriqué una bomba. Negocié con drogas. Me dejó una mujer, dejé a otra. Un día se incendió mi casa, me han robado, he padecido una inundación y una sequía, me he estrellado en un coche. Fui amigo de alguien que murió asesinado y fue enterrado por los asesinos en su propio jardín. También conocí a un hombre que mató a otro hombre, y a uno que se ahorcó. Solo es cuestión de edad. Todo esto me ha sucedido en una vida en general muy tranquila, pacífica, sin grandes sobresaltos.”

Se cierra el telón y, como en algunos cines antiguos, se proyectan sobre él algunos mensajes publicitarios: “Iñaki Uriarte nació en Nueva York (1946), es de San Sebastián y vive en Bilbao”.

Y además veranea –y entre medias se escapa las veces que puede, su mujer es la que trabaja, él es no sé si a la bilbaína modesto rentista– en Benidorm: sí, lo que leen. No hay que ser sociólogo urbano ni experto en estudiar el ocio playero levantino para escribir cosas tan atinadas como las que se le escapan a Uriarte sobre las masas en las playas, sobre lo que es o representa Benidorm, y por qué vuelve allí una y otra vez. Le gusta, por cierto, en su línea de llaneza y poca afectación deslizarse suavemente por las paradojas y así, él que vive en Bilbao, en el centro, en una buena casa, acomodada, lo reconoce con sencillez, como siempre, como que no se ha levantado nunca a cumplir un horario laboral, así, él que vive en Bilbao, asegura que ha oído más hablar en euskera en Benidorm, que en Bilbao.



Le ha cogido, sí, un poco de manía al euskera, apunta en esta segunda entrega, aunque es no impide que le guste oírlo hablar por la calle, y en otra página cualquiera recuerda cómo su ama, de una familia muy nacionalista como su aita, allá por finales de los cuarenta vino una mañana muy ilusionada porque había hablado en euskera en un comercio de San Sebastián. Matiza Uriarte que se limitó a decir buenos días o adiós, ahora no recuerdo de memoria. Aunque pertenezca a una familia muy nacionalista, él no lo es, más bien no es nacionalista de nada, e insiste en ello a menudo. Y aunque asegura que los chismorreos son indispensables para alegrar los diarios, los suyos se sostienen muy bien sin exagerar su presencia, aunque en ocasiones los hay. Hay varias X, a identificar por el afortunado lector, posiblemente autóctono, o de Bilbao mismamente, y otros aparecen con su apellido. Juaristi, por ejemplo, y hay algún suave y elegante roce con la punta del florete sin hacer sangre. Es contundente, sí, mucho, habla claro y alto, con la sangre –real– derramada por ETA; es contundente, sí, mucho, habla claro y alto, con los nacionalistas, sean de la etiqueta que sea, históricos como su familia y amigos bien de Donosti o abertzales de las últimas décadas; y lo es igualmente, contundente, sí, mucho, habla claro y alto, con los, según él, nuevos nacionalistas españolistas como Juaristi o Savater, con quien discrepa tanto, y de quien tanto ha aprendido, no sólo en el hipódromo de Lasarte. De caballos.

Creo que dice, a modo de boutade, o sí, o no, que su mejor libro, de Savater, es aquel dedicado a San Sebastián y que escribió por encargo hace años (en 1987) para la Ed. Destino en una colección de “Nuestras ciudades”, donde también apareció en 1990 el Bilbao de Patxo Unzueta, una estupenda guía personal que yo me llevé a Bilbao, en unos días feriados cívico–religiosos tal como los de la otra semana, en diciembre del 99, aquellos días soleados en los que ETA acababa de anunciar unilateral y dictatorialmente la ruptura de su alto el fuego, establecido unilateral y dictatoria–etc un año antes. Aquel 6 de diciembre del 99, conocí el Guggenheim  y comí el menú del día en su Jatetxea, mientras hojeaba la guía de Patxo Unzueta y al día siguiente comí en el restaurante Etxanobe –el dueño era hermano, creo, del actor– en el Palacio Euskalduna, mientras hojeaba otro libro que me había comprado la Historia de Bilbao (Ed. Txertoa, 1999) del escritor vasco y amigo de Uriarte –lo cita a menudo en sus diarios– Pedro Ugarte, de quien he estado disfrutando, estos días de atrás, su reciente libro de cuentos, El mundo de las cabezas vacías  (Páginas de Espuma), un título que se corresponde con el del primer relato, una historia extravagante llena de humor e ironía, y que va muy bien con estos diarios de Uriarte: estoy convencido que los libros que tenemos entre las manos no dejan de ser como puñados de cerezas que se enredan unos y otros. La lectura de Ugarte es para un (grato) encargo, la lectura (por fin) de los diarios de Uriarte un premio que me debía, y por cierto en las páginas de Uriarte sale mucho Ugarte –no los conozco personalmente a ninguno de los dos– como sale mucho, desde luego, Montaigne, ese inagotable escritor francés cuyos ensayos los lleva siempre consigo Uriarte en todos sus días convenientemente exprimidos en estos extraordinarios diarios. A Montaigne no lo abandona nunca como su breviario un canónigo de otro tiempo, y la lectura del francés le ayuda a ir dejando posar, suavemente, en sus diarios, sus afanes y sus decepciones, sus lecturas y, en fin, sus idas y venidas, espirituales y terrenas.


