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Los viajes

de Sara Gutiérrez

Por fin... Machu Picchu

OTROS DESTINOS

Siguiendo el discurrir de un profundo, rápido y caudaloso río, entre montañas, de Ollantaytambo a Machu Picchu Pueblo, antes Aguas Calientes, fuimos en el tren panorámico. No hay otra posibilidad. Los mejores asientos, el 1 y el 2 del cohe A; no eran los nuestros. ¿Qué vimos? Os lo cuento:

A la salida del pueblo, montañas de piedra pelada y basura enganchada en los arboles de la orilla. Eucaliptos. Después entramos en un circo montañoso presidido por cumbras de nieves perpetuas. A la izquierda, el río; a la derecha, pueblos con escuelas, campos de fútbol y de cultivo. El valle se estrecha hasta que solo caben en el desfiladero el río y las vías del tren. Grandes rocas marcan el curso y la velocidad de las aguas, y escaleras de peldaños flotantes permiten descender por la pared hasta el río. Viejos bancales. Al ensancharse de nuevo el valle, queda a la vista grava que el agua no cubre y surgen las chumberas. De vez en cuando, atravesamos pequeños túneles labrados a pico en la roca. Caballos pastando. Los eucaliptos se mezclan con seibos. La vegetación se hace más frondosa. Sobre el verde destacan rojos y lilas. Cuelgan lianas. Durante unos metros las vías de ida y vuelta se fusionan. Una cantera. Una construcción. Montañas tapizadas de árboles. Una presa. El camino inca. Se calma el río. Llegamos.



En la estación nos esperaba un mozo del Sumaq Machu Picchu Hotel. En diez minutos estabamos contemplando el río desde la terraza de nuestra espléndida habitación.

Salimos a dar una vuelta por el pueblo y volvimos al hotel sin entender cómo un lugar tan turístico puede resultar tan poco acogedor: una calle de bares y un mercado de recuerdos no es suficiente.

Decidimos dedicar la tarde al pisco y el ceviche y para ello ¿qué mejor que seguir el taller organizado en el propio Sumaq? Tras la barra, Cristihan se encargó de introducirnos en los secretos de la coctelería. Y descubrimos que el pisco puede ser aromático o no, que son de diferente tipo de uva el que acompaña al aperitivo y el que hace de digestivo, y que el acholado se toma solo mientras el quebranta se mezcla en cócteles… Y del bar a la cocina. Allí fue el chef Carlos Mayta quien nos aseguró que nada como el ceviche para cortar la resaca y nos preparó un par de variedades, inolvidables.



Ya solo quedaba cenar e irse a la cama. Dormir en el Sumaq nos regalaba un par de horas de descanso sobre cualquier otro alojamiento. ¿Por qué? Porque en lugar de tener que pasar la noche haciendo cola para coger uno de los primeros autobuses que suben a Machu Picchu y así poder ver amanecer desde allí, pudimos irnos tranquilamente a dormir mientras un empleado del hotel hacía la cola por nosotras e indicaba al conductor del bus que a su paso ante el Sumaq parara para recogernos. Un lujo de los que el cuerpo agradece muy mucho.

A pesar de ser de los primeros en llegar a las puertas de la mítica ciudad inca, la cola era ya enorme; y a pesar de lo mucho que apretamos el paso, tuvimos que pararnos a medio camino para ver cómo los primeros rayos de la mañana incidían sobre los famosos restos arqueológicos. Cuando por fin alzanzamos el punto que nos habían recomendado para contemplar el amanecer, las luces del alba ya habían clareado y no vimos la ganancia que habríamos obtenido de haber llegado allí antes. Eso sí, la panorámica que se abría ante nosotras dejaba claro que el día iba a ser duro, especialmente si subíamos, como subimos, al Huayna Picchu (una paliza un tanto innecesaria).



Resumiendo, la ciudad perdida de los incas es un entramado de escaleras y muros en pie que, reconozco, no provocó en mí ninguna exacerbación mística y sí un terrible cansancio. Nada que la bañera de hidromasaje del hotel y una buena cena allí mismo no pudieran compensar.

Quedan para un viaje futuro el norte y el área amazónica del país, ojalá para entonces la relación institucional con el turismo se haya relajado y no sienta esa sensación de estar visitando un parque temático que en ciertos momentos he tenido durante esta mi primera estancia en Perú.


Las fotos las hicimos a medias, Eva Orúe y yo misma. 

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