Reflexiona con cierta insistencia en lo que supone –para bien o para mal– no tener que cumplir un horario laboral, el vivir de una modesta –tal vez al modo bilbaíno, no sé– renta, aunque haya escrito críticas literarias en El Correo, el diario de su ciudad, haya confeccionado unas cuartillas de presentación de libros de amigos –eso le gusta, hasta cree que lo hace bien, que no aburre–, de Ugarte, por ejemplo, de otros. Viaja. Biarritz, sí, Roma, sí, Londres, sí, París, sí, pero también Avilés y Benidorm, y demás. Lee. Acaricia a su gato, Borges, a quien también lee mucho (al argentino, claro).  Lo moderno –arte, literatura contemporánea–, lo justo, a veces con gusto o sin él. Le gusta leer a Montaigne, ya está dicho, siempre, y también a Goethe, y escribe en una anotación que éste, el alemán, dijo una vez del príncipe de Ligne (1735–1815)  que había sido “el hombre más feliz de su siglo”. A cuánto está la ración de felicidad en esta vida que le ha tocado vivir es algo que le debe preocupar un tanto, pues en varias ocasiones, en esta segunda entrega, donde encuentro lo del príncipe feliz, o en la primera, se detiene, reflexivo, en todo aquello que pudiera ser la felicidad, o el ser feliz, o el anhelarlo, o aparentarlo. Serlo.


Y es que en la primera nos lleva de golpe a aquella noche de madrugada –hubo un tiempo, al parecer, en el que bebía; desde que dejó de beber, dejó de salir de noche, dice– en la que en un drugstore madrileño –cuando los hubo, y tanta historia etílico–literaria (drogas y sexo, al margen) produjeron aquellos ¿dos: Fuencarral, Velázquez?–, se encontró con estos versos de Borges, hojeando libros a esas horas tan alto–etílicas: “He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer, no he sido feliz”. Y páginas más adelante recuerda el recuento que le hizo Goethe a Eckerman para que lo trasladara a la posteridad: en toda su vida sólo había sido feliz durante cuatro semanas. Y agrega Uriarte, que no echa sus cuentas sino las de los demás, que más coqueto resultó ser Abderramán III, que al morir mandó dejar escrito que, una vez resumido todo su poder y esplendor disfrutado o echado a perder, llegaba a la conclusión de que “los días de pura y auténtica felicidad que he disfrutado: suman catorce”.

En cuatro semanas, Goethe, catorce días, Abderramán III, Borges siempre tan negativo: en fin, que cada uno recuerde su miércoles feliz, o su momento, yo he sido feliz ese miércoles, otros, ese día, otros, lo he sido mientras leía, estos días de atrás, estos diarios espléndidos, nada afectados, tan recomendables, de Iñaki Uriarte, y lo he sido, yo mortal, como lo fue él, él mortal, un día de 2006, cuando no olvidó su visita médica, su rutina diabética, y tenía 5,5 de hemoglobina glicosilada. Fue aquello una línea en su diario, un momento feliz, como lo es enviar esto, cerrar el ordenador e irme a recoger al colegio a mi hijo Mateo. Habrá que empezar, tal vez, con todo lo que está pasando, con lo que puede pasar, a volver a sacarle brillo a las pequeñas cosas, a momentos como éstos de felicidad. En todo caso, sea lo que sea, ya lo veremos –ya– en 2012. Hasta entonces, pues.




Archivo histórico